abril 2025

Caminante del cielo

26-Caminante del cielo

María Ottaviano

En esta nueva historia, las vidas de María Eduarda y Sophia se cruzarán, y no en vano.

María Eduarda era una chica argentina, joven, maestra. Vivía en barrio Jardín, de la Ciudad de Córdoba. Cada vez que podía, realizaba un viaje al extranjero. Por su parte, Sophia era alemana, más joven que María Eduarda. Vivía en Stuttgart, Alemania.

Sophia había conocido a María Eduarda, en 1998, durante un vuelo que había tomado María Eduarda en Río de Janeiro.

En realidad, María Eduarda debió haber viajado dos días antes, pero había perdido el avión, por llegar tarde al aeropuerto.

Claramente, por alguna razón, a ese vuelo debía perderlo y viajar después. De otro modo, no se hubiese producido el encuentro entre María Eduarda y Sophia.

Sophia viajaba a Córdoba, desde Berlín, Alemania, por una beca de intercambio cultural, por la que permanecería en la ciudad mediterránea de Argentina, durante seis meses. Su finalidad era practicar el idioma español, ya que era una exigencia de su Universidad.

En cambio, María Eduarda regresaba a Córdoba, su ciudad natal, tras dos semanas de vacaciones en Río de Janeiro y en Araxá, una ciudad de Minas Gerais, a la que había ido, exclusivamente, para conocer la casa de Ana Jacinta de San José, más conocida como Doña Beija (1800-1873).

Como María Eduarda era muy sociable, rápidamente entabló conversación con Sophia, luego de pedirle disculpas por haber intentado comer el menú vegetariano de su compañera, que por error le habían servido. Sophia reclamó con mucha vehemencia, ya que lo había solicitado con suficiente antelación. En cambio, María Eduarda pensó que se trataba de una de las opciones “del día” de las comidas aéreas.

María Eduarda se presentó; le preguntó a Sophia su nombre y la razón de su viaje. Entonces, María Eduarda le consultó por qué había escogido quedarse en Córdoba y no en Buenos Aires. Sophia respondió cada pregunta a María Eduarda, porque la hacía sentir muy cómoda. Por su cabeza, pasaban las páginas de los libros que había leído sobre las costumbres argentinas y se decía: Parece que, de verdad, los argentinos son amables para conversar.

Cuando Sophia le dijo a María Eduarda el lugar donde viviría durante su estancia en la ciudad, María Eduarda se puso nerviosa y le preguntó:

—¿Cómo conseguiste ese lugar? ¿Alguien te habló de cómo es?

—No. Solo lo encontré en la guía a la que acuden todos los estudiantes— respondió Sophia, con aire de preocupación.

Sucedía que se trataba de una pensión ubicada en una zona, para nada recomendable. Y María Eduarda ya se había dado cuenta de que Sophia tenía algo de ingenuidad, y que para nada se iba a sentir cómoda.

Antes de terminar el viaje, cuando ya ambas se habían contado la composición de sus familias, sus estudios, sus viajes y romances, María Eduarda arrancó una hoja de papel de su agenda, escribió su número de teléfono y le dijo a Sophia:

—Hoy es viernes. Estaré bastante ocupada, acomodando mi regreso; pero, mañana sábado, podrás llamarme a partir de las cinco de la tarde, si deseas ir a mi casa, para pasar el domingo con una familia argentina. O sea, la mía.

Sophia no respondió nada en el momento, sin embargo, guardó ese papel bajo diez bolsillos.

El día sábado, justo a las cinco de la tarde, sonó el teléfono en la casa de María Eduarda:

—Deja. Es para mí— le dijo a su madre.

Efectivamente. Era Sophia que le preguntaba si seguía firme la invitación. A lo que María Eduarda le respondió: “¡Por supuesto!”. Y que estuviese lista a las once de la mañana, del día siguiente, ya que ella pasaría a buscarla.

Así lo hizo. Golpeó la puerta de la pensión e inmediatamente abrió Sophia. Su cara lo decía todo: estaba espantada. Quería salir de ese lugar, aunque fuera por un día.

María Eduarda la llevó a almorzar a su casa. Mientras le presentaba a cada miembro de su familia, Sophia decía en voz alta que nunca le habían dado tantos besos en sus mejillas, en tan poco tiempo. Fueron veintidós personas que le dieron la bienvenida: los padres de María Eduarda, sus hermanos y sus sobrinos.

Sophia se sintió muy cómoda. Vivió un almuerzo tranquilo, de pastas con salsa roja. Previamente, María Eduarda le había anticipado a su madre que la invitada era vegetariana, por lo que la madre de María Eduarda, antes de dar comienzo al almuerzo, le dijo que comiera tranquila, porque a ella le había preparado, aparte, una salsa, sin ningún tipo de carnes.

Sophia amó la sobremesa. El quedarse sin ningún tipo de apuros para conversar. El ver que cada uno, hasta el más pequeño, participaba de la conversación, sin distraerse con nada. Y más amó probar el preciado mate con bizcochuelo de vainilla.

Terminó el día, comenzó a anochecer, y cada uno emprendió la retirada a su casa. Claro que fue un despliegue de besos en las mejillas, ya que cada uno saludaba a todos, y los más pequeños pasaban de brazos en brazos, porque los abrazaban y colmaban de caricias.

Cuando Sophia se acercó a despedirse de Josimar, el padre de María Eduarda, este le dijo:

—Vuelve las veces que quieras. Esta casa estará abierta, para ti, todos los días. Y considera lo que te dijo mi hija, sobre cambiar de pensión.

Sophia le agradeció y hasta le brotó una lágrima. Es que nunca había sentido tanta protección.

—Josimar, volveré antes de lo que usted piensa— dijo Sophia, sonriendo.

—Y trae a tu amiga, la alemana…

—No tengo amigas acá.  Solo conozco a su hija. Y alemanas… aquí no he conocido a otras alemanas…

Pasaron diez días y Sophia se comunicó con María Eduarda para contarle que, en la Universidad, había encontrado a Lena, alemana como ella; que, casualmente, tenían una amiga en común en la ciudad de Colonia, Alemania, y que Lena la había invitado a compartir habitación en el departamento que tenía alquilado.

También, entre tantas buenas nuevas, Sophia preguntó a María Eduarda si podría ir el domingo siguiente a su casa y llevar a Lena:

—¡Claro que sí! — respondió María Eduarda, riendo.

—Te ríes porque tu padre me habló de otra alemana.

—Para nada. Y no hagas caso a las cosas que dice mi padre: a veces, vuela, vuela, y en ocasiones… acierta.

—Es algo así, como un caminante del cielo— agregó Sophia.

Sophia fue a la casa de María Eduarda el domingo siguiente. Llevó a Lena. Y la visita se repitió cada domingo. Ambas alemanas pasaban el día con la familia Machado, de barrio Jardín.

Después de seis meses, Sophia regresó a Alemania. Josimar y su esposa fueron al aeropuerto para despedirla. Claro que, en el momento del abrazo, le dijeron que la esperaban. Sophia guardó esa invitación en su corazón y regresó dos años después, esta vez con su novio, Ortwing. Llegaron en diciembre del año 2000, para compartir las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Esta vez, la pareja se quedó en la casa de los Machado. Meses antes, Sophia, Ortwing, María Eduarda y su novio habían planificado viajar a la Patagonia, e incluir a dos sobrinos de María Eduarda, en la travesía. Partieron el 2 de enero. Hicieron un recorrido espectacular. Fueron hasta Ushuaia, por la Costa Atlántica, y regresaron más jóvenes, vitales y felices, costeando la Cordillera de los Andes.

Ya era 21 de enero. Sophia y Ortwing se quedaron cinco días más. Pero, como todo lo tenían planificado, como gesto de agradecimiento, dedicaron esos días a estar con los Machado, todo el tiempo.

Ortwing, a esas alturas, ya se había vuelto un experto cebador de mates. Y los primeros de la mañana los tomaba con Josimar quien, por alguna razón incomprensible, había comenzado a hablar menos.

Ortwing, a pesar de no participar de las conversaciones íntimas de la familia, se había dado cuenta de los silencios de Josimar, por lo tanto, intentaba por todos los medios hablar con él, mientras le cebaba mates. Lo lograba, pero Josimar iba perdiendo el interés, cada día.

María Eduarda estaba atenta a la situación, aunque también inquieta, al ver que su padre salía a caminar y se detenía por momentos en las esquinas del barrio.

Sophia le dijo a María Eduarda que su padre caminaba, como si estuviese en el cielo:

—Josimar es especial. Tiene un caminar que no había visto nunca. Es como si pisara nubes…

María Eduarda no respondía. Trataba de desviar la conversación. Es que ella conocía el andar de su padre.

Llegó el día de la partida de los alemanes. Esta vez, Josimar y su esposa los despidieron en la casa. En el auto, estaban María Eduarda y dos sobrinos.

—Josimar, a fines de este año, volveremos y le cebaré mates— dijo Ortwing, en voz alta.

—Cuando regresen, ya no estaré— respondió Josimar, seguro.

—¡Tía! ¿Escuchas lo que dice el abuelo? — preguntaron los sobrinos a María Eduarda.

—A prepararse, chicos. Si el abuelo lo dice… así será.

La tristeza invadió a la tía y los sobrinos. Pero trataron de que Sophia y Ortwing no la notaran.

Pasó un mes de la despedida, y el hermano más chico de María Eduarda falleció, instantáneamente, en un accidente de tránsito.

Inmediatamente Josimar se enfermó. Ya no podía levantarse de la cama. Ya no hablaba.

Su esposa lo acompañaba constantemente. Las noches eran muy duras, porque Josimar “hablaba con fantasmas”, decía su esposa.

Hasta que, una mañana, la madre de María Eduarda le contó a su hija que, a las tres de la mañana, Josimar se había puesto feliz. Había sonreído. Y le había dicho que, a los pies de su cama, estaba su padre y que, por favor, le preparara otra cama junto a él, para que pudieran conversar.

Su madre prosiguió:

—Le dije que enseguida la preparaba y que a su padre lo veía muy bien…

—Mamá— inquirió María Eduarda —¿no te das cuenta?… Papá se está yendo. Si no es hoy, a lo sumo mañana, morirá.

Su madre se negaba a ver lo que le sucedía a Josimar. María Eduarda fue la única, en toda esa inmensa familia, quien se animó a comprender a su padre. Pero también la que sufría cada vez que él hacía, tímidamente, un anuncio.

Entonces, la aparición de Sophia en los Machado, al final de esta historia, se pudo comprender, ya que fue quien pudo definir a ese hombre anunciador de acontecimientos, con solo observar sus pasos y percibir su corazón: era un caminante del cielo.

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