marzo 2025

Cargas en el corazón

23-Cargas en el corazón

María Ottaviano

¿Tienes algún cargo de conciencia, de esos que sabes que no puedes volver atrás…?

Pueden ser gravísimos, a los ojos de los demás, pero también pueden ser imperceptibles a los ojos de los demás.

Lo cierto es que un cargo de conciencia es un peso para quien lo siente. Así lo fue para Julián quien, para el resto de su vida, transformó una nimiedad en algo enorme, como diez montañas dentro de su corazón.

En diciembre de 2002, llevó a su padre, una vez más, a que visitara su ciudad natal: Ipiranga, en San Pablo, Brasil.

Viajaron también a Campinas para que viera a su hermana, sus sobrinos y amigos. También a Santos, lugar desde donde había partido el barco que lo había traído a Argentina, cuando era pequeño, junto a sus padres y hermanos, quedándose en un lugar donde su padre trabajó la cantera de arena. La casa de adobe que hicieron para vivir fue la segunda en el barrio cordobés de Argüello sur.

Durante los cuatro últimos días de estancia en San Pablo, en 2022, su padre le decía, muy al pasar:

—Julián, quiero comprar un billete de lotería.

—Papá, ¡¿para qué?!… ¿Vas a comprar un billete que se sorteará cuando ya no estemos acá? — respondía con cierta molestia.

Alberto, que así se llamaba su padre, bajaba la mirada y no decía nada, hasta el día siguiente:

—Julián, llévame a comprar un billete de lotería.

Su hijo no le prestaba atención. Se decía, para sí mismo, que era un capricho, un sinsentido.

Al tercer día, Alberto insistió:

—Julián…

—Papá— interrumpió su hijo —cuando regresemos a Córdoba, te llevaré a que compres el billete de lotería. Así podrás seguir el resultado e ir a cobrar tu inversión— completó Julián, ya resignado.

Su padre, una vez más, bajó la mirada, en silencio.

El último día en San Pablo, se levantaron muy temprano para desayunar e ir al aeropuerto. Alberto no olvidó su anhelo y reiteró:

—Llévame a comprar un billete de lotería…

Julián casi explotó.

—¡Está bien, papá! Veamos dónde se puede comprar, mientras vamos hacia el aeropuerto. Mira que debemos estar, en Guarulhos, tres horas antes de la salida del avión.

Julián, esta vez, complacería a su padre, aunque sin dejar de pensar que su insistencia se debía a que era “cosa de viejos”. Sin embargo, el tránsito enloquecedor, los embotellamientos, las autopistas congestionadas y el temor de llegar tarde al aeropuerto lo tenían más preocupado que el ansiado billete de lotería.

Julián le pidió al taxista que parara en la primera agencia de lotería que viera. El conductor lo miró a los ojos para responderle en complicidad, solo de esa manera, que su pedido no podría ser complacido. Luego se dirigió a Alberto:

—Abuelo, de camino, no hay agencias de lotería. ¿Por qué no compró en el centro?

Con esa pregunta, en vez de apaciguar el fuego, lo avivó. Alberto bajó la mirada y, nuevamente, respondió con silencio.

—¿Y si busca dentro del aeropuerto? En una de esas…— inquirió el taxista, después de darse cuenta de que había hablado de más.

Llegaron al aeropuerto. Rápidamente subieron al avión y regresaron a la Ciudad de Córdoba.

De la lotería, Julián y su padre no volvieron a hablar. Por supuesto que, ya en su barrio, Alberto hacía su caminata hasta la agencia que estaba más cerca de su casa y compraba tantas loterías como deseaba. En una de esas visitas, le contó al dueño de la agencia que, en San Pablo, había tenido una corazonada y que había pensado en comprar un billete y dejárselo a su sobrino; pero que solo lo había proyectado.

En marzo de 2003, Alberto se enfermó y, en pocos días, murió a sus 87 años.

A su velorio asistió mucha gente, tanta gente, como siempre venía sucediendo con la partida del fundador de cada barrio: vecinos, comerciantes del lugar, además de la familia. Entre ellos estaba el dueño de la agencia de lotería, quien, con el objetivo de tener una conversación alentadora con Julián, le dijo que su padre le había contado que habían viajado a San Pablo. Y que también le había narrado la anécdota acerca de que había pensado en comprar un billete de lotería, pero que solo se había quedado con la idea.

Con el relato del agenciero, a Julián se le abrió un hueco en el corazón que no pudo cerrar jamás. Había tratado de satisfacer a su padre y a su madre, en todo, cuando ellos se volvieron adultos. Cuando sus padres pasaron los setenta años, sintió que todos los años venideros ya no serían para pedirles absolutamente nada, sino que los quería disfrutar cumpliéndoles todos los deseos. Sin embargo, un detalle… tan solo un detalle… una simple nimiedad… lo dejaba en falta. Así lo comenzó a sentir, aunque ya no podía reparar la desatención.

Pasaron unos meses y Julián viajó a San Pablo. A su regreso, le entregó a su hijo un billete de lotería, comprado en Ipiranga.

—¿Qué es esto? ¿Estás pensando en buscar pretextos para volver a viajar a San Pablo la semana que viene? — le preguntó su hijo, riéndose.

—Te pido que lo guardes en el primer cajón del escritorio que usaba el abuelo.

Su hijo, llamado Joel, comprendió y cumplió el pedido de su padre.

Así como, en su momento, el paso del tiempo pintó canas a Alberto y regaló centímetros a la estatura de Julián, la generación siguiente no fue ajena a esta ley de la vida.

A partir de entonces, en las reuniones familiares, Julián contaba sus anécdotas de juventud, sus viajes al extranjero y las enseñanzas que los tropiezos le habían dejado; mientras que Joel hablaba de los proyectos que iniciaría a nivel profesional y personal. Uno y otro se escuchaban, atentamente.

Y como reza el refrán, “El fruto no cae lejos del árbol”, Joel también, desde hacía tiempo, pensaba en complacer en todo a su padre, porque hacía mucho que él había pasado a ser adulto. Quería ayudar, a su padre y a su madre, a lograr todo aquello que deseaban o habían deseado. Y pretendía para sí mismo no negarse a ningún requerimiento de ellos: De cada viaje al extranjero que mi padre ha hecho desde el 2003, ha traído un billete de lotería con el único destino de guardarlo en el escritorio de mi abuelo muerto

¿Tienes alguna carga en tu corazón, de esas que sabes que ya no te la puedes quitar de encima?

 

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