marzo 2026

Chichí: mucho más que una ama de casa

62-Chichí mucho más que una ama

María Ottaviano

María Esther Cardoso de Calderón, más conocida como Chichí, es una mujer de 80 años, que habla con el ímpetu que tienen las mujeres, a los 20.

¿Por qué digo esto?  Porque sus ideas me dejaron prendada. Para mí, es otro gran personaje que guarda Niquixao.

Chichí nació, en El Rodeo, el 7 de junio de 1945. Es hija de Vicenta Camila Herrera (San Pedro, departamento de Capallán, provincia de Catamarca), y de Segundo Nicolás Cardoso (El Rodeo, departamento Ambato, provincia de Catamarca).

Es la tercera hija. Primero nacieron mellizos: Oscar y Rosa Irma. A los dos años, Chichí vino al mundo. Y, a los cinco años, su hermana Selva del Valle.

Vivió junto a sus padres en El Rodeo hasta terminar el Jardín de Infantes. Luego, su madre la llevó a San Pedro, donde residían dos tías de Chichí, hermanas de su madre. Ellas eran solteras, estaban solas y podían dedicarse plenamente a la niña. Así fue que cursó la Escuela Primaria en ese lugar.

Al terminar la Escuela Primaria, regresó a El Rodeo y cursó su Secundario en la Escuela Técnica que, en esa época, solo contaba con primero, segundo y tercer años.

A sus 20 años, se puso de novia con Juan Manuel Calderón, nacido en Villa de Pomán, del departamento Pomán, provincia de Catamarca. Los padres de Chichí no estaban muy conformes con el “candidato”: Manuel le llevaba catorce años.

Para Chichí, eso no fue impedimento. Igualmente, se casó, en un mes de abril, con el hombre del que se había enamorado, solo que después de cumplir los 22 años.

Inmediatamente, al regresar de la luna de miel, le dijo a su reciente esposo, con determinación:

—Yo no quiero ser solo una ama de casa.

Fue así que tomaron la decisión de tener un negocio de productos regionales, que abrieron el 15 de diciembre del mismo año en que se casaron. A los tres años, vieron que el negocio de comida daba más frutos, por lo que cambiaron de rubro, y abrieron rotisería y almacén.

El esposo de Chichí era transportista. Se dedicaba a traer materiales de construcción desde la ciudad de Catamarca, que le encargaba la gente que estaba construyendo casas en El Rodeo.

También, cuando los santiagueños llegaban a la ciudad de Catamarca, que está a 38 kilómetros de la villa veraniega El Rodeo, él los esperaba con su camión, o con su camioneta, y los llevaba hacia El Rodeo, dado que el camino era eminentemente montañoso, de una sola mano, de tierra, por lo que tenía a diferentes distancias, entradas donde parar, para así, favorecer el paso al que venía de frente. Además, el sendero, cada 200 metros, tenía carteles que advertían tocar bocina para dar aviso a los demás conductores, que venían manejando en sentido contrario.

Los santiagueños arribaban después de la fiesta de la Virgen, el 8 de Diciembre. Y traían muchas cosas para pasar todo el verano. Si bien había un ómnibus que salía, una vez por día, de la ciudad de Catamarca hacia El Rodeo y Las Juntas, y este hacía el camino de regreso por la tarde, preferían contratar a Juan Manuel Calderón, por el volumen del equipaje que traían.

Seguramente, partían de la provincia de Santiago del Estero, que es muy, muy calurosa, en verano, buscando el aire fresco que brindaba la precordillera. Tanto fue así que, teniendo en cuenta solo a las familias santiagueñas, construyeron en total unas ochenta casas en el lugar. Se podría decir que, El Rodeo es el barrio más alejado de Santiago del Estero. También construyeron casas familias de la ciudad de Catamarca y de Tucumán.

Chichí les decía a los santiagueños:

—Ustedes no tienen dónde resguardarse. Solo debajo de un algarrobo. Los comprendo. Es muy caliente Santiago del Estero.

Toda la gente que estaba levantando su casa mientras veraneaba, pensionaba en la casa de los padres de Chichí, o en la casa de los tíos de Chichí, o incluso en la hostería de Villafañe.

Los Cardoso y los Calderón son familias tradicionales de El Rodeo. También lo son los Sosa, los Díaz, los Olaz, los Tobares, los Gómez, los Villafañe, y los Mazzuco.

Todas familias que dejaban huellas con lo que hacían por el lugar que habían elegido para vivir todo el año. Tanto es así que el hermano de Chichí, el mellizo Oscar, construyó el salón cultural que lleva su nombre, como también el sol y el cartel a la entrada de El Rodeo. Y en todos los departamentos de Catamarca, construyó algo, ya que era escultor. Asimismo, comenzó a trazar el vía crucis, camino al Cristo —cuya construcción había sido patrocinada por los Villafañe, y realizada por un escultor santafesino, llamado Roberto Baduna—. Pero Oscar no llegó a finalizar el vía crucis, porque falleció. No obstante, la Municipalidad se encargó de hacer las casillas de las estaciones del vía crucis que faltaban, y toda la iluminación.

Eran tiempos en que el habitante de cada lugar, a lo largo y ancho del país, se involucraba con el espacio que habitaba. Si no tenían escuela, los vecinos la levantaban. Si no tenían sala de primeros auxilios, los vecinos la construían. Si no tenían plaza, los vecinos la diagramaban y cuidaban. El Estado estaba para dar el sí. Y los vecinos no protestaban al respecto. Manejaban otros tiempos: el ya. Hacían cosas que sabían que beneficiarían al lugar de su querencia, para atraer al turismo y mejorar la vida de todos.

A Juan Manuel Calderón le gustaba mucho pescar:

—Yo era la esposa de un campeón —cuenta Chichí con mucho orgullo— Ganó copas en Santiago del Estero, La Rioja, Tucumán, Córdoba… Incluso, hizo hacer dos piletas en la casa, en el fondo, y tuvo criadero de truchas.

Al respecto, Chichí se explayaba en contar esta pasión de su esposo:

—Como había una acequia, que era de vertiente, el agua entraba a una pileta. Pasaba a la otra, que era un poco más baja, y pasaba a la acequia comunitaria para volver al río.

Cuando salían de la casa, ella y su familia dejaban una manguera puesta en la primera pileta, con la canilla abierta, porque le cortaban el agua de la acequia.

—A las truchas, mi esposo las alimentaba con hígado rallado y con lombrices. Cuando él llegaba a casa, iba a las piletas y les decía: “¿Qué hacen mis chiquitas?” Y las truchas saltaban como delfines, porque sabían que les daría de comer.

Todo parecía andar muy bien con la crianza de las truchas, hasta que…

—Una mañana de Semana Santa —contaba Chichí—, yo estaba preparando el desayuno. Hacía las tostadas. Mi esposo fue a verlas y volvió pisando muy fuerte, desesperado. Habían cortado el agua de la acequia durante la noche. Y, al faltarle el aire a las truchas, tuvo que sacrificar a unas ochenta de las grandes. Luego puso la manguera y abrió la canilla, para tratar de salvar a las otras.

¿Qué hicieron con las truchas sacrificadas? Se las ofrecieron al gallego Molina, que estaba en la hostería; otras, las regalaron. También las ofrecieron a su familia.

—Pero fue tal el disgusto que pasó mi esposo, que a los quince días le dio un infarto masivo, y murió.

Para Juan Manuel Calderón, las truchas representaban parte de su vida. Y se la esfumaron en unas cuantas horas.

Él partió dejando a Chichí, de 45 años, viuda y a cargo de todo lo que habían construido.

—Con mi esposo compartimos veintitrés años y cinco días —dijo Chichí—. Murió cuando tenía 69 años, y nuestro hijo, 21.

Muerto su esposo, le seguían cortando el agua proveniente de la acequia.

—Lo hacían, porque tenía que llegar el agua a la quinta del “Doctor Acosta”. Nosotros decíamos: “La acequia es comunitaria. Larga un poco para allá, pero deja pasar para los otros también”. Y yo estaba sola. Mi hijo ya estaba casado y esperaba una hija.

Hoy, su negocio ya tiene 57 años. Hace un año y dos meses que la ayuda César, los fines de semana. Es un joven de ojos preciosos, que durante la semana está en la ciudad de Catamarca, porque estudia profesorado en Geografía.

Chichí nunca pensó en irse de El Rodeo. Ama a El Rodeo. Es su lugar. A su esposo, lo trajeron sus padres cuando tenía 9 años, y quiso quedarse, también.

No volvió a pensar en casarse. Armó su vida con el hombre que amó y, hasta el día de hoy, sigue adelante y observa el lugar que siempre amó para vivir.

—¿Qué cree que le falta a El Rodeo? —le pregunté.

Pensó su respuesta, antes de hablarme de manera segura:

—Todo. Le falta todo. Porque no hay iniciativa de nada, ni para hacer algo por el turismo.

Inmediatamente, le hice la pregunta contraria:

—¿Qué le sobra a El Rodeo?

—Belleza. Naturaleza —respondió con un brillo de nostalgia en sus ojos—. Este pueblo se ha quedado atrás. Antes, no había mucha capacidad para el turismo, porque el pueblo se estaba haciendo. Pero, ahora… no se hace nada.

—¿Lo mismo quiere quedarse acá?

—Claro que sí. Y seguiré luchando. Brindando un servicio hasta que Dios me llame. Vengo de una familia trabajadora, muy luchadora.

Es esa lucha, ese trabajo incansable del que Chichí siente nostalgia. Sabe, porque lo vivió, que son los ingredientes de los cuales hoy, El Rodeo, carece por todos sus rincones, porque ha quedado atrapado en el túnel del pasado, mientras que, una mujer de 80 años como es Chichí, resulta tener pensamientos de avanzada.

 

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