julio 2024

Cuando la muerte nos devuelve a la vida

7-CUANDO LA MUERTE NOS DEVUELVE A LA VIDA

María Ottaviano

En las vísperas de cada elección presidencial en Argentina, sobrevuela el recuerdo de la quema de un ataúd hecho en papel que llevaba el nombre del candidato de la UCR, Raúl Alfonsín. Envuelto en colores e inscripciones del Partido Radical, era acompañado por una corona mortuoria.

Ese 28 de octubre de 1983, en plena Avenida 9 de Julio de Buenos Aires, se desarrolló el acto de cierre de campaña de la fórmula Ítalo Lúder-Deolindo Bittel, acompañados más o menos por un millón de personas. El candidato a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, y por entonces secretario general del Consejo del Partido Justicialista, quemó el referido ataúd ante las cámaras de televisión. En un segundo, el rostro de Lúder se transformó. Vio ir en ese instante y repentinamente las esperanzas, y tal vez la seguridad, de ser el primer presidente del retorno a la democracia argentina.

¿Tanto lo perjudicó el ataúd? Sucede que la muerte asusta. La muerte aparece de repente y jala de los pies.

Pocos años después, una muestra de fe se desarrolló en Córdoba, más precisamente en un lugar llamado Los Nogales. Al costado de las vías del tren, que recorre paralelamente la Avenida Ricardo Rojas, apareció la Virgen.

De boca en boca los vecinos se fueron enterando. Acudieron al lugar y esperaron verla. Pronto comenzaron a llegar personas de otros barrios con la misma esperanza. Y fue cuestión de que pasaran pocos días para que un noticiero de Buenos Aires se acercara para cronicar y llevara el mensaje al resto del país.

Anabel no se quedó en su casa. Su amiga Raquel fue una de las primeras en acercarse al lugar y le dijo lo maravilloso que era poder ver a la Virgen. Entonces, casi al mismo tiempo que su hermana, Anabel organizó la visita al lugar.

Una mujer de mucha fe, Mary Chellies, iba también con su ama de llaves llamada Emma. Es así que esa misma noche Anabel y su hermana pasaron a buscar a Mary Chellies en la Break. Anabel le cedió el asiento a Chellies, y se acomodó en el asiento trasero con Emma.

Llegaron las cuatro mujeres y Anabel se encontró con Raquel. Era muchísima la gente. El silencio acompañaba la esperanza. El apuro por rezar rondaba las mentes. La necesidad de creer en algo estaba metida en los corazones de todas aquellas personas que de verdad estaban allí movidos por la buena fe.

Miraban fijo hacia un mismo lugar donde alguien había indicado que era el punto de aparición. A la altura del horizonte, entre la oscuridad de la noche, las estrellas y los árboles, se dirigían los ojos de cientos y cientos de personas. De repente, Raquel gritó:

—¡Ahí está!

Murmullos movilizantes y pasos pequeños se produjeron en medio de los «Shhh”, como si la Virgen fuese una mosca atenta que se iría al verlos.

—¡Ahí está! — dijo otra vez Raquel

—¿Dónde? — preguntó Anabel

—¡Ahí! ¿No la ves? ¡Es hermosa… brillante!

Se escucharon venir desde otros rincones las mismas expresiones. Hasta llantos de emoción.

Anabel se sentía floja de fe. Si tantos la veían ¿por qué ella no? Al mismo tiempo observaba a Mary Chellies si es que hacía algún gesto, alguna mueca.

A cada mañana siguiente, Anabel le contaba a su tía Ida lo sucedido la noche anterior, y aquella sabia mujer la llamaba a reflexionar:

— Cada vez que Las Riojanas se mudan de casa, aparece una Virgen cerca de ellas. Hacen la gruta y abren el almacén.

A Anabel le parecía de mal gusto lo que su tía decía. Sentía que iba en contra de la voluntad de Dios. Entonces no le prestaba atención.

Por la noche, y cada noche durante muchos días, el ritual se repetía. Pasaban a buscar a Mary Chellies y su ama de llaves. Descendían del auto con un paso señorial y se metían en el tumulto calmo, en el que cada vez eran más los que alcanzaban la cúspide de ver aquello que ya solamente unos pocos aún no veían.

Anabel siempre reparaba en el rostro de Mary Chellies que no quitaba los ojos del horizonte. En el fondo, y a pesar de la compostura que siempre caracterizaba a Chellies, se le notaba cierto disgusto consigo misma. A cada manifestación de asombro, a cada subida al éxtasis por parte de los presentes, Chellies metía la mano en su cartera para sacar de allí la mantilla y ponerla en su cabeza. Lo mismo hacía Emma, que guardaba una sabanita bordada para abrirla sobre el suelo y arrodillarse. Pero las manos de ambas salían vacías. Salían sin nada. Porque nada se presentaba en sus miradas de fe.

Esas acciones de Chellies y Emma, eran lo único que sostenían a Anabel, que al mismo tiempo era tironeada por cierta envidia hacia Raquel. Sentía complejo por no experimentar la misma alegría y devoción que los demás mostraban ante la aparición brillante de la Virgen. Se trataba de una soledad que ya le estaba doliendo.

Igualmente regresaban cada noche. Hasta que, en la última, bajaron del auto y mientras comenzaron a caminar para buscar ubicación, casi tropezando con los durmientes corrió hacia ellas el panadero al que veían todos los días. Con el habla entrecortada, los brazos levantados, la transpiración en su camisa y los ojos bien abiertos, desde metros antes de llegar, les gritó:

— ¡Chicas! ¡Señora Chellies! ¡Emma! ¡Suban al auto y regresen a sus casas! ¡Hay gente que encendió velas negras, y ahora andan los cajones de muertos volando!!!

Las cuatro mujeres, ante la advertencia del hombre amigo, más el ver que tantos fieles corrían para irse, giraron sobre sus piernas para desandar los metros que tenían hasta el auto. Mary Chellies mostró por primera vez sus rodillas porque, para aligerar su escape, tomó por los costados la falda de su vestido para levantarlo y evitar un obstáculo absurdo para una fuga. La hermana de Anabel metió la llave en la puerta del auto, pero con el calor de los nervios llevados a los dedos de sus manos, la dobló. Lo mismo pudo abrirla, subir, destrabar las otras tres puertas, poner el auto en marcha y partir lejos de la muerte.

Llegaron a sus casas y por muchos días no hablaron. Raquel recién reapareció cuando la experiencia pareció olvidada.

Siempre recuerda Anabel esa vivencia cuando pasa por el lugar y ve que allí hay una gruta chiquitita que ya muchos ni saben por qué está, y mucho menos que fue el resultado de algo generado por mentes hábiles. También la recuerda cada vez que en el aire hay cierta conmoción social y necesidad imperiosa de creer en algo. En esos momentos le sobrevuela el recuerdo de esas noches en que tantos decían ver un brillo en el horizonte, y sabe que el desconcierto tarde o temprano llegará. Sabe que desde el lugar menos esperado se producirá todo lo que representa lo contrario, la verdad y la cordura. Sabe que ese tipo de muerte nos coloca de pie en la tierra y nos devuelve a la vida.

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