María Ottaviano
—¿Usted sabe lo que está por hacer mi hijo? —le preguntó Nicasia, esposa de Jacinto, el jardinero.
—No. No lo sé —respondió Elba, la almacenera.
—Se va a casar.
—¿David se va a casar?
—No. El que se va a casar es Facundo.
—A ver… el mayor es David. Le sigue Facundo y Rodrigo es el más chico…
—Facundo es el más chico —la corrigió Nicasia.
—¡Facundo! Es de la edad de mi hija más chica. Facundo, ¡tan chico! ¿Se va a casar? ¡Tiene dieciséis años!
—Sí. Pero es responsable. Trabaja con mi marido desde los once años. Se levanta antes que su padre y ya tiene las herramientas listas.
—Todos sus hijos trabajan con el papá…
—La nena, no. Nidia es la más chica y queremos que aprenda otro oficio. Eso de andar con la carretilla llena de tierra, no es para ella.
—Así que Facundo se va a casar… Todavía tiene granos en la cara y ya está buscando traje. A los dieciséis años, los varones están afeitándose los primeros pelos de la barba y, al mismo tiempo, jugando con los autitos.
—Es cierto —dijo Gladys, una clienta que había entrado al almacén y se había mantenido callada, para escuchar la conversación.
—Facundo se va a casar, como le dije. Su novia agarró un virus, y mi hijo no quiere dejarla.
—¿Cuál virus? —preguntó Mabel, otra clienta, que también había entrado y se había quedado detrás de las latas de galletas, para escuchar lo que hablaban.
—No sé cómo se llama el virus —respondió Nicasia.
—¿Y es contagioso? —indagó Gladys.
—No lo sé. Pero precisa de cuidados. Y como mi hijo, cuando se case, seguirá viviendo en nuestra casa con su esposa, yo ayudaré a cuidarla.
—Sus hijos están comprometidos con el trabajo. Nunca faltan y llegan antes que el padre —intervino Elba—. Con mi esposo, siempre decimos eso. Y con lo que acaba de contar, hay que reconocer que también son solidarios. Porque casarse con una chica que adquirió un virus…
—¿Y quién es la novia? —quiso saber Leticia, otra clienta que estaba detrás de Gladys.
—Mi nuera es Etelvina.
Todas las mujeres se miraron.
—La única Etelvina que conozco, que vive en el otro barrio, es la hija de los Mamaní.
—Etelvina Mamaní… me suena… —intervino Nieves, que hacía rato que estaba escuchando la charla desde fuera del almacén—. La conozco. Hace mucho, estuvo de novia con un sobrino mío. Después se pelearon. No sé por qué.
—Me acuerdo —dijo Nora, mientras salía de detrás de una estantería—. Etelvina quería casarse con tu sobrino. Insistió en fijar fecha —dijo mirando a Nieves—. El muchacho dudó. Días después, sus padres lo llamaron aparte. Cuando volvió, evitó mirarla. Buena chica “la Etelvina”. Nunca la escuché levantar la voz ni meterse en problemas. No puedo decir nada de ella.
—Es que, ¿qué se puede decir de una chica que ha tenido varios novios? —preguntó Leticia—. Estamos en el año 1982. Esas cosas ya no se tienen en cuenta.
—¡Ahora me acuerdo! —sentenció Gladys—. Etelvina Mamaní estuvo de novia, también, con el hijo de Gastón Sánchez. Duró poco ese noviazgo. Ella quería casarse. Pero esto pasó hace como seis o siete años atrás.
—Entonces, ¿cuántos años tiene la novia de su hijo? —preguntó Elba, que estaba haciendo cuentas mentales.
—Mi nuera tiene veintidós años.
—Y su hijo dieciséis… Mucha diferencia —sentenció Leticia.
—Bueno. Pero si mi hijo y ella se quieren, con el correr de los años, esa diferencia no se notará.
—¿Y se va a casar de blanco? —indagó Nieves.
—De eso se encargarán mis consuegros. Con mi esposo, ayudaremos haciendo un espacio en nuestra casa para que tengan su cuarto.
—Bien pensado, Nicasia —aportó Mabel—. Así ella podrá permanecer en ese espacio del cuarto y, de esa manera, no esparcirá el virus por toda la casa. No vaya a ser que su hija, Nidia, se contagie…
—¿Solo Nidia? —se inquietó Elba—. Los virus no distinguen si es varón o mujer. Cuando quieren entrar en el cuerpo, entran.
—Tiene razón, Elba —respondió Mabel.
—¿Y cuándo celebrarán el acontecimiento? —quiso saber Leticia.
—Mañana se casarán por Civil, y el sábado, por Iglesia. En la Capilla de acá cerca. ¿Cómo se llama…? ¡Divina Gracia!
—Ah… sí. Está a pocas cuadras, en el barrio Los Nogales —ubicó Gladys a todas las presentes, que se comprometieron a ir para tirarles arroz al finalizar la ceremonia.
Facundo y Etelvina, finalmente, se casaron el sábado 25 de junio de 1982.
Como estaba previsto, vivieron en la casa de los padres de Facundo.
Nicasia le enseñó a coser a Etelvina, para que las horas del día no se le tornaran eternas, porque Facundo continuaba trabajando con su padre, por la mañana y por la tarde. Y, también, seguía yendo a la escuela nocturna.
La noche del 24 de Diciembre de ese mismo año, el llanto de un bebé irrumpió la casa. Nicasia se acercó primero. Cuando lo tomó en sus brazos, sonrió: Jacinto y Nicasia se habían convertido en abuelos de un niño de tres kilos y medio, que lloró fuerte apenas nació. Lo bautizaron enseguida, el domingo 26.
Por supuesto que todas las mujeres del barrio asistieron al Bautismo celebrado en la misma Capilla, donde se habían casado, seis meses antes.
Y del virus adquirido por Etelvina, nunca más se habló…