junio 2026

El balcón, no

71-El balcón, no

María Ottaviano

El agua nieve se derretía sobre los hombros de Rita, antes de tocar el suelo.

Se paró frente a lo que quedaba del portón de ingreso de la casa quinta.

“Los viejos árboles desaparecieron. Ni las raíces están. Crucé cuatro provincias para encontrarme con esto. Solo la casa está. Y debe seguir estando”.

Rita siguió mirando los pozos llenos de barro.

Movió apenas la boca:

—Solo la casa está.

De pronto, escuchó un traqueteo que comenzó como un golpe lejano y terminó haciéndole vibrar el pecho.

Giró su cabeza hacia un costado. Vio que venía una excavadora con accesorios hidráulicos. Detrás del traqueteo metálico de sus orugas, una camioneta con un guardabarros colgando y una puerta sostenida con alambre, que se adelantó y estacionó sobre la vereda.

—Acá está llegando la que arrancó hasta las raíces —le dijo Rita a alguien con quien hablaba por celular—. Luego te contaré. Quédate tranquila.

La que se bajó de la camioneta, fue directo hacia el portón, sin dirigirle la palabra a Rita. Quitó el candado y arrastró cada pedazo de portón hacia los costados. Abrió una computadora, y desde ella, le indicó a la excavadora que entrara al terreno.

—¡No te saldrás con la tuya! —gritó Rita.

La excavadora ingresó. A diez metros estaba la casa de dos pisos con balcón.

—¿¡Crees que tienes derechos para entrar aquí?! Pues no los tienes. Antes tendrás que demostrarlos.

La de la camioneta ni miró a Rita. Solo dirigía la máquina.

—¡Te arrepentirás de esto! ¡Para! ¡No volveré a advertirte más! ¡Todavía estás a tiempo de apagar esa máquina!

La excavadora comenzó a emitir un sonido grave y resonante.

Rita se interpuso frente a la máquina, que ya había comenzado a andar directo hacia la casa.

—¡Si no te detienes, estarás camino a la cárcel!

El motor de la máquina bajó de tono y el suelo vibró debajo de Rita. Recorrió dos metros. Se detuvo. Hizo marcha atrás unos cinco metros. Giró sobre sí misma unos cuarenta grados hacia la izquierda. Levantó un brazo hidráulico y el rugido del motor tapó la voz de Rita al comenzar a andar hacia el balcón.

—¡El balcón, no! —gritó Rita mientras se desplazaba corriendo para mantenerse entre la excavadora y la casa. —¡El balcón, no!

Quien manejaba la computadora, se equivocó en la siguiente orden dada, y la excavadora fue hacia la pared medianera del vecino. Se frenó antes de llegar. Hizo marcha atrás. Giró noventa grados. Y otra vez echó a andar hacia la casa. Otra vez, hacia el balcón del primer piso.

—¡Para! ¡Para!

La excavadora siguió y dio un primer golpe con la bola de demolición. Pasó rozando la cabeza de Rita, quien tuvo que correr hacia un lado, para salvar su propia vida.

La excavadora prosiguió la orden y el balcón desapareció.

—¡Te dije que el balcón, no! ¡¿Por qué nunca escuchas?!

Cuatro golpes más con la bola, y la casa quedó hecha escombros.

La de la camioneta se fue por donde había venido, llevando a su robot.

Rita siguió mirando el montón de cascotes, incluso, después de que el ruido del motor desapareciera.

Contempló lo que había quedado. Se llevó una mano a la boca cuando el polvo había terminado de asentarse.

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