María Ottaviano
Actualmente, si una mujer decide tener un hijo estando sola, es algo totalmente natural. Años atrás, era una cuestión que la sociedad veía como no aceptable. Porque, de acuerdo con las costumbres, para tener un hijo debía existir, previamente, el esposo. Por lo que, si una mujer sola resolvía embarazarse, era mal señalada.
Carlota, una linda mujer de treinta y cinco años, estaba sola en la vida. Vivía en Achiras, departamento de Río IV, a casi trescientos kilómetros de la ciudad de Córdoba.
Sus padres habían fallecido hacía tres y cuatro años atrás, respectivamente. No tenía hermanos. Tampoco contaba con suficiente formación escolar. Apenas había terminado la escuela primaria.
Trabajaba como empleada doméstica en dos casas del pueblo y también traía a su casa ropa para lavar de otras tres familias.
Lavaba a mano. Siempre con agua fría. Su casa no tenía siquiera un calefón a leña.
Sus días transcurrían trabajando y trabajando.
Una de las familias para la cual trabajaba, cambió el lavarropas por otro último modelo, y la señora decidió regalarle el viejo:
—Carlota, hemos comprado un lavarropas nuevo. Y, si aceptas, con mi esposo quisiéramos regalarte el viejo —dijo la señora Núñez—. Creemos que puede ayudar a la tarea que haces en tu casa. Además, ya sabes cómo usarlo…
Carlota se puso tan feliz que hasta se le cayeron unas lágrimas:
—Usted sabe, señora, que yo jamás podría comprar uno. Les estoy tan agradecida que…
—Ya sé lo que me vas a decir —interrumpió la señora Núñez—. Vas a querer trabajar unos días gratis en casa. Pero no. Es una pequeña ayuda que te hacemos, porque eres muy cumplidora, muy honesta e incapaz de engañar. Todo positivo nuestro concepto hacia ti. Continúa la tarea. A la tarde, mi esposo hará que el peón lo lleve a tu hogar.
Así fue. A la tarde, Carlota ya tenía el lavarropas en su casa. Se trataba de un Siam modelo muy viejo. De esos con paleta central, una sola velocidad y un solo tiempo. Eso sí, había que poner en el tambor el agua de forma manual con un balde. Se agregaba el jabón en polvo, o jabón en barra rallado con el rallador de la cocina. La paleta no giraba, sino que hacía un movimiento vaivén alternativo, primero en un sentido e, inmediatamente, en el sentido contrario.
Al parar el lavarropas, se desprendía de manera manual la manguera para que el extremo contrario al conectado en el tambor del lavarropas, se pusiera en un balde y así se descargara el agua.
La ayuda que brindaba el lavarropas era no tener que fregar a mano la suciedad de la ropa, ni tener que usar la tabla de lavar de madera, que se colocaba en la pileta de lavado. Solo quedaba el trabajo de enjuagar cada prenda y tenderla en la soga para su secado.
Carlota se sentía liberada. Una máquina estaba a su servicio. Su trabajo se tornaba algo liviano. E increíblemente su rostro rejuveneció. Es que era un gran avance laboral el que había logrado.
También era muy ordenada en sus controles médicos. Temía enfermarse y no poder asistir a sus trabajos. Desde hacía dos meses tenía marcado un turno para el 15 de mayo con el médico generalista doctor Juan Brandan. Era 1985.
Asistió al turno. El doctor Brandan trataba a Carlota desde su adolescencia. Vio los análisis que le había indicado en el control anterior. La revisó y le dijo que estaba muy saludable. Pero esta vez el doctor Brandan, con la confianza que tenía con ella y en general con todos sus pacientes, le habló sobre otro tema:
—Carlota, ya tienes treinta y cinco años, ¿verdad? —le preguntó mientras leía su ficha médica.
—Sí, Doctor. El dos de julio cumpliré treinta y seis.
—¿Has pensado en tener un hijo, Carlota?
—Desde siempre. Soñé tantas veces con casarme y tener unos siete hijos varones.
—¿Todos varones?
—Es que si se tienen siete varones, el Presidente de la Nación es el padrino del séptimo—respondió Carlota, con mucha ingenuidad—. Pero no he tenido la suerte de poder casarme. Entonces, lo de los hijos, imposible.
—No hace falta estar casada para tener un hijo.
—Ya lo sé, Doctor. No hace falta haber firmado en el Registro Civil para ir a la cama con un hombre. Eso lo tengo muy claro. Y los estudios me han dado bien, porque me cuido. No es con cualquiera.
—Te felicito por cuidarte, Carlota. Pero lo que trato de decirte es que, a las mujeres, en un determinado momento, se les pasa el tren y, cuando deciden tener un bebé, ya no pueden concebir. En tu caso, estás a tiempo.
Carlota entendió muy bien el planteo del médico. Era “el qué dirán” lo que la desalentaba. Quedó pensativa.
—Eres una hermosa mujer y muy buena. ¿Qué sentido tiene que te quedes sola en la vida?
—¿Qué hombre va a querer tener un hijo conmigo? Y, encima, yo tener que mantener después a mi hijo y al padre. Porque… acá… hacen concurso para ser vagos los hombres —miró al médico y notó que se sonreía—. Usted sabe que es así.
—Mi planteo es que tengas un hijo y no que te cases. Es más, tampoco tiene que enterarse ese hombre. Pero elige uno que sea lindo e inteligente.
—¿Usted quiere decir que le robe el embarazo a un hombre? —se alarmó Carlota.
El doctor Brandan se paró y abrió la puerta. Carlota, algo dubitativa, también se paró y se despidió del médico con un “Muchas gracias, Doctor. Lo veré en la próxima cita”.
El regreso de Carlota a su casa fue con un solo pensamiento: a qué hombre elegir.
Había captado perfectamente lo que su médico de confianza le había dicho. Y se decía a sí misma que valía la pena arriesgarse a que en el pueblo hablasen mal de ella.
De repente, se acordó de un hombre que, de cuando en cuando, solía pasar por el pueblo para visitar a sus amigos. Muy lindo, alto y de espalda ancha. Poco trabajador, pero muy inteligente para ganar al truco, la taba y las bochas.
Carlota tuvo la suficiente paciencia para esperarlo. El hombre elegido, llamado León González, estaba por llegar al pueblo para el campeonato de bochas.
Cuando supo que ya estaba con sus amigos, Carlota se puso su mejor vestido, se pintó las uñas y los labios con color rojo, y fue al almacén para comprar el pan. Sabía muy bien qué recorrido hacer para que León la viese.
Se encontraron y León se fijó en ella. Con una simple mirada, Carlota le dio a entender su interés. Aunque se manifestó reticente a la invitación de acompañarla al baile que se haría en la plaza, esa noche, al final aceptó. En palabras de ella: “Hay que decirles que no, para que lo entiendan como un sí”.
Carlota bailó toda la noche con León. Las otras chicas morían de rabia porque, evidentemente, era un candidato deseado por su atractivo.
Al finalizar el baile, el caballero en cuestión, en voz alta expresó que a las damas se las debía acompañar a la casa para asegurarse de que llegaran bien. Y así fue.
Al llegar a la puerta de la casa de Carlota, ella lo tomó de la mano y lo trajo hacia su cuerpo. León, que para nada se negaría ni pensaría en lo que haría en los próximos cinco segundos, la besó.
Carlota se hacía la difícil, al mismo tiempo que avanzaba.
—Quiero estar contigo —dijo León.
—Yo también —respondió Carlota. Y lo llevó rápidamente a su cama, que ya la tenía preparada con sábanas limpias y perfumadas.
León se fue antes de que amaneciera, para que la gente no murmurara. A la noche siguiente, León volvió a la casa de Carlota. Esta vez, aprovecharían toda la noche para acurrucarse, mimarse, besarse, hasta el agotamiento. Y muy temprano, antes del amanecer, se iría.
Para la tercera noche, León no volvió. Carlota supo que había partido hacia su pueblo. Ahora le quedaba esperar a saber si el milagro se había producido y había logrado quedar embarazada. Pero no.
Existían dos posibilidades para ella: esperar a que volviese León, que regresaría en algún momento, o escoger a otro.
Pasaron los días. Carlota seguía su rutina diaria de trabajo. No obstante, ya pensaba en cómo hacer una cuna, qué color para las sabanitas del bebé escogería. Todo estaba en su mente. Con nadie compartía sus planes. Hasta llegó a pensar que, si se lo contaba a sus amigas del pueblo, le iban a querer copiar la decisión y se abalanzarían sobre León.
Un día en que no había ningún campeonato en el pueblo, a las siete de la tarde, entró León a la casa de Carlota, sin llamar. La tomó de sorpresa. Ella se puso feliz. Su presa estaba allí, deseoso de entrar en su cuerpo.
Carlota recién acababa de encender el lavarropas. Andaría sin parar durante una hora.
Se besaban sin parar, al mismo tiempo que iban quitándose las ropas, que eran muchas por el frío del mes de julio.
Sentían que no les alcanzaba el tiempo para llegar a la cama. Querían estar juntos, ya. Por lo que León la tomó de la cintura y, haciendo que ella caminara hacia atrás, la apoyó sobre el lavarropas.
Los lavarropas, para evitar que se movieran del lugar, tenían colocado un contrapeso de hormigón. Este tenía el problema del contrapeso. Por eso los Núñez habían comprado otro.
Al estar sin ese contrapeso, el lavarropas parecía caminar por la cocina. Carlota lo enchufaba con un cable muy largo para que anduviera por donde quisiera y ella no tener que estar pendiente.
Entonces, cuando León apoyó a Carlota sobre el lavarropas y se dio cuenta de que además de moverse ellos, el lavarropas también se movía y los movía, se volvió loco. Mejor dicho, se volvieron locos. Y se subieron los dos arriba de la máquina.
Una y otra vez. Una y otra vez. Después de una hora en que el lavarropas paró, Carlota lo puso a andar otra vez. Otra hora más de delirio amoroso, sin parar. Y otra hora más que quedaron pegados sin moverse, pero disfrutando del paseo que el lavarropas les regalaba.
Cuando ambos se vistieron, León partió prometiendo que volvería al mes siguiente.
Y regresó, pero Carlota ya no estaba en su casa. Se había ido a la provincia de Buenos Aires, pero en el pueblo había dicho que iba a Córdoba para cuidar a una tía.
Es que había logrado su propósito: estaba embarazada. Y temía que, si volvía a estar con León, pondría en riesgo a su bebé, dada la edad que tenía.
Consiguió trabajar como empleada doméstica en tres casas. En una de esas tres, le ofrecieron quedarse cama adentro hasta que naciera su bebé. Al final, terminó quedándose con esa familia, en Ciudadela, durante cinco años.
Regresó a su casa en el pueblo de Achiras. La vendió y con esa venta más sus ahorros, compró una casita en barrio Yofre Norte, de la ciudad de Córdoba.
Crió a su hijo, sola. Jamás quiso saber de otro hombre. Se sentía plena y también sentía que tenía una asignatura pendiente: buscar al doctor Brandan. Pero logró encontrarlo cuando su hijo ya tenía veinte años.
—Le presento a su consejo —le dijo al doctor Brandan, en una consulta.
—Creo que más que mi consejo, me estás presentando a tu felicidad.
—Así es. Espero que haya aconsejado a muchas chicas más, como me aconsejó a mí.
—No creas que es así —respondió el Doctor—. Se necesita mucho valor para criar sola a un hijo.
—A propósito, ¿sabe qué nombre le puse a mi hijo? Juan Carlos. Carlos, por mi padre, y Juan, por usted.
Carlota se ocupó de que su hijo estudiara. También se formó en oficios. Años después, Juan Carlos le presentó a su novia. Se casó e hizo abuela a su madre.
La verdad… Es cierto eso de que hay médicos que tienen muy buen ojo clínico…