2 treinta y uno
Hacía ya dos días que Gustavito no concurría a la salita de cinco años del Jardín de infantes de su Colegio, en barrio Claret, de la ciudad de Córdoba. Sin embargo, y contra todo pronóstico, aquella mañana, Gustavito apareció feliz.
La señorita Beatriz, mujer joven, muy bonita, simpática, pero por sobre todas las cosas, muy sensible y con un profundo amor por los niños, entró al aula sonriente y saludó a los pequeños:
—Buenos días, niños.
—Buenos días, Señorita —respondieron.
—Como verán, hoy, nuevamente con nosotros, está, Gustavito y se lo ve muy feliz.
—¡Sí, Señorita! — gritaron los niños.
—A ver, Gustavito, ponte de pie, y cuéntanos cuáles fueron los motivos por los que faltaste. Y por qué se te ve tan feliz ahora.
—Señorita, falté porque mi papá llevó a mi mamá a la clínica, y una cigüeña me trajo una hermanita… ¡Y es muy bonita!
Algunos compañeritos rieron ante la respuesta. La Señorita, ante esta reacción, les dijo:
—¡Qué hermoso, Gustavito! ¡Felicitaciones! —y agregó— Ahora, como algunos se rieron de lo que nos narró Gustavito, les voy a contar que, desde hace muchísimos años, se decía que a los bebés los traían desde el país de las cigüeñas, que se encuentra en París, y era maravilloso verlas en las lagunas, blancas y bien “derechitas”, orgullosas de lo que se decía de ellas.
—¡Aaah…! —gritaron los niños al unísono.
—Por ello hoy, a muchas médicas y médicos que ayudan a las mamás a tener a sus bebés, les gusta que les digan “cigüeñas” y se sienten orgullosos como ellas. Ya sabrán, más adelante, mucho más de ello, y de lo mucho que deben saber las médicas y los médicos “cigüeñas” hasta que los bebés llegan al mundo.
—¡Ahora, cuente, Señorita! —le pidieron algunos.
—Cuando sean más grandecitos, lo entenderán mejor —les contestó—. Ahora ¿aplaudimos a Gustavito? —Y prosiguió la clase.
Toda esa mañana le dio vueltas en su mente la respuesta de Gustavito y la risa de sus compañeritos, lo que la había obligado a esconder la humedad de sus ojos, sobre todo porque ello tenía un sentido.
Sucedió que ella había estudiado para graduarse de enfermera, y había tenido muchas experiencias difíciles sobre la finalización de los embarazos y los distintos momentos por los que debían pasar los que se sentían “cigüeñas”. Esas experiencias la obligaron a no finalizar su especialización en enfermería, y como sentía un profundo amor por los niños, decidió entregar todo ese amor como maestra jardinera.
Supo que de ese país de las cigüeñas salían millones por día, a distintas direcciones del mundo, teniendo un largo viaje de nueve meses por delante, con una esperanza de vida en su pico, vida que debían cuidar.
Cigüeñas que tuvieron que pasar momentos muy duros, otros dolorosos o muy tristes, hasta impensados, quizá, para llegar con algunos a poder dejar la felicidad de una nena, como la que dejó una de ellas en la cuna de la hermanita de Gustavito.
Seguramente, alguna fue obligada a cargar con un bebé no deseado, tratando de mantenerlo con todas sus fuerzas posibles, pero debiendo soportar el dolor de sentir cómo se lo arrancaban de su pico.
Otras partían con la alegría de llevar una gestación esperada. Por lo que pasar por tormentas inesperadas, no podían. Por lo tanto, aunaban todos sus esfuerzos para que esa gestación se desarrollara y no se perdiera en el camino.
También estaban aquellas que se esmeraban en llegar al largo camino de nueve meses, pero no lo podían lograr y llegaban antes de tiempo, por lo que se veían obligadas a pedir colaboración a otras “cigüeñas” vestidas de blanco, comprometidas también con la vida, para que recibieran a esos bebés con amor y los ayudaran con diversos métodos en su lucha por alcanzar la madurez necesaria, hasta poder llegar a los brazos de aquellos papás que los esperaban con amor.
Otras tantas, mientras desarrollaban su vuelo, se percataban tristemente de que la gestación que llevaban no se movía, no transmitía vida, pero igualmente debían llegar a destino con tan nefasto embarazo.
Si supiéramos los momentos por los que debieron pasar esos seres maravillosos, que se consideran “cigüeñas”. Algunas, las más de ellas, los momentos de soledad cuando entregan el bebé. Todo es felicidad en la familia, sin embargo, ella se queda sola en un rinconcito, observando ese instante, con la misma intensidad de todos, muchas veces con lágrimas en los ojos debido a la emoción de haber contribuido para que esa nueva vida haya logrado atravesar el viaje de nueve meses, y llegar a destino, a pesar de todos sus sobresaltos… Ella se retira en silencio, pero muy feliz, con una felicidad muy especial, que solo ella siente y valora, y que cada vez que logra depositar un bebé en su lugar esperado, es totalmente distinta.
En una oportunidad, una cigüeña, estaba esperando su llegada a destino. Era 24 de diciembre, en la guardia de una maternidad de Córdoba. Estaba sola, y cuando las campanas sonaron a medianoche y en medio de fuegos artificiales, depositó esa nueva vida en un lugar en donde no lo deseaban, pero fue recibido por los compañeros de guardia, esos seres maravillosos, que también actuaban como cigüeñas, y le dieron su amor. Y aquella que viajó los nueve meses con el bebé en su pico, lloró en soledad, quizá de felicidad, pero también con mucha tristeza.
Hay momentos en que no se entiende al ser humano, en cómo reacciona ante esto tan hermoso, como es dar vida. Están los que desean esa vida y no pueden; los que, pudiendo, las matan antes de emprender el viaje. Otros la desean, pero, por distintos motivos, mueren en el camino. Sin embargo, la mayoría, como los papás de Gustavito, esperan a esa vida con mucho amor. Todos esos momentos son vividos por aquellos que, como las “cigüeñas”, los traen en “sus picos”, cuidándolos lo mejor posible en su viaje de nueve meses, desde que salen con felicidad de ese mundo de fantasía de donde parten las cigüeñas.
La señorita Beatriz, sentada en soledad ya en su casa, sin sacarse el pintor que usaba para en el colegio, aún sentía en sus oídos las palabras felices de Gustavito: “Una cigüeña me trajo una hermanita”, y la risa de muchos de sus compañeritos. Derramó unas lágrimas que rodaron por sus mejillas, quizá de felicidad, porque aún existía eso de ingenuidad y picardía, que brota espontáneamente en los niños. Luego de un rato, se secó sus lágrimas y sonrió feliz.
Es que, a través de los años, y desde hace mucho pero mucho tiempo, si uno otea en la historia, va a figurar siempre en papiros, o en grabados de civilizaciones pasadas, la hermosa imagen de la cigüeña blanca, con su pico largo y en su extremo el pañal blanco con un bebé en su interior, y con el color de piel de sus progenitores. Por ello, la Señorita se emocionó ante la respuesta de Gustavito. Es que siempre hubo, hay y habrá, en el ser humano, la sensibilidad que parte de su corazón, cada vez que se espera una nueva vida para depositarla en la blancura del pañal que, con amor y dulzura, transporta una cigüeña.