María Ottaviano
Existen personas con las que vamos encontrándonos, que son admirables. Hoy les contaré de una a quien conocí, accidentalmente, debido a la pérdida de mi llave de la casa que nos prestaban en Niquixao.
2 treinta y uno dijo que era imposible estar con una sola llave; que debíamos continuar teniendo dos. En consecuencia, extrajo de la puerta de ingreso la cerradura y me dijo que iba a pedirle, al único cerrajero del pueblo, que hiciera una copia y la probara en esa cerradura, para tener seguridad de que funcionara.
—Iré hasta la casa de Goyo. Hasta donde sé, es el único cerrajero que existe acá —dijo 2 treinta y uno.
Regresó como a las tres horas. Claro. Habían pasado tantos años sin verse que, mientras Goyo hacía la copia, hablaron y tomaron mates hasta volverse verdes, como el color de la yerba.
A pesar de la charla y los intentos profesionales, Goyo no pudo hacer la copia de la llave. Es que hace unos cinco años atrás, sufrió un accidente cerebro vascular, lateral izquierdo. Por este motivo, está en silla de ruedas y trabaja solo con su mano derecha.
Nos sentamos a almorzar como a las dos de la tarde. La sobremesa se hizo larga, porque me habló de Goyo y su familia, a quien conocía de toda la vida. Y me entregó un sobre que me enviaba Goyo, en calidad de préstamo, que contenía poesías. Él le pidió a 2 treinta y uno que me lo entregara, para que leyera sus escritos y que luego le brindara una devolución.
—Hoy mismo leo sus escritos. Pero te pido que me lleves a conocerlo —le dije a 2 treinta y uno. —No quisiera enviarle un mensaje por WhatsApp. Me parece que lo mejor es ir y, personalmente, conversar con él —agregué.
Es que me había surgido otro interés, además de hablar de su escritura. Porque, de acuerdo con la conversación que tuvimos mientras almorzábamos, mi esposo me contó que Goyo pertenecía a una familia de artesanos, por lo que empecé a imaginar su taller, tal como lo describe Richard Sennett en su libro El artesano (2009): “(…) La idea de artesano evoca de inmediato una imagen. Si se atisba a través de la ventana de un taller de carpintero, se ve en el interior un hombre mayor rodeado de sus aprendices y sus herramientas. Reina allí el orden (…)”.
Al día siguiente, estaba lista para ir a conocer a Goyo. Tenía todo leído. Y también tenía ansias de observar ese taller.
Partimos hacia su casa, que estaba a orillas del río Los Nogales, sobre un terreno que bajaba desde la calle asfaltada.
De Sennett, lo que vi mientras ingresábamos hacia el sector donde nos esperaba Goyo, fue exactamente todo lo contrario. Entonces, mi curiosidad aumentó.
Él, en su silla de ruedas, se desplazaba en el lugar y buscaba, permanentemente, revolviendo cosas, objetos hechos por su padre, su madre y por él mismo, para mostrarme la calidad de los trabajos que, de verdad, eran excepcionales.
Fue así que inicié una conversación para saber de su vida y obra, haciéndole, como primera pregunta, qué era ser artesano. Y él respondió que era alimentar la creatividad y, por medio de esa creatividad, ingeniarse para hacer distintos trabajos para la casa, como para beneficio de quien lo requiriese.
Goyo, cuyo verdadero nombre es Gregorio de Jesús Olmos, nació el 17 de junio de 1963, en El Rodeo.
Hijo de María Tomaza Carranza, nacida en 1937, en un puesto ubicado a 5 kilómetros de su casa actual. Y de Román de Jesús Olmos, nacido en 1945, en otro puesto, pero ubicado a 3 kilómetros.
Un “puesto” es una vivienda que está en la cima de la montaña. Lo ocupan aquellas personas que, generalmente, cuidan ganado como vacas y cabras. También siembran, según lo que se pueda en el lugar. Viven ahí con su familia, y bajan a caballo al pueblo para buscar provisiones. En la montura del caballo, a sus costados, y un poco hacia atrás, colocan el guardamonte. Es de cuero, trabajado de manera artesanal, y sirve para proteger el cuerpo de quien monta ese caballo, y al caballo también. Esto es porque el caballo va por el monte, con todo lo que ello implica.
Volviendo a Goyo, asistió a la escuela hasta tercer año, porque después no había más cursos:
—Fui a una escuela técnica. En todos los pueblos, deberían existir, ya que enseñan oficios. Y esto es beneficio para el turismo y para uno mismo.
En cuanto a cómo aprendió su oficio, respondió que era un orgullo haber nacido en una familia de artesanos:
—El sentido de la artesanía es el desarrollo y el valor del ingenio que uno pone para hacer las cosas y dar solución a la gente. Vivir de la artesanía es lo más gratificante. Porque uno resuelve cosas y, al mismo tiempo, siente la satisfacción de haberlo hecho con sus propias manos —comentó con una sonrisa.
Se hizo cerrajero porque, si bien cuando era joven, muchas personas vivían de algún oficio como albañil, picapedrero, carpintero… no había cerrajero. Entonces, comenzó sus primeros intentos al lado de su padre y luego hizo un curso por correspondencia. Décadas atrás, era la manera de aprender.
—Acá sucede que una persona necesita una llave y el único que hace llaves es Goyo. Porque nadie muestra interés en el oficio de cerrajero. Esto es algo que lamento, que no tengan el interés por aprender, que es algo que debe nacer de la persona. Y también sucede que no ven a la artesanía como beneficiosa —explicó, con algo de molestia.
Es que Goyo se sentía orgulloso de ser hijo de artesanos. Sus padres le habían transmitido el valor del trabajo y que uno debía vivir de su propio esfuerzo, al mismo tiempo que hacer algo en beneficio de los demás.
Ese ambiente de trabajo lo vivieron él y sus tres hermanos, desde que nacieron.
Sus padres construyeron la vivienda. Goyo recordaba que, cuando ya iba a la escuela, con sus hermanos, ayudaban a preparar los ladrillos de adobe. ¿De qué manera lo hacían? Sus padres se levantaban a las cinco de la mañana. Preparaban el pastón de barro con tierra y agua. Primeramente, su padre ya había hecho el molde para darle la misma medida a cada ladrillo. También, con su esposa, ya habían alisado el patio para colocar los ladrillos que iban haciendo.
Para preparar el pastón de barro, mezclaban tierra con agua. A la tierra, previamente la zarandeaban. En la zaranda, quedaba toda la impureza. Luego amasaban la mezcla con agua. Cuanto más amasada, más consistencia lograban, y quedaba menos aire. Eso hacía que pudiera “aguantar” lluvias. Incluso, una vez secos, se los podía partir, para dar diferentes formas, según las necesidades. Y no le ponían paja, porque su padre tenía una teoría: si le ponían paja, con el tiempo se podría descomponer esa paja, y el adobe terminaba desarmándose, poco a poco. En cambio, al hacerlos con barro puro, no se desarmaba el adobe:
—Usted los puede ver. Ahí están a la vista —refiriéndose al adobe del taller.
Cuando él y sus hermanos volvían de la escuela, los ladrillos ya estaban más o menos secos, y le hacían el barbeado al adobe. Esto es que los ponían de costado y le cortaban el restante a la vuelta, de perfil de canto, para que le entrara más aire y se secara más rápido. Luego los apilaban.
De esta manera, construyeron la primera habitación, el baño y la cocina. Siempre se construían las habitaciones separadas, con sus distancias. Era una costumbre, que ya tenían en los puestos donde habían nacido sus padres. Entonces, según la actividad que desarrollaban, era el lugar al que iban. Y, por supuesto, el baño estaba separado por razones de higiene.
En cuanto al horario del almuerzo y de la cena, les enseñaron que era algo sagrado, que tenían que estar todos juntos y que tenían que dar gracias por lo que estaban compartiendo, aunque fuera un plato de sopa o de carbonada.
Entre el baño y la cocina, su madre solía tener el telar. Y todos los instrumentos para este, fueron hechos por el padre de Goyo. Los pisadores, que eran los que cambiaban la forma de los hilos. El torno, que enrollaba el tejido que se iba realizando, y los palos, donde se hacía el tramado para recién efectuar el trabajo de tejido.
En cuanto al proceso de tejido, su madre recibía la lana esquilada, que la compraba su padre. Inmediatamente, ella primero la lavaba, después la tizaba, es decir, separaba y sacaba todas las suciedades.
Una vez que estaba tizada, la hilaba con el huso, que era un palito que tenía un peso en la parte de abajo, el cual rozaba contra la pierna para que girara y formara el hilo. Después de que estaba el hilo formado, hacía las madejas en el brazo. En forma de madeja, las teñía. Ocupaba muchas tintas para teñir: por ejemplo, la hoja de nogal, que era marrón. Después empezó a comprar anilinas, que venían en latas. Le agregaba sal y también le ponía alumbre, que era lo que hacía que prendiera más la tinta en la lana.
En cuanto a su padre, él hacía de todo, con diferentes materiales. Incluso, fue orfebre, porque confeccionó alianzas para novios de El Rodeo, de Las Juntas, de La Puerta, de Piedras Blancas, de todo Ambato. Se casaban con las alianzas que hacía su padre con las monedas del año 1942, que tenían una composición de oro. Eso le daba mucho brillo, y no dejaba manchas en la piel.
Goyo también aprendió sobre plantas medicinales. Esto se lo enseñó una señora a la que denominaban “curandera”. Se trataba de Santos Agüero de Olaz. Tenía plantas de ruda, de menta, de carqueja, y muchísimas más. Siempre salía al campo, porque su familia cuidaba ovejas y cabras. Ahí aprovechaba para juntar las hierbas y plantarlas en su casa.
De todo lo que aprendió Goyo, lo que más le gustó, y continúa adorando, es la fusión: por ejemplo, hacer una baranda para balcón con detalles en bronce.
Y, lógicamente, no podía irme de su casa sin preguntarle cómo fue que decidió comenzar a escribir. A lo que me respondió:
—A la escritura la adopté como una parte de cooperación, de poder ser útil, porque escribiendo enseño lo que sé sobre hierbas medicinales.
Además, escribir le ayudó en su recuperación, física y emocional. Tanto es así, que dedicó poemas a su médica.
Finalmente, para cerrar nuestra charla, Goyo recordó una frase que siempre repetía su padre: “El médico es médico. El ingeniero es ingeniero. El abogado es abogado. Pero el que no tiene estudio, tiene que ingeniarse. Por lo que el estudio limita al ingenio”.
Es que familias como la de Goyo, al no tener dinero para comprar cosas, se las ingeniaban para hacer la cama, la mesa, las sillas, los platos, los cubiertos… Todo.
Fue una charla preciosa, la que tuve con Goyo. Conocí a un personaje trabajador, ingenioso, luchador. Y también me quedé con algo de sabor amargo, al escuchar de su boca decir:
—Artesanos van quedando pocos. Las generaciones que van llegando no le dan el valor que debería tener. Los oficios se van terminando. Los jóvenes de hoy no le dan la importancia que merece.
Pienso que, a personas como Goyo, siempre hay que escucharlas. Con pocas palabras, expresan cosas simples de la vida que, al mismo tiempo, son muy duras y dolorosas. Pero totalmente cercanas a la realidad.