abril 2024

Habibi y el Puente Carena

7-puente

María Ottaviano

En esta tierra maravillosa donde el cielo y las montañas se tocan frente a nuestra mirada, acontecen historias repentinas y mágicas.

Amanda caminaba al medio día por el centro de la ciudad. Abriéndose paso entre la gente, se adentraba al puente sin poder dejar de mirar los sauces llorones que tendían sus lágrimas sobre los escalones rojos camino a los cisnes que invitaban a subirse y pasear por el lago.

En la soledad de sus pensamientos diarios comenzaba el cruce del Puente Carena. A su izquierda, el agua corría por debajo desde su derecha mientras en un metro de ancho apoyaba sus pies sobre cemento y piedras.

Contenidos los cuerpos de todos los caminantes entre barandas de caños fuertes pintados con grises gastados, podía sentir el pensamiento de quienes lo construyeron desafiando las aguas.

Bajo las doce luminarias apagadas y perdidas en el aire, y sobre el temblor debajo de sus pies por el pasar de los autos, lo vio.

Él venía desde el otro extremo del puente. A la mitad se encontraron. Ambos posaron sus ojos en el otro. Sus miradas eternas suspendieron el alrededor. Todo se detuvo. Los ómnibus dejaron de vibrar. Los autos pararon de sonar. La gente dejó de respirar. Solo la bufanda de Amanda emprendió vuelo. El suficiente vuelo para que él la detuviese y colocara en el cuello de ella con la misma ternura que la había amado.

En la quietud que los rodeaba el aire se volvió blanco. El cielo rojizo. Luego llegaron las estrellas con sus contornos negros. Sobre el puente danzaron orquídeas rosas, amarillas y rojas, venidas de aquellas noches en las que Habibi le lavaba los pies. Sus manos los acariciaban en el agua haciendo cortejo sobre cortejo y sus labios comenzaban por posarse en ellos hasta ir, como un arquitecto, construyendo la pasión poco a poco… suavidad sobre suavidad, caricia sobre caricia, ternura sobre ternura. Lentamente… lentamente… la iba cubriendo con su piel y la iba pintando de colores en cada rincón, moldeando sus deseos con el corazón. Y, cuando estaba lista, la habitaba con dulzura y la amaba… la amaba… A cada beso otro beso, a cada exhalación un despertar.

Y el despertar llegó al puente con sus sonidos de cotidianeidad. Amanda y él parecían no querer soltar la miel de sus pupilas ni el aroma a orquídeas de sus recuerdos.

El frío los abrazó y sin promesas sus andares siguieron.

Amanda recorrió la segunda mitad del cemento y piedras sin mirar atrás. A sus espaldas dejó las letras blancas que alertaban: Puente Carena.

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