abril 2025

Hombre modelo

27-Hombre modelo

María Ottaviano

Recuerdo tanto a Minna… Cada año, iba a Buenos Aires y la visitaba. Me hospedaba en la casa de mi abuela, pero pasaba más tiempo en lo de Minna y Amadeo, porque jugaba con sus hijos Tadeo y Marta.

La habitación de Tadeo, que era muy pequeña e improvisada —porque estaba debajo de la escalera que conducía a la terraza—, me fascinaba. Estaba empapelada con posters de Los Beatles, a quienes había descubierto a mis diez años. Con Tadeo, escuchaba todo el tiempo los discos de esta banda británica. Y me hablaba de cada álbum que habían grabado. Me daba clases gratuitas sobre ellos, aunque siempre amenazaba con cobrarme. Se reía tanto conmigo… por mi fanatismo. Aún era una niña, él me doblaba los años, teníamos una amistad musical que nos llevaba a conversar horas y horas, debido a que yo era muy curiosa y quería dilucidar si Yoko Ono había tenido que ver con la disolución de la banda.

Su hermana, Marta, le llevaba cuatro años a Tadeo. También me prestaba atención, y también me prestaba sus zapatos de tacos altos, sus vestidos largos, sus maquillajes y sus collares. Me ponía todo eso, subía rápido por la escalera, que llegaba a la terraza, y desde ahí arriba bajaba al estilo “modelo”. Eran más las veces que me doblaba los pies y bajaba rodando, que las que llegaba abajo en buen estado. Pero, a esa edad, darse unos golpecitos no significaba nada.

Minna me veía y se reía. Me miraba con tanta ternura… Es que ella era tierna, un ser para querer eternamente. Y su esposo, Amadeo, lo tenía bien claro.

A él también lo recuerdo. De la misma edad que Minna. Un hombre muy noble, divertido, que se rodeaba de los sobrinos para ver los dibujitos animados.

Minna y Amadeo eran un matrimonio perfecto… Se amaban. Ya tenían muchos años de casados, pero se seguían queriendo como el primer día.

—Estoy cocinando milanesas con puré. Si me dices cuánto me amas, también te prepararé ensalada—le decía Minna a Amadeo, cuando regresaba de su trabajo.

—Te amo más que ayer. Mucho más—le correspondía Amadeo, con una voz seductora.

Las muestras de afecto eran permanentes, excepto cuando Minna quería un vestido nuevo y Amadeo no podía comprarlo:

—Minna, soy camionero. Todos los días trabajo. Cruzo Buenos Aires, de punta a punta…

—Amadeo, los vestidos que tengo ya son viejos…

—Compraste uno nuevo el mes pasado…

—¿Después de cuánto tiempo?

—Hasta donde recuerdo, el anterior lo compraste hace dos meses…

Minna titubeaba, luego le daba la razón.

—Minna, es fin de mes. Espera al mes próximo. Primero pagaremos todos los compromisos, como todos los meses; compraremos la comida y ahí veremos qué sobra. Y, si podemos, te comprarás el vestido que tanto quieres.

Minna asentía. Con disconformidad, pero asentía. Y seguían los arrumacos, los besos y los mimos.

Al día siguiente, Minna preparaba el almuerzo y se iba a la habitación. Cuando escuchaba que Amadeo llegaba, ella aparecía por la cocina con el vestido más viejo y roto que tenía. Además, despeinada, sin maquillaje y descalza. Y, para concluir su actuación, sollozaba.

Amadeo ya estaba acostumbrado. Se reía en silencio. Después de todo, se trataba de esperar unos días hasta poder decirle que fuera a comprar el nuevo vestido. Lo fantástico es que Minna no cesaba en mostrarse así hasta lograr su cometido.

Cuando por fin lograba su propósito, volvía a ser la Minna esplendorosa de siempre.

Pasaron los años y el amor, entre ambos, siguió creciendo. En el cumpleaños número sesenta de Amadeo, antes de apagar las velitas de la torta, dijo que, entre sus deseos, pedía que Dios le concediera cuarenta años más para estar al lado de su increíble mujer:

—Sepan todos que, si el tiempo volviera atrás, yo elegiría a Minna, otra vez.

Amadeo partió a los ochenta años. Pero, antes de morir, le aconsejó a Minna que no se quedara sola; que buscara un compañero. Y pidió a sus hijos que acompañaran a su madre en esa investigación.

Transcurrió un año de viudez y Minna, por fin, decidió lanzarse a la búsqueda. Sin embargo… ¿Cómo lo haría? En 1980, no existían las redes sociales; apenas, el teléfono, si te tocaba la suerte de conseguirlo.

Pensó, pensó y tomó la decisión de enviar una carta al programa de televisión más visto de ese momento, que era conducido por Roberto Galán: Yo me quiero casar, ¿y usted? (1971/1998). Era innovador. Y no se trataba de un formato traído de otro país. Todo lo contrario, era puramente argentino.

A Minna la llamaron desde la producción del programa, un mes más tarde, y la invitaron, con quince días de anticipación, a asistir. Aceptó y fue. Después de todo, era lo que pretendía.

En cada programa, había tres mujeres y tres hombres. Galán hacía preguntas a esos seis invitados, para que hablasen de sí mismos. Antes de finalizar el programa, cada participante anotaba, en una tarjeta, el nombre de la persona que le había gustado. El conductor leía las tarjetas y, si había coincidencia, anunciaba la formación de la pareja.

Minna, ese día, no tuvo suerte. En realidad, no le había gustado ninguno de los tres caballeros. Es que, después de Amadeo, su vara estaba muy alta.

Menos suerte tuvo al regresar a su casa, después del programa, porque Tadeo la estaba esperando para darle un sermón “de aquellos”, y para hacerle entender que una viuda no andaba, “por ahí”, buscando novio.

En cambio, su hija la acobijó. Primero, la invitó a que fuera a vivir a su casa. Era mejor que ya no viviera sola, ya que una mujer de ochenta y dos años precisaba de la compañía de otras personas. Segundo, cuando Minna se mudó a la casa de Marta, la alentó para que participara de las actividades de un centro de jubilados. Minna se entusiasmó tanto, que era más el tiempo que pasaba ahí, que en la casa de su hija. Y pronto agregó las salidas de los viernes, porque iba a bailar tango, junto a sus compañeros. Así es que Marta dijo a sus dos hijos que se hicieran el tiempo para ir a buscar a la abuela, todas las madrugadas de los sábados, cuando la orquesta terminaba de tocar.

Minna estaba feliz. Conocía a nuevas personas, pero tenía su propia estrategia, para con aquellos que más le atraían. Identificaba al hombre que más le gustaba, lo investigaba y se ocupaba de que las otras “chicas” no anduvieran detrás de él. Todo estaba en su cabeza. Los planes los compartía con su hija, quien lo tomaba como un entretenimiento para su madre.

Pero una noche, en uno de esos bailes, se acercó alguien, a quien no había visto, y la invitó a bailar “una pieza”. Adalberto se llamaba. La orquesta siguió tocando, el cantante siguió cantando tangos, y para Minna y Adalberto no existía el alrededor.

Más tarde, se sentaron y él, entre charla y charla, le pidió permiso para ir a visitarla. Así lo hizo una semana después. Adalberto se presentó en la casa de Marta. Conoció a toda la familia y les dijo que, con sus ochenta y tres años más su jubilación, podría hacer feliz a Minna.

A Marta y a su familia, esa presentación les encantó. Por fin, Minna había encontrado lo que buscaba. Sin embargo, faltaba que Minna respondiera.

—Mira, Adalberto … Yo me tomo mis tiempos. Eso de comenzar una relación e ir a los apuros, no es para mí.

—Por supuesto, Minna. Pienso lo mismo. Pero quiero que sepan que mis intenciones son honestas—dijo Adalberto con voz segura y mirando a todos los presentes.

Comenzaron a verse, día de por medio. El día que no se veían, Adalberto la llamaba por teléfono, a las nueve de la noche, en punto. Y Minna, sabiendo que la llamaría, justo dos minutos antes, se iba hasta el fondo del jardín. Desde allí escuchaba sonar el teléfono. Atendía su hija y le pedía a Adalberto que esperara un momento:

—¡Mamááááá! Te llama Adalberto.

Y, desde el fondo del jardín, Minna caminaba hasta llegar al teléfono, previa parada por el espejo, donde se miraba y acomodaba su cabello.

Así estuvieron quince días, hasta que decidieron que ya era tiempo de formar pareja:

—Pero “cama afuera”, Adalberto. A esta altura de mi vida, no quiero compromisos fuertes— dijo Minna.

—Como lo desees, Minna. ¿Te parece que vengas los viernes, a mi departamento, y te quedes hasta los lunes?

Minna aceptó. Poco a poco, fue accediendo a todas las propuestas de Adalberto: convivencia, viajes, paseos, bailes… pero también vestido nuevo, todos los meses.

Era imposible que Minna no repitiera la historia de amor que había tenido con Amadeo. Porque ella era cautivante. Y Adalberto era, también, un hombre modelo.

Compartieron la compañía mutua durante cuatro años. Se amaron hasta que Minna partió al cielo, y Adalberto comenzó a apagarse. No sin antes decir que estaba muy agradecido porque en su camino por la vida, había encontrado a dos mujeres modelos.

 

Facebook
Twitter
Reddit
WhatsApp
Telegram