María Ottaviano
Siempre tenemos deseos. A muchos, los podremos alcanzar. A muchos otros, tal vez, podramos no alcanzarlos.
Es parte, de nuestro existir, el desear. Y es parte, de nuestro empeño, trabajar para concretar esos anhelos.
Para contarles un deseo que tuve durante décadas, deberé retrotraerme a muchos años atrás. Más precisamente, a mi niñez, cuando un día escuché, de la boca de mi abuelo paterno, una palabra que me sonó muy bella: “tamandua”, que, en español se escribe “tamanduá” y que significa “oso melero”.
Cuando escuché “tamandua”, que suena como tamanduá (voz de origen guaraní), le pregunté a mi abuelo el significado y prosiguió con la descripción de dicho oso.
Traté de imaginarlo, porque no tenía la menor idea de lo que era un oso, cualquiera fuese, a esa edad. Pero ese sonido quedó en mi memoria, para siempre. Y, como cada vez me enseñaba más palabras, hizo que pronto me enamorara del idioma portugués. Y después se fueron presentando muchísimos motivos más para que me siguiera enamorando.
Pronto investigué el mapa de Brasil. A los cinco años, podía darme cuenta, con la ayuda de mi abuelo: dónde estábamos viviendo, Córdoba; dónde había nacido yo, Capital Federal; dónde había nacido él, Itapemirim, estado de Espíritu Santo, Brasil, y dónde había nacido mi padre, Ipiranga, estado de San Pablo, Brasil.
Les conté, a mi madre y a mi padre, lo que había aprendido y les dije que quería ir a esos lugares. Ese sueño se cumplió años más tarde y advertí otro modo de vivir. Comencé a darme cuenta de que es muy importante saber de dónde venimos ya que, de esa manera, comprendemos por qué somos de determinada forma y no de otra. Por ejemplo, en el primer viaje a San Pablo, entendí por qué en mi casa la cena siempre se servía temprano, entre las 19 y 20 horas, y no como el común de los argentinos, alrededor de las 22 horas.
Me enamoré de Brasil. Y, desde mi parecer, tiene una particularidad y es que enamora a todo ser humano. Sus paisajes, su historia, su idiosincrasia… Todo tiene algo de miel, que nos mueve hacia ella, como al oso tamandua.
Después quise conocer otros lugares más lejanos de Brasil, pero como llegar a ellos era complicado, fui postergando esa querencia. Durante años y años deseé llegar al norte. Y esto se lo conté a 2 treinta y uno.
Él captó mi deseo. Comprendió que hacer un viaje hacia allí sería llevarme a mi terruño. Y así fue. Lo que él no esperaba —aunque ya conocía varios lugares de Brasil—, era quedar cautivado, tanto como yo.
Después de muchas horas de viaje, llegamos a nuestro primer destino: São Luís, estado de Maranhão, ciudad rodeada por manglares, fundada por franceses, y que luego pasó a manos de los portugueses.
São Luís es bella por donde se la mire: tanto su centro histórico —patrimonio de la humanidad— como la parte moderna, donde pareciera que los arquitectos hacen competencia para proyectar el edificio más hermoso y atractivo. Todo esto allá, lejos, en el norte.
En referencia al centro histórico, vivimos un momento inolvidable. Durante el recorrido que hicimos con un grupo de veinte personas, por los distintos edificios más antiguos del lugar, comenzamos a escuchar a un coro. Nos dábamos cuenta de que no se trataba de uno conducido por un director. Era un coro de esos… donde se suma la gente, porque simplemente quiere cantar.
Al canto lo escuchábamos con más y más intensidad, a medida que nos acercábamos a la plaza central, Pedro II.
Finalmente, vimos que allí estaba la Catedral de Nuestra Señora de la Victoria, que fuera construida a partir de 1690, por los jesuitas, y, en ese momento, dedicada a Nuestra Señora de la Luz. Desde ese antiguo lugar santo, salía la música coral y cubría cada rincón, desde adentro hacia afuera.
Otra vez, movidos por la miel, todo el grupo, creyentes y no creyentes, quisimos saber de dónde provenían tan bellas melodías, y quiénes eran los portadores de esas gargantas de donde salían tan atrayentes notas.
Subimos las escaleras de la Catedral. Entramos, y fue casi imposible caminar por dentro, porque estaban en plena misa y el lugar estaba lleno. No recordaba cuándo había sido la última vez que había visto una iglesia tan repleta de gente que, como agregado, estaban vestidos como para ir a una fiesta.
Y la música continuaba. Cantaban acompañados por un órgano de tubos gigantesco, con una consola de 63 registros y cuatro teclados, llamado “Dragón”. Se trataba de gente que, simplemente, quería participar de un grupo de coro, más los fieles.
Era tal la intensidad, que se sentía algo desde el piso, que movía todo tu cuerpo, y lo ponía in excelsis, en lo alto.
Era tal la miel de esa música que, quienes reconocían las canciones, las cantaban, cada uno en su idioma, como “Alma misionera”.
Unos quince minutos después, al finalizar la misa, volvimos a encontrarnos todo el grupo, afuera. Y los comentarios fueron unívocos. Sumados a lágrimas por la emoción.
Para mí, fue como ser atraída por un motor inmóvil, motor que no se mueve, pero que te moviliza emocionalmente, a tal punto, que jamás olvidas esa emoción.
De esta manera se cerró el paseo al centro histórico de São Luís. Una inmersión en el pasado de un lugar donde, hasta las voces que cantan, parecen de la misma época en que fue construida la Ciudad.
Y también, se produjo en mí la comprensión de para qué había aprendido la palabra “tamandua” en mi niñez. Con ella, mi abuelo había sembrado en mi corazón, de una manera simple, el cariño hacia su país. Él sabía que yo, alguna vez, recorrería lugares preciosos, experimentaría la dulzura de su música, y temblarían mis ojos ante tanta belleza vista, y la que estaba por ver.