julio 2024

Io ti voglio bene

IO TI VOGLIOBENE

María Ottaviano

Sabía que Alessandra llegaría a su encuentro como lo hacía siempre durante las primeras lunas crecientes.

Él la esperaba desplazándose descalzo sobre el césped, yendo de un extremo al otro y luego mojándose los pies allí, en el lugar del primer y muchos encuentros en la Bahía del Gitano.

Ella llegó y él, desparramando gotas de agua, corrió y la abrazó, deteniendo a ese cuerpo delgado lleno de miedos y encierros. La cubrió de besos, aspiró el aroma de su cuello, entrelazó sus dedos en los negros y largos cabellos de Alessandra y le buscó las huellas en cada uno de los extremos de sus manos.

Sin soltarla, apartó su cuerpo dispuesto a seguir esperándola. Alessandra sonrió tímidamente dejando ver sus ojos negros y la joven piel de su rostro. Él comenzó a caminar en señal de invitación y ella se quitó los zapatos. Ambos se conocían los pies y jugaron con el acercamiento del agua que luego se escurría entre los dedos.

Cuando la luna insistió en hacer acto de presencia, la dejó por un instante y se subió al mangrullo al que trepó ágilmente. Ella lo esperaba temerosa del aire que la circundaba y en pocos segundos él bajó portando rodillos, pinceles y colores metidos en todas las vasijas soñadas.

La sonrisa suave de Alessandra se mezcló con la curiosidad y la sorpresa. Él la tomó cálidamente y la recostó sobre el césped de la Bahía. Tomó una pincelada de témpera amarilla y la posó sobre la cintura de ella; procuró un rodillo con témpera roja y lo trasladó al rostro de ella; buscó un pincel con témpera azul y cubrió los pies de ella. Alessandra por fin decidió soltar la risa. Una risotada tan esperada por él. Sonrió de placer, de desinhibición, de felicidad. Por primera vez Alessandra tomó una iniciativa reincorporándose del suelo y dirigiéndose hacia las témperas. Metió su mano izquierda en la témpera amarilla y la derecha en la azul. Juntó sus manos hasta lograr el verde y las llevó suavemente hacia el rostro de él. La témpera blanca entró en la bacanal de misturas que allí se sucedían y surgieron el rosa, el celeste, el verde claro…

Todos los colores se plasmaron ellos en el cuerpo del otro durante una danza, entre roces, caricias y cosquilleos sin parar, hasta que la luna desapareció y el amanecer los atrapó.

Las loritas fueron despertando mientras observaban calladas una naturaleza velozmente transformada en una gama de arcoíris sobre el césped. Ellos estaban en medio de eso, tendidos boca arriba y tomados de la mano, casi indistinguibles, en ese festín de suelo atemperado. Alessandra había llevado los colores hasta el cielo para escribir en su lengua lo que sentía por él: te quiero bien.

La lluvia los sorprendió sin tocarlos porque pasaba paralela al suelo. Ellos la miraron encantados y el aroma a tierra mojada los atrajo y se sumergieron en el lago en el que nadaron hasta perderse en la distancia.

Después de cada primera luna creciente, durante el amanecer y recostado en la Bahía del Gitano, se puede ver escrito en el cielo con visos intactos aquello que Alessandra escribió en su idioma: «Io ti voglio bene», al mismo tiempo que los pájaros comienzan su vuelo diario en el mismo trazado que sólo allí caer la lluvia.

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