María Ottaviano
Siempre me hago este planteo: si los europeos llegaron al continente americano, guiados por la intuición y con tan solo una brújula, allá por 1492, ¿Cómo es posible que hoy, para trasladarnos a dos calles de donde estamos, precisemos del GPS? Por supuesto que yo misma me río de la pregunta que me hago.
Es que me acostumbré a andar guiándome por los nombres de las calles y su numeración. De un lado de la vereda, las numeraciones pares y del lado contrario, las numeraciones impares. Me acostumbré a girar a la derecha o a la izquierda.
Me acostumbré a explicarle al otro cómo llegar, a determinado lugar, con los datos que recién mencioné. Y, a que me expliquen, de la misma manera.
Pero, desde hace un tiempo a esta parte, esto ha cambiado. Como también cambiaron tantas otras cosas.
Algunas veces me ha sucedido que estoy cerca del lugar adonde quiero llegar, pero me encuentro perdida. Entonces, recurro a alguna persona que pasa y le consulto. ¿Qué hace esa persona? Acude al celular, mira y me responde que es a la vuelta de donde estoy parada.
Debo aprender a usar el GPS. Reconozco que hay que aggiornarse. Pero… hay situaciones en que una debe, simplemente, explicarle al otro cómo llegar, o que te expliquen, tan solo, con palabras.
Hablar no debería resultar tan difícil. Digo, sencillamente: hablar. Pero parece que se ha vuelto en una especie de “tortura” elaborar una frase y enunciarla.
Hace unos días atrás, más precisamente el 21 de mayo, acompañé a mi esposo a la Ciudad de San Francisco, en la provincia de Córdoba, a visitar a un amigo recién operado de una pierna, que se la había fracturado en un accidente de tránsito.
Ir a San Francisco fue toda una proeza. La Ruta Nacional Nº 19, la tan llamada “ruta de la muerte”, es difícil de transitar. Y lo vivimos en “carne propia”.
Una vez llegados a San Francisco, nos desorientamos, totalmente. Y, claro, no usamos GPS.
Mario, el amigo de mi esposo, no respondía el teléfono. Lo resolvimos al estilo antiguo: bajamos las ventanillas del auto para consultar a la primera persona que encontramos:
—Buen día— le dije a un señor que caminaba por la vereda de calle Belgrano, casi Vélez Sársfield.
—¿Sí?
—Por favor, necesitamos ir a calle San Lorenzo, entre Chaco y Padre Gervasi, ¿nos podría indicar?
—No. Ni idea.
En ese momento, queríamos que apareciera una persona con el objeto mágico y que nos respondiera que le preguntaría a “Don GPS”. Pero no tuvimos esa suerte.
Anduvimos lento, una cuadra más, y preguntamos lo mismo a una señora. Su respuesta nos sorprendió:
—Yo hace dos años que vivo acá. No conozco— respondió.
Seguimos andando. La gente debió haber notado que estábamos perdidos. Pero no apareció ningún salvador.
Anduvimos dando vueltas hasta que llegamos a la Avenida Sabattini. Vi a dos chicas, de unos 14 o 15 años, que venían conversando:
—Hola, chicas. Buen día. Por favor, necesitamos llegar a calle San Lorenzo. ¿Nos podrían decir cómo llegar?
Se miraron. Se hicieron señas. Susurraron: “Es donde vive la Marisa”.
—¿Pueden ayudarnos? —insistí.
Una de ellas tomó la palabra:
—Si van para allá— queriendo indicar si seguíamos derecho— se salen de la ciudad y van adonde está otro gobernador.
Luego de pensar unos segundos, mi esposo se dio cuenta:
—Si seguimos derecho, ¿cruzamos a la provincia de Santa Fe?
—Eso— respondió la niña. Y prosiguió— Ustedes tienen que…
Comenzó a realizar un movimiento con la mano, acompañado por el brazo, que indicaba un giro. Pero, al mismo tiempo, su amiga le indicaba que el giro era exactamente al revés.
Con mi esposo, notamos que tenían una real voluntad de ayudarnos, pero no encontraban las palabras. Nos miramos y me salió la docente “de adentro”, al decirle a mi esposo que bajáramos del auto, para que la niña nos dibujara el camino sobre la tierra.
Tomé una de las tantas ramitas secas que había en el lugar y le dije, mirando el suelo:
—Estamos parados acá. ¿Hacia dónde tenemos que ir?
Ella comprendió la intención. Tomó la rama y dijo, mientras dibujaba:
—Así no. Porque van a ir ahí, adonde dijo usted— refiriéndose, nuevamente, a que, si seguíamos derecho, entrábamos a otra provincia—. Hagan así y así, hasta que choquen con una pared —luego vimos que la indicación se trataba de retroceder una cuadra, retomar por la que habíamos llegado hasta allí, y conducir hasta llegar al hospital.
—Cuando lleguen al hospital, verán el costado del hospital. Pero no es la calle que ustedes buscan. Ahí dan los remedios. Ustedes tienen que ir por la calle donde está la puerta… esa donde llega la ambulancia. Termina el hospital y van para allá— indicando en el dibujo que giráramos a la izquierda.
—¿Esa es la calle San Lorenzo? — pregunté, con algo de ilusión.
—No— respondió—. Ahí van a ver un lugar grande con muchas plantas.
—¿Una casa grande?
—No. No hay casa. Es un lugar con plantas… árboles…
—¿Una plaza? —dijo mi esposo.
—Eso. Sí. Y de ahí no siguen así, sino que hacen así— indicando que no siguiéramos derecho, sino que girásemos hacia la derecha—. Esa es la calle que buscan. Ahí vive mi amiga. Esa es.
Luego de sus explicaciones, le pregunté si iban a la escuela a la tarde, debido a que ya eran las once de la mañana. En realidad, mi objetivo era saber si iban, porque mi docente “interna” no se había apagado, sino encendido…
—Sí. Estamos en tercer año. La Marisa, mi amiga que vive en esa calle, también.
Subimos con mi esposo al auto, luego de agradecerles lo amables que habían sido.
Una vez que retomamos el camino, con mi esposo, coincidimos en que había sido un momento en que habíamos dejado de lado el objetivo de llegar a la casa de Mario, para prestarle atención a la niña.
Fue movilizante escuchar a esa joven, quien sí quería ayudarnos. Se trataba de una niña sana, que quería hablar, pero no disponía del léxico para hacerlo.
Luego de visitar a Mario y de enterarnos de que su accidente lo había provocado él mismo, al cruzar un semáforo en rojo, porque… “Aquí nadie respeta ninguna regla. Todo el mundo hace lo que quiere”, según sus palabras, emprendimos, a la tarde, el regreso a la Ciudad de Córdoba.
En el camino, volvimos a hablar de la niña. Digo “niña”, dándole un sentido de necesidad de protección. Ambos llegamos a la conclusión de que la escuela debe estar atenta a estas cuestiones de comunicación, pero, además, es preciso que en el hogar se reinstale el diálogo. Eso, tan sencillo, de preguntarles cómo les fue en la escuela. Hacer que cuenten cómo es su relación con cada docente. Hablar del deporte que más les interese. Que opinen, aunque digan cosas erróneas. Pero que hablen.
Hablar es una práctica que se practica desde el momento en que nacemos. Porque alguien nos habla, nos estimula. Y ese estímulo debe primar en el entorno.
Hablar nos une, nos cuida y nos salva.