febrero 2025

Ladrón de tunas

21-LADRON DE TUNAS

María Ottaviano

En el pueblo llamado Niquixao –nombre que le dieron los indios cacán y que significa “pueblo de la niebla”–, ocurrió un robo en febrero de 2023.

Cuenta uno de sus habitantes, llamado Umberto, que, a partir de ese acontecimiento, comenzaron a cuidar las tunas que allí crecían.

La tuna es una planta que da agua. Y su fruto, también llamado “tuna”, es jugoso, bajo en calorías, con mucha fibra, y crece, justamente, en época de calor.

Se las ve en los jardines de las casas, en los terrenos baldíos, en las montañas, cerca de los ríos, lejos de los ríos… Siempre están. Y, como suele suceder, se repara en lo que falta y no en lo que abunda.

Una mañana, en que el alpapuyo –que en lengua quechua significa “niebla asentada en los valles o cerros”– estaba en su esplendor desde la tarde anterior. Esa mañana a Umberto le pareció ver pasar por el frente de su casa a un monstruo muy oscuro y ancho, de espaldas. Después, pensando y sacando conclusiones, se dijo a sí mismo que, seguramente, había sido un hombre que cargaba una gran bolsa, vaya a saber con qué.

Cuando el alpapuyo se había ido, notó que faltaban los frutos de las tunas de su propia casa. Más tarde, se dio cuenta de que tampoco estaban los frutos de las tunas de sus vecinos. Y, con el transcurrir del día, advirtió la desnudez de muchísimas más plantas de tunas de las casas de sus vecinos, que vivían más    alejados de él.

Umberto mismo se asombró al darse cuenta de que nunca había contado las plantas de tunas de su jardín, pero a su memoria vinieron todas juntas, y también su “corazonada” de que habían sido robadas mientras había permanecido la niebla.

Arribó a la conclusión de que alguien había robado, en vez de pedir. “Después de todo, … si alguien tiene sed o hambre, ¿cómo uno no le va a dar? ¡Pero robar!”, dijo Umberto.

Su indignación lo llevó a hablar con el párroco del pueblo. Este le sugirió que rezara por esa persona que había cometido el robo. Umberto le agradeció su consejo, sin embargo, no quedó conforme. Porque, si bien ya no habría reparación y los frutos ya no podrían regresar a las plantas, él igualmente quería un castigo para el ladrón.

Decidido y en búsqueda de su cometido, se subió a su caballo y costeó el pedregoso río Ambato, para internarse en una quebrada, donde vivía Ramón. Él era un viejo curandero, conocedor de hierbas curativas de variados malestares, tanto físicos como espirituales.

Ramón lo recibió con mate, pan con grasa y un claro dulce de leche casero.

Umberto le contó todo lo sucedido, exacerbado por su enojo. El curandero lo escuchó sin interrumpirlo, mientras le cebaba mates, a pesar de que ya estaba enterado del hecho. En lugares alejados y solitarios, cualquier novedad corre rápidamente, de boca en boca. Que suceda algo distinto, al solo transcurso de los días, les trae vida.

Ramón se mostró sorprendido a los ojos de su vecino, mientras escuchaba su relato. De lo contrario, lo hubiese desanimado. Y alentó la decisión de buscar un castigo para el ladrón. Sabía que, si le respondía que ya no podría hacer nada, Umberto rompería la buena relación que los unía desde la infancia.

–Haré que a ese ladrón le duelan las manos. Y también los ojos. ¡Que llore de dolor! –dijo el curandero.

–¡Eso, Ramón! Que le duelan tanto las manos que no pueda tocar nada. Y que le duelan tanto los ojos, que no pueda ver cosas. Todo ese dolor, hasta que deje de planear nuevos robos– respondió Umberto, quien regresó a su casa y pensó en las hierbas, ungüentos mezclados y velas encendidas que su amigo curandero utilizaría para darle una lección al malhechor.

Pasaron dos días y Umberto llevó, en su auto hecho pedazos, al hospital de primeros auxilios, a su vecino de al lado de su casa, dado que se había cortado un dedo de la mano con una lata oxidada.

Llegó al nosocomio y quiso quedarse para esperar a que curaran a su vecino. En el ínterin, escuchó la conversación entre dos médicos y un paciente de unos sesenta años de edad, al que le faltaban casi todos los dientes, vestía ojotas, camisa sucia y rota, al igual que su pantalón.

Si bien Umberto no lo conocía, pudo darse cuenta de que el hombre era un nuevo habitante, un recién llegado al pueblo. Y algo más pudo escuchar… El médico joven le decía al otro médico que el señor había llegado con tantas, pero tantas pequeñas espinas casi invisibles en sus manos, cuello y cara, que un enfermero tuvo que acompañarlo para guiarlo en el baño, para que se diera una ducha, pasándose fuerte una esponja. El médico que escuchaba el caso, luego le explicó al paciente –y a su colega– cómo evitar que le volviera a suceder: “Se nota que usted cortó frutos de tunas por primera vez. Y, evidentemente, cortó muchos. La próxima vez, antes de cortarlos, tome precauciones. Consulte con la gente que sabe hacerlo”.

Umberto se paralizó. Estaba ante el ladrón de tunas. ¡El maleficio de Ramón había dado resultado! Al mismo tiempo, se dio cuenta de que la desesperación del pobre hombre había hecho que cometiera algo incorrecto para la ley, y perjudicial para su salud.

Luego de ser atendido, el vagabundo malherido quedó solo. Aprovechando la ocasión, Umberto se acercó al hombre y le dijo: “Disculpe. Escuché a los doctores. Déjeme ayudarlo”. Este, de nombre Domingo, aceptó.

Umberto esperó a que curaran a su vecino, quien luego subió solo al auto para regresar. A Domingo, en cambio, le abrió la otra puerta y lo ayudó a subir, dado que casi no podía ver, debido a que las “hanas” habían entrado en sus ojos.

Cuando Umberto, finalmente, llegó a su casa, le dio ropa limpia a Domingo, preparó guiso de arroz y luego le ofreció tunas de postre. Le dijo: “La tuna es un fruto muy sabroso. Pero hay que saber cosecharlo. Para cortar los frutos, hay que ponerse guantes, para que sus espinas, que se llaman “hanas” no traspasen la piel. Si lo hacen, producen un dolor de pinchazo permanente”. Domingo lo escuchaba casi llorando. Umberto continuó: “Una vez que cortaste los frutos, hay que quitarles las hanas. Para ello, vuelves a ponerte los guantes, metes los frutos en un balde con agua, y dentro de esa agua los limpias con un trapo para que las hanas no vuelen. De lo contrario, ellas atrapan tu piel y tus ojos”.

Domingo lloró y lloró. Sus años le hicieron percibir ante quién estaba. Mientras tanto, Umberto se dio cuenta de que Ramón lo había conformado con el solo objetivo de no dañar la amistad que los unía. No había sido una brujería, sino que la misma naturaleza se había encargado de enseñarle, a quien estaba dejando de ser ladrón, que había cosas que no se debían hacer.

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