junio 2026

Las ramas de helecho

72-Las ramas de helecho

María Ottaviano

Silvia quiere vivir en otro lugar. En algunas habitaciones todavía conserva muebles que habían pertenecido a sus abuelos, y a sus padres.

—Para nada me quejo de donde vivo, desde el momento en que nací —les explica a sus amigas—. Sucede que llega un momento en que una merece un cambio.

Hace diez años que lo intenta. Pero no logra vender su casa para poder comprar otra, en otro lugar.

—Esta es tu casa —le insisten sus vecinas Mabel y Elizabeth.

—Sí. Pero hay otras cosas— responde Silvia, después de sostener la mirada unos segundos.

—¿Cuáles otras cosas? Hace semanas que apenas pruebas bocado —pregunta Mabel.

—O ¿por qué estás encerrada en tus problemas y no te abres para contarlos? —agrega Elizabeth.

Silvia abre la boca para responder. Después, mira hacia la ventana y niega apenas con la cabeza.

Elizabeth espera la respuesta. Silvia sigue mirando la ventana.

Son muchos años para Silvia de vivir ahí. Y son muchos años de convivir con sus vecinos, más que nada, de compartir con Mabel y Elizabeth.

Desde la vereda, llega el ruido del portón de la casa del frente.

Elizabeth mira hacia esa casa y después dice:

—Cuando alguien se va, el barrio entero lo siente.

—Hace tiempo que te vemos distinta. Y no entendemos por qué te quieres ir ¿Te ha sucedido algo? —pregunta Mabel.

—No me ha sucedido nada, si te refieres a robo, asalto, susto. Nada de esas cosas —se detiene; piensa; continúa. —Hay mañanas en que abro las ventanas, aunque haga frío, y aun así el aire no entra.

—Llega la noche y estás sin compañía. Tal vez …—Elizabeth guiña el ojo hacia Mabel, en complicidad.

—Si es por la soledad, amiga, me ocupo. Y, tranquila, no traeré un hombre —señala Mabel.

Al día siguiente, ambas vecinas vuelven a la casa de Silvia.

Silvia abre la puerta. Sus vecinas le entregan una caja a la que le han colocado un moño azul.

Mientras Silvia la abre, expresa:

—¡Qué bello! ¿O bella? —pregunta mientras saca el obsequio de dentro de la caja.

—Bello —responde Mabel.

—No es cachorro, como puedes ver. Tiene unos tres años. Así calculan en el refugio —son los datos que Elizabeth le brinda.

Se trata de un perro que, alguna vez, fue abandonado y lo recogió la gente del refugio para animales.

—Sabes que podríamos haber comprado uno —se disculpa Mabel—, pero hay que darles una oportunidad a las mascotas que buscan un nuevo hogar.

—A partir de este momento, ¡cambia tu vida! —dice Elizabeth.

Las vecinas se van y Silvia queda en su casa, con alguien a quien cuidar.

Silvia repite varias veces un nombre en voz baja, antes de anotarlo en el carné. Decide llamarlo “Garbanzo”, por el color de su pelo, que está entre el beige y el amarillo claro.

Revisa el carné de vacunas del nuevo integrante de su casa. En el refugio se han ocupado muy bien de él. Tiene todas. También el último antiparasitario trimestral.

Silvia separa el pelo de Garbanzo con los dedos. Revisa detrás de las orejas, el cuello, las patas. Garbanzo permanece quieto, mirándola.

Silvia lo abraza. Lo mira a los ojitos y le dice:

—¿Ahora tengo que velar por ti?

Lo acomoda sobre unos almohadones en el suelo. Pone un trozo de toalla por si Garbanzo quiere acostarse encima, o morder algo de tela.

Lo deja en la cocina y se va a su dormitorio para acostarse y ver televisión.

En menos de media hora, Garbanzo aparece. Se para debajo del marco de la puerta de ingreso a la habitación.

Desde allí, mira a Silvia. Ella lo ve y le dice que vuelva a la cocina para dormir.

Garbanzo le hace caso. Le entiende.

A las ocho de la mañana, Silvia despierta. Abre sus ojos y ve a Garbanzo sosteniendo entre sus dientes una cucaracha muerta.

—¿Ya estás demostrando tus habilidades Garbanzo? Debes seguir haciendo méritos.

Al día siguiente, Silvia despierta, y ve sobre su almohada una rama de helecho. La sostiene contra el pecho como si temiera que alguien pudiera quitársela. El único que podría haberla dejado es Garbanzo.

Silvia lleva, otra vez, la rama del helecho contra el pecho, cierra los ojos, y vuelve a abrirlos. Mira a Garbanzo. Otra vez mira la rama, como si observara a una rosa.

Busca con su mirada a Garbanzo, que está sentado al lado de la cama, y lo llama para abrazarlo.

Garbanzo apoya las patas delanteras sobre el colchón y termina acomodándose junto a ella, antes de que Silvia reaccione.

Esa noche, Silvia no vuelve a bajar a Garbanzo de la cama. Garbanzo gana un lugar en la almohada de Silvia.

 

Pasa el tiempo. Silvia insiste en ir a vivir a otro lugar.

Desde que Silvia toma las llaves para salir, Garbanzo ya está pegado a sus piernas. No la deja en ningún momento.

Cuando ella sale de la casa y queda solo, a su regreso Garbanzo salta, llora, emite sonidos, como si le hablara.

Esas salidas van en aumento. Primero salía una vez a la semana. Después, dos. Luego, tres.

Garbanzo queda llorando detrás de la puerta hasta que Silvia regresa, abre la puerta y ve una montaña de ramas de helecho cortadas y puestas en el piso, en la entrada. Silvia deja las llaves sobre la mesa y se queda mirando la puerta cerrada y los helechos durante varios segundos.

Garbanzo no aparta los ojos de Silvia. Ni siquiera cuando ella se da vuelta. La mira y le dice, a través de sus ojos y sus gestos: Aquí estoy. Jamás me iré. Yo no pienso en la muerte. No tengo conciencia de ella.

Garbanzo siguió mirándola sin apartar los ojos, incluso cuando Silvia se volvió hacia la ventana.

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