septiembre 2025

Lençóis Maranhenses

44-Lençóis Maranhenses

María Ottaviano

Después de recorrer São Luís —que les conté en el anterior encuentro literario—, nos encaminamos hacia la ciudad de Barreirinhas, a 257 kilómetros de São Luís. El recorrido lo hicimos por tierra, junto a doce personas más, todos brasileños, venidos desde distintos puntos cardinales. Hasta ese momento, no habíamos tenido oportunidad de encontrarnos con otros argentinos.

Todo el camino fue marcado por la tierra roja, casas abandonadas y gran vegetación.

Al llegar a Barreirinhas, el conductor nos fue dejando en diferentes posadas que tenían una constante: el esfuerzo de la gente del lugar por hermosear el espacio, para que el recién llegado notase que era bienvenido a una ciudad que, por momentos, se tornaba en un espacio de lucha entre los habitantes y la arena.

Nuestro motivo para estar allí era la razón final por la que habíamos viajado tanto: conocer el Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses. Si hasta ese instante, el recorrido hecho desde el momento de pisar São Luís había sido venturoso, ahora, en verdad, conoceríamos lo que sería la aventura.

Al día siguiente, pasaron a buscarnos un chofer y un guía, que nos llevarían al Parque. 2 treinta y uno y yo fuimos los primeros en subir a la “jardinera”. Aún había que pasar a buscar a otras personas, por distintas posadas de la ciudad. Nuevamente, conocimos a otros que, como nosotros, se lanzaban a la búsqueda de un lugar único en el mundo.

Una vez que la jardinera se llenó de pasajeros, tomamos el camino que nos llevaría específicamente hacia el Parque.

Debo aclarar qué es una jardinera, para que se comprenda el transporte que puede ingresar al lugar. Nos dijeron que íbamos a ir en 4X4, pero, en realidad, se trataba de una camioneta simple. Es decir, de esas que la caja de velocidad transmite la fuerza del motor a las ruedas traseras o a las delanteras. A diferencia de las 4X4, que transmiten la fuerza del motor a las cuatro ruedas.

Sobre la caja de la camioneta, había tres líneas de asientos con pasamanos para que pudiéramos tomarnos bien fuerte.

Antes de comenzar el recorrido por el camino de arena, el chofer quitó a cada una de las gomas, unas 4 o 5 libras de presión de aire. Esto fue para que estas se adhirieran más al suelo.

Pero, como no era una 4X4, en vez de que el vehículo pudiera ir de manera derecha, hacia adelante, lo hacía en zigzags. Así viajamos unos cuarenta minutos: balanceándonos hacia todos los lados, mientras nos presentábamos y decíamos la procedencia de cada uno. Una vez más, éramos los únicos argentinos. Había brasileños, italianos y franceses.

El guía, llamado Teté, se mostraba muy tranquilo, lo cual nos transmitía seguridad.

Algunos no paraban de hablar y hablar. Yo preferí disfrutar del camino y darme el espacio y tiempo para saborear el primer impacto de ver las dunas. Y así fue.

Mi silencio estaba rodeado de emoción. Habíamos llegado.

Teté nos pidió que, antes de bajar de la jardinera, dejáramos nuestros calzados en el mismo lugar donde estábamos sentados. Uno a uno fuimos descendiendo descalzos. La arena era suave y tibia. Y todo era arena.

También Teté nos pidió que procuráramos permanecer juntos y cercanos a él. Ahí nos dimos cuenta de que no estábamos solos, sino que acababan de llegar, a la misma hora y al mismo lugar, unas treinta camionetas más, todas con el mismo formato.

Batidos por el recorrido, descalzos y quitándonos las ropas, todos corrimos hacia la cima de una duna. Al llegar arriba… la naturaleza nos abrazó y dijo: “Aquí estoy. Así también soy”, e hizo que nos deslumbráramos. Es que desde esa cima vimos que abajo había una laguna de agua dulce transparente, a la que le seguía otra duna. Y después de esa otra duna, otra laguna. Y así, sucesivamente.

Fuimos subiendo y bajando dunas, hasta llegar a una de las lagunas en las que el guía nos invitó a que nos sumergiéramos. ¡Maravilloso! Agua dulce, limpia, tibia, sobre arena que te dejaba caminar, como si fuese una alfombra cómoda. Una sensación que jamás había sentido. Un placer nunca recorrido hasta ese momento de mi vida.

Abracé a mi esposo, sin soltarlo. Estábamos dentro de lo inexplicable: lagunas “pluviales”, formadas con las lluvias acontecidas entre los meses de enero a mayo. Porque de junio a septiembre, las aguas se quedan allí, quietas, sin ensuciarse, inodoras e incoloras… Perfectas.

Al mismo tiempo, hubo algo que me impactó con la misma intensidad y fue que los niños y adolescentes no hacían el recorrido a pie, de subir y bajar dunas, sino que, al llegar a las cimas, se lanzaban como en “culipatín”. Sin hacer uso de ningún elemento extra para apoyar sus nalgas, solo se ponían en posición y se deslizaban hasta caer dentro del agua. Inmediatamente, salían, subían la duna y volvían a lanzarse. Volvían a subir y se lanzaban rodando. Incansables. A diferencia de los adultos, que para nada pensábamos en hacer un lanzamiento así —a pesar de estar informados previamente de la composición de las lagunas—, sino que nos metíamos de la misma forma que entramos a los ríos, con el miedo de pisar piedras, con el temor de caer en un pozo. En fin, lo hacíamos como si pisáramos huevos hervidos. En cambio, los adolescentes y niños… se arrojaban movidos solo con la intuición.

Esa energía me hizo pensar que, de haber estado ahí muchos años antes, también habría podido hacer lo mismo y disfrutar de forma descarada tanta belleza. Pero llegué en agosto de 2025. Por esto les digo que vayan ahora y lleven a sus niños.

Cuando Teté nos avisó que había llegado la hora de emprender el retorno, fuimos saliendo del agua. Quienes se habían animado a recorrer más dunas y más lagunas, fueron volviendo para reunirse con nosotros. Solo faltaban aquellos que habían elegido subir a la duna más alta de ese lugar para realizar el saludo yóguico al sol.

Emprendimos el regreso subiendo y bajando dunas. La última que subimos fue más empinada. Llegamos a otra cima como lugar de reunión con todos los grupos, para esperar la puesta de sol.

Éramos cientos y cientos de personas reunidas, hablando de manera tranquila, casi en silencio. Cuando de repente, se sumaron unos cincuenta chicos más que habían salido de la ciudad de Barreirinhas en parapentes y aterrizaban entre nosotros. Nuevamente, admiré el desenfado de esos chicos y chicas, porque hay que tener naturalidad y desparpajo para hacer un viaje por arriba de los Lençóis, y también sagacidad para prever que desde ese punto los podrían ver mejor y tener una mirada algo más grande que la que hicimos el recorrido por tierra. Como dije, fueron llegando y aterrizando entre las personas, sin tocar a nadie.

Y el sol se escondió.

Cuando el último hilo de color del sol desapareció en el horizonte, nos dimos vuelta para saber qué haríamos. Y resultó que todas las camionetas habían subido hasta donde estábamos y en cada una nos esperaba el guía.

Cada uno fue a buscar a su guía, para vestirse, subir a la jardinera y colocarse el calzado que estaba exactamente donde lo habíamos dejado. Y regresar a la ciudad.

En todo retorno, agradeces a los otros la gentileza por haberte ayudado en lo que más te ha costado hacer durante el recorrido. Agradeces haberlos cruzado en tu vida para vivir horas de disfrute. Y todos estos agradecimientos los hicimos mutuamente, mientras la jardinera nos batía en movimientos de lucha con la arena.

El penúltimo agradecimiento de mi parte fue hacia Teté, quien quiso que le enseñara algunas palabras en castellano y no nos perdió de vista en ningún momento, mientras vivíamos la aventura de entrar a los Lençóis Maranhenses. Y el último agradecimiento lo reservé para mi esposo, 2 treinta y uno, por haberse enamorado de la aventura vivida y por estar dispuesto a seguir el viaje trazado desde ese punto del mapa, perdido en uno de los lugares más bellos del mundo.

 

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