septiembre 2024

Lola loca, loca, loca

14-Lola loca, loca, loca-

María Ottaviano

La semana pasada, la impaciencia colmaba a las personas que esperaban en la cola de un banco en el Centro de la Ciudad de Córdoba.

Tanta gente junta, tanto enojo junto, tanta demora junta, eran imposibles de soportar.

De repente apareció una señora envuelta en déshabillé, calzando pantuflas, medias caídas, despeinada y encorvada. Se dirigió hacia la caja sin mirar a los que esperaban ser tenidos en cuenta y el cajero la atendió.

Las personas se quejaron y reclamaron el proceder del empleado:

—¡Ey!  todos los que somos y…

—Tranquilícense. Sucede que ella fue maestra.

Entre la bronca surgió la risa. Parecía una broma con la que había querido dispensarse el empleado. Toda una injustificación y hasta un chiste de mal gusto.

—De verdad. Ella fue maestra en mi escuela. Una gran maestra. Y de haber sido escultora, hoy andaría llorando por sus Nereidas.

Con esto último la gente casi comprendió. Valía la pena escuchar la historia que el empleado tenía para contar.

Sucedió que la maestra Lola Benavídez fue una mujer muy dedicada a su trabajo. Tuvo la suerte de realizar una de las tareas más abnegadas: enseñar. Así lo había dicho siempre ella misma.

Desde los primeros movimientos de las manos de sus alumnos para trazar rayas en el papel, estuvo al lado de ellos. Siempre llegaba temprano a la escuela, no faltaba. Constantemente recorría el aula durante la clase, atenta a lo que cada uno precisaba. Su mente estaba en el aula. Afuera y muy lejos de ella quedaba el afuera.

El blanco inmaculado del guardapolvo adornaba su vestir con detalle de paños bien allanados, tacos altos, medias de seda; indisoluble rostro enmarcado por sus cabellos cuidados, el maquillaje delineado, los labios evidentes, los aros delicados y el aroma a agua limpia por la que recién había pasado. Así iba Lola a la escuela. Así iban todas las maestras, buscando que las cien palabras que los niños sabían en marzo, fuesen doscientas a fin de año.

Todo lo que ella hacía significaba trabajo. Su femineidad lo era. Representaba la combinación perfecta de inteligencia, dedicación y belleza. Pero en el entorno fueron ganando las no ganas, la pérdida de palabras, los cabellos manchados, las ropas desalineadas, el aliento furioso y una inmensa tristeza.

Lola se resistía. Ni un botón flojo asomaba en ella. Era maestra, de esas que hacía aflojar las mandíbulas por amor.

Increíblemente, los espacios después de los cuerpos también fueron decayendo porque a la dejadez personal le siguieron los abandonos de los lugares. Ya no más las veredas limpias, las flores en los jardines, las coqueterías en los frentes. Ya no más esas perfecciones constantes jugando a hacer contrastes. Todo fue tornándose gris. Y Lola no amaba el gris, al menos no esos grises de tristeza impuesta que sólo hacen morir a quienes viven en él.

Además, Lola siempre había entendido que la palabra es un hecho creador maravilloso. Y, ante la pérdida de la habilidad para manejar las palabas con la nueva comunicación se cansó de tratar de hacer comprender que, cuantas más escuchas, más se puede entender al otro y lo que dices también.

Fue demasiado para Lola. La locura entró sin llamar en un alma que guardaba un juicio que sólo conocía de armonías.

Demasiado para Lola. Tener que hablar con tan sólo cincuenta palabras para que la comprendieran, era un descaro para quien siempre había procurado desde sus entrañas que los demás emergieran por sí solos de sí mismos.

De pronto fue tarde para Lola. La angustia la volvió loca, loca, loca.

Facebook
Twitter
Reddit
WhatsApp
Telegram