mayo 2025

Los recuerdos sí abrazan

29-Los recuerdos si abrazan

María Ottaviano

Rosa llora hasta el cansancio, todos los días. Es que su trabajo le duele. Le lastima el alma. Es tanto el dolor, que se ha enfermado. Estas son las palabras de Nidia, una amiga que tenemos en común con Rosa, que decía estar preocupada por ella mientras tomábamos un café.

Rosa siempre quiso trabajar en un banco. Eligió ese trabajo. Luchó para conseguirlo. Una vez que lo obtuvo, comenzó a desandar el camino. Y contaba que se daba cuenta de que no era ella sola quien se sentía tan mal en ese “ecosistema”.

¿Las razones? Competencias absurdas; falta de colaboración; nada de ganas de trabajar.

Inevitablemente, ante los sinsabores de Rosa, me miré e hice la comparación conmigo misma: mi último trabajo en relación de dependencia también me enfermó… En ese momento, sentía que el individualismo, la falta de empatía y el destrato, de parte de mi superior inmediato, estaban dirigidos solamente hacia mí. Pero luego fui sabiendo de tantos otros, quienes también sufrían o habían sufrido como yo…

Entonces, al advertir el malestar de Rosa y mi malestar, me di cuenta de que las relaciones humanas, en el trabajo, cambiaron a través de los años.

Haciendo una retrospección, mis lugares de trabajo son más entrañables al recordarlos hoy, con un catalejo imaginario, hacia atrás en el tiempo.

Desconozco las razones de tanto cambio. Solo puedo recordar y mi tarea es narrar.

Mi primer empleo formal lo obtuve a los dieciocho años. Recién salida de la escuela. Y ya conté las vicisitudes vividas allí, con la tecnología, en otro de nuestros encuentros literarios.

Trabajaba de lunes a viernes, desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde. Previo a entrar al trabajo, ya había salido a correr con una compañera de la oficina. Y, después de la ducha y del desayuno, partía hacia mi rutina diaria. Luego, salía del trabajo y me iba a estudiar.

Y lo que más quiero resaltar es que me sentía feliz. Se trataba de una fábrica de calzados. Comencé controlando cueros. A los dos meses, se produjo una vacante en la Administración y allí fui convocada. Crucé la puerta. No tenía idea de lo que había que hacer, pero me dediqué y fui aprendiendo.

Allí tuve por compañeras a tres chicas y dos chicos. Y lógico… estaba el jefe envuelto en su oficina de vidrio y, en otra, el genio de los diseños: un español, Alfonso Ramírez, muy entrado en años, que todos los días desayunaba con galletitas dulces y nos dejaba un paquete cerrado de bizcochos sobre la mesa de la cocina.

El jefe, Demetrio Bianco, dueño de la fábrica, me tenía tanta paciencia… En realidad, era paciente con todos mis compañeros.

Para nada hacía falta preguntar si alguien quería beber café porque, quien sentía el deseo, iba a la cocina, batía café para sí mismo y para cada uno de los que ahí estábamos.

Nadie se quejaba por la tarea encomendada. Al contrario. En el aire estaba el gusto por lo que hacíamos. Se trataba, para cada uno, de una “segunda familia”, a la que no se llegaba tarde para verla, a la que se la cuidaba y se la extrañaba cuando nos íbamos de vacaciones.

Hubo un año en que Alfonso Ramírez nos preguntó, a cada una, qué diseño de calzado nos gustaba más. Después ese modelo exclusivo, que cada una había elegido, lo hizo hacer y nos regaló para nuestros cumpleaños. Por su parte, Bianco, en un viaje a Nueva York, no quiso quedarse atrás, y nos trajo un llavero a cada integrante de la oficina, que decía New York.

Mis trabajos posteriores tuvieron el mismo tenor y “aroma a familia”. Cada vez aumentaban en número los compañeros, pero esto no hacía mella para que las relaciones entre nosotros se ampliaran y siguieran siendo hermosas.

Después se comenzó a percibir, en todas partes, un quiebre. El trabajo dejó de ser una “segunda familia”, para convertirse en un lugar al que había que tratar de llegar tarde e irse antes…

Por suerte, me tocó vivir un abanico de experiencias laborales. La mayoría de ellas fueron maravillosas para mí. Y es por esto que me cuesta relacionar al trabajo con la enfermedad, aun habiendo pasado por esa experiencia.

Rescato haber encontrado “amimanas” en cada lugar, incluso, en el que me hizo sufrir tanto. Rescato haber aprendido muchas cosas de cada persona con las que me encontré. Cada una de ellas, hoy, sigue formando parte de mi vida y las siento “cerca”, en cada paso que doy.

Y, por sobre todo, rescato, la añoranza de esos comienzos. Tal vez, es esa añoranza la que me hace atesorar los zapatos exclusivos de Ramírez, que uso en ocasiones importantes. Y, en cuanto al llavero, claro que lo tengo. Hace cuarenta y dos años que abraza las llaves de mi casa…

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