María Ottaviano
En uno de nuestros encuentros literarios, mencioné a la Generación Silenciosa, a la que pertenecen las personas nacidas entre las grandes guerras o un poco después.
La historia que hoy voy a contar es sobre una mujer de esa Generación.
En general, esas mujeres han sido y son feministas, sin conocer el significado de “feminismo”. Ellas decidían, decían y hacían.
Calculo que el 99 % de ellas contrajo matrimonio. Estaba de moda casarse, tener hijos y formar una familia.
Esas mujeres trabajaban a la par de sus maridos. Construían sus casas, ladrillo a ladrillo, ahorrando peso a peso. Entendían qué era un cimiento para hacer la vivienda, porque usaban la pala para cavarlos. Entendían cómo se rellenaban, ya que levantaban piedras, preparaban la mezcla y la echaban en ese hueco; siempre soñando con levantar su propio hogar.
Claro que después hacían las paredes, revocaban, pintaban… Era la manera de poder tener la “casa”. Pensar en contratar la mano de obra, les era inalcanzable.
Por supuesto que más de un marido habrá dicho: “La casa que hice”, mientras su mujer ardía de bronca y, al regresar a esta construcción, le habrá reprochado: “¿Así que hiciste la casa? Que quede claro, en este momento, que a la casa… ¡la hicimos!”. A decir verdad, allí los esposos se asustaban, porque eran señoras que sabían imponerse desde el lugar de mujer trabajadora y emprendedora.
Y es cierto también que ellas, muchas veces, decían cosas como “Mi marido decidió cambiar el auto. Vio uno que tiene diez años de uso, que está en muy buenas condiciones”. ¡Mentiras! Quienes habían tomado la decisión de comprar el auto habían sido de ellas, y quienes hacían las cuentas para pagarlo, también eran ellas.
Lo mismo sucedía con la compra de muebles, cambio de colchones, cambio de ventanas de más chicas a más grandes. Ellas decían y hacían. Y mientras más sumaban años de casados, más sumaban avances en el patrimonio: la construcción de otro dormitorio; la construcción del quincho para comer asado los domingos; la ampliación de la galería… Había que festejar las fiestas de fin de año, pudiendo mencionar esos logros.
Una de esas mujeres, así, fue Margarita (Mendoza, 1935), quien siendo muy joven se trasladó a Córdoba.
Trabajadora incansable. Estudió peluquería y la instaló en la cocina de su casa; años después, en el living. Se levantaba muy temprano, le cebaba mates a su marido, quien trabajaba en el reparto de pastas. Se peinaba bien, se maquillaba y salía a barrer la vereda. Llegaba una clienta y la atendía con devoción, para que siempre regresara.
Al trabajar en su casa, organizaba la comida, esperaba a sus hijos a que volvieran de la escuela o del trabajo. Y todo lo hacía cantando: “En un rincón del alma, donde tengo la pena, que me dejó tu adiós. En un rincón del alma, se aburre aquel poema, que nuestro amor creó…” (Alberto Cortez, 1976).
En el momento en que comenzó la guerra de Malvinas (1982), hubo una convocatoria a que mujeres de todo el país aprendiesen primeros auxilios, para ir a asistir a los soldados. Allí Margarita vio una veta. Aprendería a tomar la presión arterial; a realizar asistencia respiratoria boca a boca y mecánica; a curar heridas, y a colocar inyecciones. No llegó a ir a Malvinas, pero que puso inyecciones, ¡puso inyecciones!
A sus ochenta años, perdió a su compañero de toda la vida. Y ella se aferró a su familia y a su trabajo, aunque ya no necesitaba trabajar. Habían construido casa, departamento para alquilar, estaba jubilada y cobraba la pensión de su esposo. Había organizado de tal manera su vida, que no precisaba depender absolutamente de nadie. Ella salía con plata en el monedero y compraba lo que necesitaba. Pero no derrochaba. Y, si podía, generaba algún ingreso más. Tanto es así que, como vivía al frente de un hospital, en Córdoba, siempre había alguna persona que andaba preguntando por enfermeras que pusieran inyecciones:
—Disculpe, señora. ¿Conoce a alguien que coloque inyecciones? —le preguntó un hombre que pasaba por la vereda, justo cuando Margarita salía de su casa.
—Yo, señor. Si usted quiere, se la coloco —se ofreció Margarita.
—Sí, por favor. Pero no compré aún la jeringa.
—No se preocupe. Yo tengo. Venga. Pase.
Y lo hizo pasar dentro de la casa. Y, como si no fuera poco el riesgo que ya había tomado para “ganarse unos pesos”, lo hizo ingresar a su dormitorio y le indicó que se acostara boca abajo, en su cama matrimonial.
—Despréndase el pantalón, para ver su nalga. A ver… cuadrante superior externo… —y clavó la aguja—. Ya está. Espere que le vuelvo a poner un poco de alcohol y masajeo, para que el líquido se distribuya bien. Es muy buen antibiótico el que le indicaron. Esta noche se sentirá mucho mejor.
—Gracias, señora. Ni sentí el pinchazo. ¿Cuánto le debo?
Margarita le cobró la colocación de la inyección, más la jeringa, y el hombre se fue tranquilo.
Cuando las hijas se enteraron, se pusieron muy nerviosas:
—¡Mamá! A tus ochenta y cinco años, ¿cuál es la necesidad de hacer estas cosas? —preguntó una de ellas.
—¿Y si era un asaltante? —dijo la otra.
—¿Y si era alguien que se enamoraba de mí? ¡Ya lo tenía en la cama, ja, ja! —les respondió Margarita, sarcásticamente—. ¡Basta! ¿Se creen que soy una inútil? ¿Una tonta?
—No, mamá. Es el riesgo. Hay gente buena, pero también hay gente mala. ¡Hiciste entrar a la casa a un desconocido!
Pero Margarita no tenía en su mente una pizca de maldad. Para ella, todo el mundo era bueno.
Las hijas y los hijos, al igual que los nietos, la llevaban a pasear. Un día se le ocurrió, a una de sus hijas, comunicarse con la hija de una vieja amiga de su madre. Y le propuso llevar a Margarita a visitarla. Todos los preparativos: maquillaje, cabello, ropa, calzado. Llegó Margarita a la casa de su amiga. Las hijas de ambas se saludaron con mucho cariño, pero Margarita y su amiga se desconocieron. Ninguna de las dos lograba saber quién era la otra. A partir de allí, se encendió una luz de alerta respecto de su cabecita.
Transcurrieron los años. Todos la cuidaban, como a una muñeca de porcelana. A los noventa años, tenía una piel que cualquier mujer querría tener. Unas manos maravillosas. Una alegría que contagiaba. Pero su mente cada vez estaba más enredada.
Una mañana, le dijo a una de sus hijas:
—¡No sabes lo que pasó anoche! Vino tu padre, me dio su alianza y se fue.
Su hija la miró entrañablemente. No se puso a explicarle que era viuda desde hacía diez años…
A los pocos días, almorzó en la casa de otra hija, y también estaba uno de sus hijos varones. Los tres se rieron durante la comida. Margarita se levantó de la silla para ir a dormir la siesta. Se levantó, pero no pudo mover las piernas. Quedó parada, intentando mover sus pies. Y en segundos, así, de pie, murió (2025).
Fue una muerte muy digna, para quien siempre estuvo de pie ante la vida, y para quien honró a esa vida, dándole seis hijos, veinticinco nietos, treinta y tres bisnietos y dos tataranietos. Y todos ellos, con un plus: cantan maravillosamente bien.