María Ottaviano
—¡Mamááá! ¡¿Qué es esto?! —gritó Josefina, mientras miraba hacia afuera, por la ventana de la cocina—. ¡¿Qué es esto?!
—No te quise decir nada porque, si te consultaba, me ibas a decir que no —respondió su madre.
—¡Dora! ¡Dora! —exclamaba Josefina, a su madre, al mismo tiempo que no quitaba los ojos de la ventana—. ¡¿Cómo se lo explico a Vicente?!
Era sábado 12 de septiembre de 1970. Acababa de estacionar, frente a la puerta de la casa de Josefina y Vicente, que vivían en Rivera Indarte, pegado al límite de la ciudad de Córdoba, un rastrojero. En su parte trasera, traía muebles, cajas y un hombre joven. En la cabina, en cambio, estaban el conductor, un niño de seis años, una niña de tres años y una mujer que, en sus brazos, sostenía a una bebé de dos meses.
Los recién llegados eran Enzo, hermano más chico de Josefina, su esposa Mara y sus tres hijos.
—Mamá, ¿qué significa esto? —le dijo esta vez Josefina, en voz baja—. ¿Por qué están acá? Llegaste hace dos semanas de Tucumán, donde estabas viviendo con ellos. No me puedes decir que no sabes nada.
—Es que, si te lo decía, Vicente y tú no iban a querer.
—¿Qué cosa no íbamos a querer, mamá?
—Que el “nene” —así llamaba a su hijo, por ser el menor de seis— se viniera a vivir a Córdoba.
—Mamá, el “nene” es dueño de vivir donde quiera…
—Es que van a vivir en esta casa… pero cuando consiga trabajo alquilará una casa y se irá. ¡Y yo me iré con ellos así no molesto más! Porque, evidentemente, ¡mi presencia parece que no es grata en esta casa!
—¡Siempre manipulando!
Mientras Josefina y Dora discutían, se escuchó que golpeaban las manos desde la calle.
Josefina se armó de valor y salió afuera. Por detrás, salió Dora, quien caminó más rápido y llegó a la vereda, antes que Josefina, para abrazar a su hijo:
—¡Hijo querido! ¿Viajaron bien? Deben estar muy cansados. Los niños deben estar con hambre. ¡Vengan mis nietitos hermosos! ¡Hola, Mara! Todo un viaje con la bebé en brazos ¡Cuánto sacrificio! Pasen. ¡Nene! ¡Descarguen todo! Josefina y Vicente están contentos de tenerlos acá.
Los niños abrazaron las piernas de Josefina y le preguntaron si podía prepararles la leche con pan. Josefina contuvo las lágrimas. Una vez más, su madre había hecho la de las suyas. Pero esta vez había ido demasiado lejos.
Entraron a la cocina. Todos los muebles quedaron afuera.
—Mamá, por favor, haz la leche a los niños. En el cajón de la cocina, hay pan. Yo necesito hablar con Enzo.
Ella salió al patio con su hermano y, lejos de los oídos de los niños, de su madre y de su cuñada, le dijo:
—¿Qué nos estás haciendo? —Josefina rompió en lágrimas—. Apenas tenemos una cocinita, un baño y una sola habitación. Tengo tres hijos varones, quienes duermen en la casa de mi suegro, aquí al frente, y mis dos hijas mujeres, en la casa de mi cuñada, a dos cuadras de aquí. La familia de Vicente nos está ayudando. Vicente y yo trabajamos en todo lo que podemos, y más aún. No paramos. Mis tres hijos varones están en la escuela secundaria. Cursan de noche, porque de día trabajan en una fábrica. Encima, con Vicente, estamos durmiendo en el piso de la cocina, ya que le cedimos la cama a mamá, quien, cuando llegó —¡también de sorpresa! —dijo que sería por tres días y partiría a Buenos Aires, pero no se fue más.
—¿Cómo? ¿Mamá no te dijo que yo me mudaba a Córdoba con la familia? Esta viejita es incorregible —respondió Enzo, riendo.
—Por mí, te puedes mudar al infierno, si quieres.
En ese momento, Mara salió afuera, con la bebé en brazos:
—Josefina, lamento esta situación. En verdad, su madre nos dijo que se había carteado con usted, explicándole la urgencia que teníamos de venir a Córdoba. Mariet, esta hija que tengo en mis brazos, ha sido desahuciada por los médicos de Tucumán —dijo Mara, sin llorar y con firmeza—. Tiene salmonelosis. La única esperanza es que la vean en el Hospital de Niños de Córdoba. Nos dijeron que aquí están los mejores médicos y es gratuito. Nosotros no tenemos ni un peso.
A esas alturas, Josefina ya no tenía argumentos para pedirles que se las arreglaran solos. Al contrario, actuó con ímpetu y, literalmente, salió a buscar ayuda. Habló con sus cuñadas, con su suegro y con el médico del dispensario del barrio:
—Señora Josefina, si la bebé tiene salmonelosis como me dice, ya mismo debe ser internada —dijo el doctor Contreras, jefe médico del dispensario—. Lo que puedo hacer es llevar al Hospital, en mi auto, a los padres con la bebé, y solicitar en la guardia que le hagan un chequeo.
—Sí, Doctor. Le estaré eternamente agradecida.
Inmediatamente, Josefina regresó a su casa y organizó todo para que su hermano, su cuñada y su bebé fueran al dispensario, en primer lugar, para luego ir al Hospital.
Lo más importante, ya estaba encaminado. Ahora le quedaba resolver todo el resto.
Una de sus cuñadas, Aída, se acercó a la casa de Josefina durante la siesta:
—Josefina, hemos hablado los miembros de la familia y pensamos que sería bueno que tu hermano alquile la casita de acá a la vuelta.
—¿Con qué? No tienen ni un centavo y….
—Tranquilízate —dijo Aída—. Es un ranchito, muy barato, sin embargo, tiene baño adentro y agua corriente. Entre estar en un lugar así y estar en tu casa, es mejor lo primero. Ustedes, con Vicente y los chicos, trabajan y luchan. Sabemos que tu hermano y tu mamá no actuaron bien. Pero lo cierto es que, si confirman el diagnóstico, hay una bebé que lucha por su vida. Deja pasar todo lo mal hecho por los mayores y piensa en la niña.
De este modo, Aída se ocupó de la vivienda. Y ella, con sus hijos más chicos, llevaron los muebles de Enzo. De paso, llevó a Dora con los niños, también:
—Dora —le dijo Aída, mirándola fijamente a los ojos—, vamos. La acompañaré a la casa donde vivirá con su hijo. Él y su nuera necesitarán que cuide de los otros dos niños. Sé que es muy buena abuela…
—¿Sin televisión? —dijo tímidamente Dora—. A mí me gusta ver la novela…
—¿No le parece que ya usted es toda una novela? Vamos.
Y Dora partió con su valija, escoba y trapo de piso, para poner en condiciones la casita.
Cuando Vicente y sus hijos regresaron del trabajo, a la tarde, parecía que nada había sucedido. Es más, la abuela, “la suegra”, ya no estaba. Y eso trajo alivio.
Los hijos pusieron a calentar agua en la cocina: la pava para el mate y las ollas para bañarse. Más tarde, partirían hacia la escuela.
Vicente notó que su hija más chica, de siete años, no estaba:
—Cecilia está con mamá y sus primos, jugando. Te cuento lo que ha sucedido hoy…
Luego de hablar Josefina con su esposo, a Vicente, le salió del alma decir:
—Entiendo todo y has actuado muy bien. Veo que demasiadas personas se han involucrado, para bien, para ayudarnos, pero tu hermano tendrá que trabajar. Mara podrá estar en el Hospital con su hija. Tu mamá cuidará a los otros niños. Pero Enzo tendrá que encontrar una fuente de ingresos, porque no querré verme manteniendo a otra familia más. No lo permitiré.
Tras ese discurso determinado, Vicente partió a hablar con un abogado que vivía a cinco cuadras. Sabía que estaba buscando a una persona para hacer mantenimiento en el jardín y la caballeriza.
El abogado aceptó la propuesta. Y le pidió que Enzo comenzara a trabajar al día siguiente:
—Yo me levanto a las cinco de la mañana. Quiero que él venga todos los días a las seis.
Y Vicente habló muy claro a Enzo, cuando regresó del Hospital. Le hizo todas las recomendaciones y le escribió en un papel la logística familiar para que los niños estuviesen atendidos, y los mayores, trabajando y turnándose para ir al Hospital.
La triste noticia del final del día fue que, en el Hospital de Niños de Córdoba, también diagnosticaron a Mariet con salmonelosis, y no dieron esperanzas de que viviera.
La angustia invadió a todos. Mariet permanecía en terapia intensiva. Josefina, cada vez, iba más seguido a verla. Llevaba a Cecilia, para no dejarla al cuidado de su madre.
Pasaron dos meses. Y Josefina estuvo presente el día en que los médicos decidieron quitarle a la bebé el apoyo mecánico. Ya no había más nada que hacer.
En ese momento extremo de dolor, Josefina habló sin emitir palabras sonoras. Le rogó a la Virgen de Lourdes que, si le permitía vivir a Mariet, ella se la llevaría de rodillas a su altar.
Cecilia, quien me contó esta historia, dice que no sabe si fue una cuestión de fe, si la Virgen intercedió, o si los médicos hicieron tan bien las cosas que, incluso, a último momento se equivocaron. Lo cierto es que Mariet comenzó a balbucear, a mover las manitos y las piernitas.
Inmediatamente, los médicos y las enfermeras vieron que había actividad neurológica, por lo que activaron nuevamente los protocolos. Mariet siguió viviendo.
El llanto de su madre y Josefina fue inconmensurable. Se abrazaron sin soltarse:
—¿Será solo por un momento? —dijo Mara—. Quiero a mi hija bien, por siempre.
—Vivirá para siempre —respondió Josefina—. Y cuando salga del Hospital, me la darás para llevársela a la Virgen de Lourdes.
Mara no entendió nada. Pero tampoco se negó.
Y llegó el día en que le dieron el alta. Mariet ya tenía cuatro meses y medio. Desde el Hospital partió Vicente, en su rastrojero, llevando a Josefina con Mariet en brazos, y a Cecilia, hacia la Gruta de la Virgen de Lourdes, en Alta Gracia, una localidad de la provincia de Córdoba.
El camino para llegar, desde el portón de ingreso hasta el altar de la Virgen, me contó Cecilia, le pareció larguísimo.
En esa entrada, Josefina se arrodilló, Vicente le colocó a Mariet en sus brazos y se fue al rastrojero. No podía soportar lo que estaba haciendo su mujer. Sin embargo, Cecilia se quedó junto a su madre. Por momentos, avanzaba caminando; por otros, lo hacía arrodillada, tratando de imitar a Josefina.
—Cecilia, trae esa rama con hojas que está ahí. Por favor, haz de cuenta que es una escoba y barre las piedritas y arena que están delante de mí, así no me lastiman las rodillas.
Josefina demoró unas dos horas para llegar al altar, levantarse y elevar a Mariet, con sus brazos, en señal de entrega a la Virgen.
Cecilia me explicó, que jamás podría olvidar esa imagen y que para ella fue entender lo que es la fe.
En el tramo de regreso al portón de ingreso, Josefina caminó con algo de dificultad llevando a la niña en sus brazos. Vicente ya había salido a su encuentro. Al acercarse, acarició la cabeza de Josefina y la tomó de la cintura en señal de sostén. Vicente miraba hacia adelante y se tragaba la emoción.
Regresaron a Córdoba. En el camino, varias veces Vicente necesitó detenerse para agregarle agua al radiador del rastrojero. Incluso, sacó algunas botellas de agua de las grutitas de la Difunta Correa que estaban a cada tanto al costado de la ruta.
Antes de llegar a su casa, pasaron a entregarle a Mariet a su madre, quien la tomó en sus brazos y, sin mediar palabras, entró a la casa.
Vicente y Josefina se acostaron a descansar y durmieron hasta el día siguiente. Sus almas estaban en paz.
A primera hora de la mañana, Aída esperaba en la puerta a que se levantaran. Cuando sintió movimientos, llamó para pasar:
—¿Qué hicieron esos desgraciados? —preguntó Vicente, quien estaba quitándose las lagañas de los ojos.
—Se fueron a las dos de la mañana. Vino un camión, subieron los muebles, los niños y también a tu suegra. Dejaron vacía la casa y la puerta abierta…
—Y deudas. Seguro que también deudas —respondió Vicente—. A trabajar fue pocos días. Ya no sabía cómo pedirle disculpas al abogado.
Así fue. Vicente, Josefina y sus hijos, durante un largo tiempo, pagaron deudas que habían dejado aquellas personas de su familia, a quienes habían ayudado tanto. Fue algo así, explicó Cecilia, como si lo vivido con su hija Mariet no los hubiese movilizado, internamente, en absoluto.
Nunca más los vieron. Y seguro que Mariet jamás en su vida habrá sabido de esos tíos y de tanta gente de ese lugar que estuvo dispuesta a tender una mano, y mucho menos de aquel día mágico en que fue cargada en brazos por su tía, mientras caminaba arrodillada hacia el altar de la Virgen de Lourdes, en señal de agradecimiento.