febrero 2025

Membrillos: 1 Internet: 0

Membrillos 1

Internet me da vuelta la vida ¿A quién no?

Es domingo, 10:30 horas. Hace más de dos horas que intento enviar mi texto para mi sitio web, pero no puedo ¿Por qué? Porque no hay Internet.

Llamé a la empresa para realizar el reclamo y me respondieron que en mi ubicación no hay antena ¡¿Cómo que no hay antena si estamos en pleno siglo XXI?!

Me encuentro en un pueblo de la precordillera, cercado por las cadenas montañosas del Ancasti y el Ambato, por encima de los mil metros sobre el nivel del mar.

El clima es similar a los desérticos, a pesar de que la zona tiene una vegetación muy frondosa: algo de calor durante el día y frío a la noche. Serpentean cuatro ríos de aguas cristalinas provenientes de deshielos y vertientes: Ambato, Los Nogales, Las Juntas, y el cuarto está a la espera de tener nombre, que algún día le darán sus sufridos y humildes habitantes.

Se trata de un lugar en donde se escuchan los sonidos del silencio; el canto de un grillo lejano; el viento en el alambrado; el trino de chingolos, zorzales, benteveos, pájaros carpinteros, palomas, horneros y loras, que cortan bellotas de las copas de los árboles y dejan caer encima de quienes pasan.

En medio de tan magnífico paisaje, no disponer de Internet me hizo sentir muy enojada, por no poder hacer lo que tenía previsto. Luego pensé en mi mantra: “Todo lo que sucede, conviene”, y así quité mi mirada de la computadora para dirigirla hacia mi esposo quien, justo, estaba sentado a la mesa, frente a mí.

Envuelta en mi objetivo, para nada había reparado en su quehacer: cortar membrillos. Ah, perdón, había olvidado comentar que aquí hay árboles de membrillos por doquier. ¿El secreto? La acidez de esta fruta hace que las loras no se acerquen a sus árboles. Tampoco se acercan a los frutos de los nogales, porque los sienten amargos y con fuerte sabor a yodo. Es decir, los membrillos y las nueces pueden ser cosechados sin pasar nervios ocasionados por las hermosas loras.

Volviendo a mi escena hogareña, mi esposo medita haciendo jalea y dulce de membrillo. Lo hace, como él dice, por satisfacción.

Admiro la paciencia con la que los selecciona y quita de los árboles. Luego los limpia uno por uno, para después cortarlos y separar los centros en donde se encuentran las semillas, que son las que aportan la pectina, al igual que la cáscara. Estas coagulan, espesan el líquido y producen la jalea. Tras separarla, con las partes carnosas, produce el dulce de membrillo.

Logra entre cuarenta y cincuenta kilos de dulce, y un equivalente a la cuarta parte de jalea. A ambos luego los reparte entre familiares y amigos, quienes cada año esperan ser tenidos en cuenta.

Lo observo y me doy cuenta que, lo que hace, y por pura satisfacción, es sanador. Porque al retornar a la ciudad, dentro de un mes, visitará a cada ser que tiene en cuenta, para regalarle un pedazo de su esmero y dedicación.

Estoy terminando este texto. Hemos pasado el día sin Internet. Mi esposo casi no lo advirtió, hizo caso omiso a la cuestión.

Se hizo de noche. Me invitó a sentarnos en la galería con la luz apagada. Me esperó con una barrita de chocolate en su mano. Pasó su brazo por sobre mi hombro y me dijo que mirara tranquila hacia la montaña de enfrente, allí donde estaba la quebrada de La Puerta. De repente, comenzó a iluminarse detrás de esa inmensidad. El resplandor fue creciendo y creciendo, hasta que la luna se hizo presente de manera imponente, con un toque exquisito más arriba, ya que por allí andaba merodeando el planeta rojo.

¿Internet? No tengo idea a qué hora volvió.

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