2 treinta y uno
Hablar de unos días de descanso entre los cerros catamarqueños, de la cadena del Ambato (precordillera andina), más puntualmente en la villa veraniega El Rodeo, a 1200 metros sobre el nivel del mar, es remontarme a mi niñez, ya que en ella he pasado muchos veranos, desde mis 6 años de edad.
Viví en ella momentos inolvidables, desde sus comienzos sin luz eléctrica, ni agua de red.
Son muchas las historias que podría contar, pero hay una en especial que me gustaría seguir relatando y es la excursión a la naciente de los ríos, ya sea el río Ambato o el río Los Nogales, en busca de pescar los mejores ejemplares de trucha, un salmónido de agua dulce, que justamente se aloja en las partes más altas del nacimiento de estos cursos de agua. Y en ese lugar en particular, está la variedad de trucha Arco Iris, que es sembrada por las autoridades de la Provincia, y a la cual se protege de la depredación.
Cuando iba a pescarlas, debíamos dirigirnos hasta la naciente de los ríos, en busca de piezas mayores a 600 gramos, ya que, de ser menores, se las debía devolver al río.
Es muy importante comprender que la trucha tiene una característica muy definida y es que, para su desarrollo y reproducción, necesita nadar en contra de la corriente del agua, si es necesario, para lograr permanecer en la naciente del río y poder desovar.
Para llegar a esos puntos tan alejados, lo debíamos hacer junto a un baqueano que conociera cómo hacerlo, ya que se iba por caminos entre la montaña que solo ellos veían y conocían entre pastizales. Y, para ello, uno que realmente era de los mejores, sin dudas, era don Román de Jesús Olmos, padre de Gregorio de Jesús Olmos (Goyo), de quien escribió María Ottaviano: “Goyo: “El estudio limita el ingenio”. Y a quien nosotros lo llamábamos simplemente “don Olmos”. Entre tantas cosas, a don Olmos le gustaba pescar. Muchas veces, lo hacía en soledad. Pero realmente disfrutaba estar acompañado junto a un grupito de jóvenes que deseábamos llegar a esos lugares. Por ello, cada verano, corríamos a comunicarnos con él para organizar la aventura. Éramos tres: mi hermano menor, Jorge; mi primo, Juan Pablo, y yo.
Generalmente, se partía de noche, alrededor de las 5 de la mañana, rogando que el tiempo nos acompañara. Preparábamos los elementos de pesca. Se trataba de cañas, anzuelos diversos, con cucharita, con mosca, o simplemente carnadas como langostas o gusanos. Nunca lombrices porque, como nos decía don Olmos: “Un verdadero pescador de trucha, no la debe utilizar, porque resulta una falta deportiva”. Pescar con lombrices, a la trucha, resultaba muy fácil. Además, como dije, debíamos llevar varios anzuelos y de distintos tipos, porque la trucha, con sus dientes, nos cortaba la línea y perdíamos el anzuelo.
Llegado el día, no podíamos dormir esperando que se hicieran las 5 de la mañana, para partir con la caña en mano y todo lo necesario, más unas barritas de chocolate en los bolsillos, ropa cómoda y calzado muy confortable, porque la caminata podía ser hasta de 4 horas. Un café fuerte antes de salir de casa, linterna en mano rumbo a la casa de don Olmos, que vivía a orillas del río Los Nogales, quien ya nos estaba esperando con una bolsita colgada al cuello, en la cual no sabíamos qué llevaba, y una pequeña cañita de pescar. Pero lo más importante, una gran alegría por la aventura, algo que nos transmitía a todos.
Partíamos desde la parte posterior de su casa, caminando río arriba, alumbrándonos con las linternas. Íbamos por una senda imaginaria entre pastizales que solo don Olmos veía, y teniendo como techo un cielo límpido, tapizado de estrellas que, con su resplandor, tornaba de una tenue luz celeste todo el ambiente de nuestro entorno.
Después de quince minutos, aproximadamente, empezábamos a ver cómo las luces del pueblo comenzaban a alejarse hasta desaparecer. Mientras caminábamos sin parar, siempre subiendo la empinada montaña, una vez que llegábamos a la cima, bajábamos unos metros para comenzar a subir una segunda montaña. Al río, lo veíamos cada vez más abajo, pero todo no concluía ahí, porque había una tercera montaña que trepábamos mientras amanecía. En la cima, don Olmos nos señalaba que allí abajo estaba el río y que hasta él debíamos descender por una escarpada pendiente, pero que don Olmos lo hacía con una agilidad incomparable, a pesar de sus años. Nosotros lo lográbamos hacer sosteniéndonos de los pastos o ramas, por temor a desbarrancarnos. De esto pueden deducir, que quien llegaba primero a la orilla del río, era don Olmos, quien con una sonrisa nos decía: “Descansen muchachos, para pescar hay tiempo”.
Encendía el fuego con unas ramas secas, hacía un pequeño fogón con unas piedras y sacaba de su bolsita una lata de conservas vacía, impecable, a la que le ponía agua cristalina del río y la colocaba sobre las brasas del fogón a calentar. En otra latita más pequeña, tenía yerba y en otra, azúcar. Colaba el mate cocido, que es una infusión hecha de yerba mate con agua hervida, con un pequeño viejo colador, y nos servía en dos latas para compartir. Además, nos sorprendía con unos trozos de pan casero que también traía en esa pequeña bolsita. Allí, mientras tomábamos ese mate cocido que tenía un sabor muy especial, por el entorno en donde lo bebíamos, y atrapados por el ruido del río, don Olmos nos contaba que ese era el lugar al que muchas veces iba solo y nos marcaba una especie de cueva, debajo de una inmensa piedra, que usaba como refugio para guarecerse cuando era sorprendido por una tormenta. Realmente, nos encontrábamos en un lugar soñado.
Luego, don Olmos nos decía: “Bueno, muchachos, a divertirse. Vayan a pescar río arriba. Yo lavo estas cositas y me voy a pescar río abajo. Calculemos unas tres horas. Nos encontraremos en este mismo lugar”. Todo comenzaba a iluminarse con el sol que empezaba a desplegar sus rayos desde detrás de los cerros.
Preparábamos nuestras cosas y nos recordábamos entre los tres algunas cuestiones a tener en cuenta para la pesca de la trucha, sabiendo que era un pez muy curioso y muy escurridizo, que todo lo asustaba. Por ello, no debíamos hablar ni realizar ruidos. Nos limpiábamos las suelas de las zapatillas en los pastos, quitándoles la arena, ya que para avanzar debíamos saltar de piedra en piedra, y el ruido del roce de la arena de las zapatillas, sobre las superficies de las piedras, era suficiente para que la trucha que pudiera estar en el pozo del río, ni se asomara, aclarando que los pozos del río, a esa altura de su naciente, tenían hasta más de 2 metros de profundidad. El agua era cristalina y transparente, por lo que se podía ver a las truchas en el fondo, pero tratando que ellas no nos vieran. Para ello teníamos que tener en cuenta al sol y hacia dónde se proyectaba nuestra sombra. Si esta daba en el pozo donde íbamos a tratar de pescar la trucha, ella no mordería el anzuelo. También debíamos acordarnos que, si nuestra carnada era un gusano o langosta, debíamos dejar que el río arrastrase al anzuelo y lo dejara caer en el pozo. Si lo hacíamos con cucharita o mosca, el anzuelo tenía que llegar al pozo, mientras lo tirábamos nosotros de tal manera, que entrara flotando, ya que, si había una trucha, esta salía del agua con su propio impulso, para tomarlo y caer nuevamente al pozo. Realmente, un espectáculo, hasta que lográbamos sacarla sin que nos cortara la línea. Eso sí, teníamos que ser conscientes que del pozo que conseguíamos pescar una trucha, y que en él existían otras, estas no morderían el anzuelo. Por todo esto es que la pesca de la trucha nos sonaba apasionante y desafiante. Mucho más, sumado al paisaje, la soledad y el silencio, que transformaban a ese momento en algo mágico.
Entre los tres, lográbamos atrapar cinco truchas y regresábamos a encontrarnos con don Olmos, quien aún no había regresado. Entonces, mientras lo esperábamos, realizábamos el rito de siempre: tirarnos desnudos al pozo que teníamos frente a nosotros. El agua era helada, pero sumamente reparadora. Cuando llegaba don Olmos, traía siete truchas él solo. La verdad, siempre nos ganaba y se reía de nosotros.
Poníamos todo en orden y regresábamos con otro paisaje distinto: el del atardecer.
Anocheciendo, y ya en la casa de don Olmos, hacíamos siempre lo mismo: juntábamos todas las truchas, en este caso, doce. Don Olmos las llevaba a su señora, doña María Tomaza. Ella elegía tres para su familia, y las restantes nos las daba a nosotros.
Regresábamos a nuestras casas, cansados, con las truchas enganchadas en un palo, como trofeos, y felices por haber vivido una experiencia alucinante que, por más que había sido vivida muchas veces antes, siempre tenía algo de enigmática.