María Ottaviano
Se me dio vuelta la vida…
2024 comenzó siendo muy difícil para mí, debido a que en el trabajo de la escuela hacía tiempo que no me sentía cómoda.
Había terminado el 2023 con lágrimas, junto a mi compañera de oficina. Sentíamos impotencia por el maltrato que nos dispensaba nuestra jefa. Pensamos todas las estrategias posibles para generar un cambio y/o sobrellevar la pésima situación que atravesábamos, pero la puesta en práctica no nos demostraba lo que esperábamos.
Llegaron las fiestas de fin de año, el inicio del 2024, las vacaciones del mes de enero y parte del mes de febrero. Aun así, el malestar retumbaba en todo mi cuerpo.
En esas condiciones de fragilidad, recibí a mi “amimana” que vive en Paraguay. Carito vino para estar cuatro días, realizar trámites y regresar a su país. Sin embargo, contra todos sus planes, precisó quedarse casi un mes.
Días antes de irse, conversamos mucho, incluso me atrevo a decir que más tiempo de lo que lo habíamos hablado todos los días anteriores. Nos dimos cuenta de que la mutua compañía había morigerado las diferentes angustias que cada una estaba viviendo.
Carito me dijo que mi apoyo de amiga-hermana le había ayudado a dilucidar soluciones. En realidad, mi ayuda solo consistió en darle el teléfono de una excelente abogada. Lo demás, corrió por cuenta de sus buenas decisiones.
Con relación a mí, el día de su llegada, pensé cuánto me costaría estar con otra persona en mi departamento, ya que hacía tiempo que compartía la vida solo conmigo misma, y me sentía muy bien y tranquila así. Sin embargo, mis temores se desvanecieron, sin darme cuenta, porque rápidamente toda mi voluntad se amoldó a compartir las cenas, algunas salidas a las sierras de Córdoba y al hecho, en sí, de compartir.
Creo, profundamente, que lo que sucede, conviene. Pasa que nos cuesta darle chances a lo que la vida nos presenta.
Lloré mucho la mañana en que acompañé a Carito para que emprendiera su viaje de regreso a Paraguay. Por primera vez, en tantos años, sentí que no era tan complicado que otra persona diera vuelta la toalla en la toilette, o colocara el papel higiénico al revés de cómo lo acostumbraba a hacer yo, o pusiera la mesa con ambos cubiertos del mismo lado del plato, y tantos otros detalles zonzos más.
La cuestión fue que, a mediados de febrero, cuando terminaron las vacaciones, retorné al trabajo, con la diferencia de que fue como volver al infierno.
Cada día era una nueva locura la que sesgaba a la jefa. La única satisfacción que me daba a mí misma era que no me exaltaba, y eso a ella la ponía mal. Mi nivel de respuesta siempre era sencillo, sutil, educado y justo. Eso la enroscaba en su sillón. Y cuando veía que tambaleaba en sus palabras, simplemente me retiraba sin que ella me dijera que podía irme… porque para todo había que pedirle permiso.
No obstante, la pequeña satisfacción diaria no alcanzaba para remediar lo que vivía.
Poco a poco, me enfermé. Y fue, a tal punto, que ya me costaba caminar.
Claro que fui al médico. Tomé calmantes hasta con la sopa. Pero la raíz del problema no estaba siendo atendida. Con esto de que, según la parte del cuerpo que duele hay que ver a determinado doctor, vi al especialista en cadera, al especialista en muslo, al especialista en rodilla, al especialista en pierna y, finalmente, al especialista en pie. Ninguno me ayudó a calmar los tremendos dolores.
Después de dos meses de caminar, ayudada por un bastón, mi sobrina –quien es muy resolutiva– me sugirió que pidiera turno con el médico que siempre había atendido a toda mi familia: madre, padre, hermanos, cuñadas, primas, primos. Es decir, el galeno médico de todo mi árbol genealógico.
Sin dudarlo más, lo hice. Aunque, ya con el turno asignado, eso implicó ir a otra ciudad. Si hubiese comenzado por ahí… ¡De cuántas inyecciones se habrían salvado mis nalgas!
Fue muy lindo volver a ver a mi médico y, al mismo tiempo, fue impactante. Había quedado viudo hacía muy poco tiempo. La tristeza lo envolvía. Aun así, era el médico: el que te ausculta; el que te observa la punta de tu nariz, apenas ingresas al consultorio y ya intuye qué te sucede; el que te examina con tranquilidad; el que te contempla; el que te pregunta cosas casi sin sentido para una, pero que para él son sus estrategias para deducir qué te está pasando en el cuerpo y en el alma.
Hice todo lo que me indicó. A los pocos días, comencé a sentirme mejor y dejé el bastón sin comprender aún que, más que mi carne, mis huesos, mi piel y cada rincón de mi cuerpo, era mi tristeza la que inmovilizaba mis piernas.
Comencé a hacerme cargo de esa emoción y así logré que la máxima autoridad de la escuela atendiera mi caso; automáticamente me brindó la solución: justo le hacía falta una persona con mi perfil, para que trabajara en otro turno, no coincidente con el de mi jefa.
Por supuesto que regresé a realizar un control con mi médico. Ya eran los primeros días de mayo. Allí acordamos que no regresaría a su consultorio nunca más, porque él cenaría en mi departamento.
Durante los meses de enero y febrero, las vicisitudes de la vida me habían entrenado para compartir el espacio, el tiempo, la comida, y todo mi entorno. Ahora tenía un trecho que recorrer para descubrir que se me estaba dando vuelta la vida.
En pocos meses, tomamos la decisión de casarnos en diciembre. Nos necesitábamos, nos amábamos, nos extrañábamos las doce horas que no estábamos juntos, y nos estábamos cansando de vivir en dos ciudades distintas.
Hoy, miro hacia atrás y sé que fue avasallante todo lo que vivimos para acomodar nuestras vidas y juntarlas. Pero, como todo fluyó, nuestra unión fue para alegría nuestra y de todos nuestros seres queridos, quienes nos acompañaron de manera entrañable.
Solo puedo agradecer lo que la vida me preparó, porque me estaba entrenando para un cambio, para mi bien.
Solo puedo agradecer –como lo referí hace un momento– que mi amiga Carito haya estado durante el verano en mi departamento.
Solo me resta agradecerle a mi exjefa todo el maltrato recibido, porque de no haberlo sufrido, no habría ido al consultorio de quien ahora es mi esposo. En verdad, estoy pensando que debo ir a la escuela para darle un beso con un gran abrazo y decirle que siga comportándose mal, así logra despertar almas dormidas que precisan que se les dé vuelta la vida.