2 treinta y uno
Uno de los desafíos que más inquietaron al hombre fue el de poder volar. Desde épocas inmemoriales, muchos fueron los intentos con resultados, algunas veces, luctuosos.
Fue en 1804 que Sir George Cayley (Scarborough, 1773; Brompton, 1857) construyó el primer planeador que logró volar. Por 1890, se mejoró la estructura del planeador: pasó a ser un avión construido con madera balsa y tela, y que se mantenía en el aire por las corrientes que este formaba –como sucede con el barrilete–, pero que carecía de toda instrumentación, logrando sus desplazamientos en el aire con los movimientos que el aviador realizaba. Con él, Otto Lilienthal (Anklam,1848; Berlín, 1896) apareció en la historia, quien fue llamado “El hombre pájaro” y quien, con este planeador realizó, entre los años 1891 y 1896, casi 2000 vuelos, no sin antes modificarlo varias veces. En 1896, Octave Chanute (París, 1832; Chicago, 1910) perfeccionó la fase aerodinámica de los planeadores.
Más adelante, los hermanos de apellido Wright, Orville (Ohio, 1871-1948) y Wilbur (Indiana, 1867; Ohio, 1912), en 1902, estudiaron y perfeccionaron el planeador con movilidad en las alas e instrumental necesario para lograr vuelos más largos y controlados, añadiéndole también algún que otro instrumental, como el variómetro (velocidad vertical) para controlar el ascenso; el anemómetro (controlador de la velocidad); el altímetro (para saber la altura de la navegación) y, en algunos, la brújula. Con el tiempo, fueron sofisticándose, pasando a utilizarse fibra de vidrio, y otros materiales más livianos y resistentes.
¿A qué viene esta introducción? Pues, a que uno de mis sueños no logrados, fue el de llegar a ser piloto aéreo. Pero, si bien no pude ser piloto, sí pude volar, y una de mis experiencias más emocionantes fue hacerlo, por primera vez, en planeador.
Me gustaba ir al aeroclub, en donde estaba la pista del aeropuerto de mi provincia de Catamarca, rodeado de árboles y arbustos autóctonos, como espinillos, algarrobos, pichanillas y cardones. Allí, el Club de Planeadores, en 1958, contaba con dos planeadores: uno de una plaza, y otro de dos plazas. Un piloto adelante y otro atrás. Y ambos habitáculos, con sus respectivos instrumentales, palancas y pedales para mover los alerones de las alas y los de la cola del planeador. Este planeador se utilizaba como escuela, para formación de pilotos de planeadores.
Además de distraerme y disfrutar de ver volar a los planeadores, me apasionaba cómo lo llevaba un avión, tirándolo con un cable de acero enganchado desde su cola a la trompa del planeador. Levantaban vuelo juntos y, después de llegar a cierta altura, el planeador se soltaba y el avión descendía, dejándolo solo, como suspendido en el aire. Allí aparecían las destrezas de los pilotos que hacían vuelos rectos, bajaban en picada como tirabuzones, subían nuevamente y, hasta algunos, se animaban al famoso looping, o vuelta en círculo, quedando el piloto boca abajo.
En ese tiempo, se realizaban campeonatos regionales de planeadores, en donde todos trataban de hacer alguna pirueta más, sin motor, que era lo que aumentaba mi fascinación. Imaginaba un pájaro…
En el club, tenía un pariente lejano de mi familia, llamado Armando Marchetti, aviador, al que le decía “tío” y lo veía en el aeroclub todas las veces que iba, porque amaba a los planeadores. Siempre me invitaba a subir con él, cosa que no aceptaba, porque iba a darle un disgusto a mi madre, pues consideraba que el vuelo en planeador era muy peligroso, a lo que Armando Marchetti siempre respondía con una sonrisa, ya que sostenía que el planeador era más seguro que un avión, pues toda la energía que necesitaba era el aire, no dependiendo de ningún motor.
Un día, yo tendría unos doce años de edad, y encontrándome en el aeroclub, llegó Armando, me llamó y me dijo:
—Hola. Hoy es tu día.
Me sorprendió. Al preguntarle, cuál era la razón de la alegría de su invitación, me contestó:
—Hoy dispongo del planeador biplaza. Así que tendrás la oportunidad de volar conmigo. ¿Te animas?
Me temblaban las piernas, mientras sentía en mi pecho una mezcla de temor, alegría y ansiosa curiosidad, pero al momento me dije: Esta es mi oportunidad, y acepté.
Caminamos hasta el hangar donde estaba estacionado el planeador biplaza. El portón del hangar estaba abierto y el planeador estaba conectado a la cola de un avioncito, enganchado a su trompa con un cable de acero. De la punta de un ala, un ayudante lo mantenía en una posición vertical, ya que, como no poseía ruedas, sino en su parte inferior una especie de esquí de acero, que cumplía las funciones de tren de aterrizaje.
Me acercaron una “escalerita” móvil, que llegaba al habitáculo anterior, y allí mi tío me dijo:
—Sube.
—¿Quééé? ¿Yo? ¿Adelante?
—Sí —me contestó.
Debe haber visto mi cara de miedo, porque agregó:
—El que va a conducir soy yo, desde el habitáculo de atrás. Te hago subir adelante para que puedas vivir la experiencia, plenamente.
Me gustó la idea. Pero mi temor no se me fue del todo. Me pusieron bien ajustados tres cinturones: dos cruzados en mi pecho, y uno ajustando mis piernas al asiento. Mi tío me pasó unas antiparras especiales, para que me las colocase y para evitar que el aire me molestara la visión. Cuando todo estaba listo, mi tío me dijo:
—Vamos.
Y levantó el pulgar para el piloto del avión, quien lo puso en marcha y comenzó a desplazarnos por la pista, ante lo cual, quien tenía el ala, la soltó y el avión comenzó a levantar velocidad. El aire me pegaba cada vez más fuerte en la cara. En un momento dado, el avioncito comenzó a levantar vuelo y nos llevó junto a él, hacia el cielo. Cuando estuvimos a una altura que yo no sabría precisar, mi tío me gritó desde atrás:
—Aprieta fuerte el botón azul, que tienes delante de ti.
Con temor, pero con fuerza, lo hice. Y, ¡oh sorpresa!, se soltó el cable que nos unía al avioncito, y el avioncito comenzó a descender rápidamente, dejándonos solos, volando en silencio, mientras el aire nos pegaba en el rostro. Y, al rozar la tela con la que estaba construido el planeador, despertó un sonido tan especial que, para mí, fue una verdadera melodía. Nadie hablaba. Yo no dejaba de sorprenderme, suspendido en el aire, con el cielo celeste y algunas nubecitas como techo. Y cuando mi tío lo inclinaba hacia uno u otro lado, podía ver a mis pies la tierra con sus árboles autóctonos y sus cardones.
Dentro de mí, comencé a tenerle envidia a los pájaros, comparándolos con lo que yo estaba viviendo ante semejante experiencia.
A los veinte minutos, aproximadamente, sentí cómo mi tío empezaba el descenso, haciendo círculos hasta llegar a la pista y tocar sobre ella. Frenó, y bajó la velocidad hasta que se detuvo suavemente, inclinándose sobre un costado, apoyando la punta del ala en el suelo. Vinieron los ayudantes, pusieron vertical al planeador, nos colocaron la escalerita y descendimos. Yo estaba feliz. Y, tras agradecerle a mi tío la experiencia, me atreví a preguntarle por qué durante el vuelo no me había dirigido la palabra, a lo que me contestó, riéndose feliz y abrazándome:
—Solo quería que, por ser la primera vez, la vivieras en plenitud, disfrutando del aire, su sonido, y la libertad que se siente cuando estás solo, con el cielo, la tierra y tú.
Muchas veces más volé y pude hacer las acrobacias en un planeador, siempre con mi tío, pero nunca pudieron superar aquella primera vez, en la que mi tío no me habló, para que realmente pudiera sentir que estaba: Solo, el cielo, la tierra, el aire y Yo.