octubre 2025

Un abrazo de cemento

47-Un abrazo de cemento

María Ottaviano

Corría diciembre del año 1999. En todos los medios de comunicación, se hablaba sobre cómo preparaba, cada país, los festejos de fin de siglo. Pero casi nadie aclaraba que, la suma de dos mil años, para nada significaba pasar al siglo XXI. Excepto Elías, un joven ingeniero de 24 años, quien manifestaba, por todas partes, una total molestia por el asunto:

—Dos mil años significan veinte siglos —decía—. Cuando entremos en el año 2001, ¡ese “uno” significará estar en el siglo XXI! Porque 2000 años son 20 siglos, a los que se les suma un año, que vale por un siglo. ¡Es básico, de escuela primaria!

Elías, hasta el día de hoy, es un hombre perfeccionista. Todo lo hace autoexigiéndose. Pero, además, quiere que, lo que hace, se vea bello.

Tanto es así que, en el año 2002, Elías llevó, a la casa de sus padres, a la chica con la que salía desde hacía tres años: Inés. Una joven de 23 años, profesora de Inglés, recientemente recibida. Muy hermosa, de cabello largo, color negro azabache, ojos negros y labios finos. Delgada y alta. Solo diez centímetros la separaban en altura de Elías, quien, en ese momento, medía un metro y ochenta y cinco centímetros.

Elías tenía el cabello negro, también. De ojos pardos y un físico de gimnasio, al igual que Inés. En ellos no se veía ni un botón flojo, jamás.

El día que Elías presentó a su novia en la casa de sus padres dijo:

—Querida familia, ella es Inés. Mi novia desde hace un año y medio —y sin que se le moviera un músculo, continuó—. Dentro de dos meses, el 11 de marzo nos casaremos por Civil, y el 12, por Iglesia.

—¿Dónde vivirán?  —preguntó su padre, sin inmutarse.

—Inés alquila un departamento en el Centro de Córdoba. Allí nos quedaremos, hasta que la casa que estoy construyendo esté habitable —respondió Elías.

—¿Dónde estás construyendo? ¿Compraste un terreno? —preguntó su madre, muy feliz.

—Compré un terreno en Villa Belgrano, hace un año atrás. Al proyecto lo pensé y modifiqué en mi cabeza, varias veces. Pero ya tengo los planos finalizados —respondió Elías.

—Inés, supongo que has participado en ese proyecto, ¿no? —dijo la madre de Elías.

—No, señora. No he participado, y no porque no haya querido. Su hijo quiere sorprenderme —expresó Inés, muy convencida, y acercando su cabeza al hombro de Elías.

—Para el casamiento haremos una fiesta. El salón ya está contratado…

—Bueno, hijo. Supongo que tu madre y yo pagaremos la mitad de los gastos y los padres de Inés, la otra mitad…

—Ya está todo pago —interrumpió Elías a su padre—. Los padres de Inés viven en Italia. Sabrán de nuestro matrimonio, cuando ya estemos casados. De luna de miel, viajaremos a Europa y pasaremos a visitarlos.

—Inés, no quisiera entrometerme, pero… quiero que sepas que cuentas conmigo para tus preparativos —dijo la madre de Elías—. ¿A qué se dedican tus padres? —continuó.

—Mi madre es psicóloga. Y mi padre fue juez. Ambos ya están jubilados. Y cumplieron el deseo de ir a vivir a Italia. Mis hermanos se fueron primero —prosiguió Inés—. Me quedé en Córdoba para terminar la carrera. La idea era que, una vez recibida, me uniría a ellos. Pero conocí a Elías, y el amor… pudo más.

Inés fue muy bien recibida en la casa de sus suegros, a pesar de ellos ser poco demostrativos.

Finalmente, llegó el día del casamiento. Luego se fueron de luna de miel. Elías conoció a sus suegros, en Roma, con quienes compartió apenas un almuerzo, porque tanto él como Inés continuaron su viaje ese mismo día.

A los veinte días, regresaron a Córdoba. Elías retomó su trabajo e Inés empezó a realizar los trámites para entrar a trabajar como profesora en las escuelas y academias. Pero… al mes supo que estaba embarazada.

Elías le habló con mucho convencimiento para pedirle a su esposa que postergara la búsqueda de trabajo, para vivir a pleno y con tranquilidad la espera del bebé. Inés se convenció de la conveniencia. Se sumió en su maternidad, en comprar la ropita para su hijo varón, y en elegir el nombre. Estaba entre Ignacio, Ismael e Iván. Todos comenzados con “I”, al igual que su nombre.

Llegó el día del nacimiento. Un bebé precioso.

Elías lo tomó en sus brazos y dijo: “Te llamarás Elías Jacobo. Elías, como tu padre, y Jacobo, como mi padre y mi abuelo”.

A Inés le dolió la decisión de su esposo. Pero calló.  Al menos, le hubiese gustado que él hubiera dado su opinión durante los nueve meses de embarazo.

A los seis meses de haber nacido Elías Jacobo, Inés quedó embarazada de su segundo hijo, quien también fue varón, y quien también recibió su nombre por decisión de su padre: “Rafael Ulises. Rafael, por mi hermano, y Ulises, por mi abuelo materno”.

Con dos bebés, Inés estaba más que ocupada. Después de dos embarazos, llegó el momento de mudarse a la casa, que ya estaba finalizada, y a la que Inés aún no conocía:

—Inés, la casa está terminada. Hasta las rosas están crecidas y con pimpollos. Las planté, porque sé cuánto te gustan —le dijo Elías—. La semana próxima haremos la mudanza. Los niños tendrán jardín para andar. Cuando crezcan, podrán jugar a la pelota, correr, invitar a sus amiguitos. Te va a gustar vivir allí.

Inés lo escuchaba y se deslumbraba. Ya amaba lo que todavía no conocía.

—Y ya está instalada una empleada doméstica que me recomendó un amigo. Como él se va a vivir a Colombia, porque la empresa lo traslada, me la recomendó —le explicó Elías—. Quiero que no te dediques a las tareas domésticas, sino que estés atenta a nuestros hijos y a ti misma, para que siempre estés linda y descansada.

A Inés le pareció aceptable la decisión de su esposo y pensó que eso le daría tiempo, también, para comenzar a ejercer su profesión.

Se mudaron. La casa era muy amplia. Con tres dormitorios, tres baños, cocina grande e instalada con todos los detalles; living y comedor, muy espaciosos. Todo rodeado de una gran iluminación natural.

Luego de recorrer la casa, Inés salió a la calle, y volvió a ingresar a la casa diciéndose a sí misma que ya estaba en su propio hogar, con su familia.

En ese instante, de algún lugar, apareció una chica, más o menos de su misma edad, y se acercó:

—Buenos días, señora Inés. Mi nombre es Trinidad. Soy su empleada. Estoy para servirla en todo lo que precise.

Inés asintió con la cabeza. Trinidad entró a la casa llevando un balde y una escoba. Sin embargo, los ojos de Inés quedaron detenidos en otra parte. Allí se dio cuenta de que, al ingresar por el portón principal, su casa estaba a la derecha, pero, a la izquierda, un departamento. Y, entre ambas construcciones, un corredor a cielo abierto, bajo un colchón de césped.

Su curiosidad pudo más. Entró al departamento contiguo. Descubrió que estaba compuesto por dos habitaciones, un baño y una cocina. Detrás de ella, ingresó Elías:

—¡Qué curiosa eres Inés! Te dije que tendríamos empleada doméstica.

—Sí. Pero nunca imaginé que gozaría de tantas comodidades —respondió Inés, muy molesta—. Una empleada tiene su espacio. Pero esto es tan visible…

—Hice lo mismo que había hecho mi amigo, con quien Trinidad trabajó antes. Al brindarle este bienestar, ella se sintió muy bien y jamás le falló.

—¿Y por qué dos habitaciones en vez de una?

—Es que tiene un hijo. Apenas unos meses mayor que nuestro Jacobo. ¿Y sabes qué? A mi amigo le estiraba los bracitos para que lo alzara y le decía “papá” —rió Elías—. Los niños buscan la presencia del padre que le falta, o de la madre.

Inés quedó algo perturbada con el relato de su esposo. Le preocupaba que ese niño le dijera papá a su marido, ya que al anterior padre “postizo” no lo vería más.

Pasó el tiempo. Pasaron los años. Sus hijos crecieron. Nació una hija en el año 2006, a la que Inés quería ponerle su nombre y el de su madre: “Inés Ofelia”. Pero nuevamente, por tercera vez, Elías eligió el nombre al estilo de un sultán: “Te llamarás Clara Soledad. Clara, por mi madre, y Soledad, por mi abuela, madre de mi padre”.

Siguió pasando el tiempo. Cada dos años, toda la familia viajaba a Europa y, en el recorrido elegido, reservaban dos días para hospedarse en un hotel de Roma. Ese era todo el tiempo que Inés y sus hijos compartían con sus padres y hermanos.

Trinidad y su hijo, llamado Salvador, siempre quedaban al cuidado de la casa, cuando se trataba de viajes largos. Pero si hacían alguna escapada dentro de Argentina, eran incluidos.

Los hijos de Inés iban a un colegio privado, de jornada completa. Salvador iba a la misma escuela.

—Me parte el alma no pagarle la cuota de la escuela a este niño, siendo que vive en mi casa, y no tiene padre. Yo me pongo en su lugar. Si estuviera en sus zapatos, sentiría la diferencia. Además… yo puedo pagar esa cuota y muchas cuotas más, si lo quisiera —le decía Elías a toda persona que le preguntaba algo al respecto.

Inés comprendía todo, menos que Salvador llamara “papá” a Elías. No lo soportaba, porque sus hijos le hacían preguntas acerca de por qué lo llamaba así. Elías siempre respondía: “Cómo se nota que ustedes tienen padre, ¿no? Por eso no pueden ver el dolor de otro niño. Si Salvador quiere llamarme ‘papá’, a mí me pone muy feliz”.

Continuaron pasando los años. La vida de Inés era perfecta: tenía hijos hermosos y sanos; un esposo que se desarmaba en atenciones hacia su familia; una casa preciosa, en donde todas las flores florecían al mismo tiempo y, cuando comenzaban a marchitarse, ella no veía ese proceso, ya que Elías se encargaba de cortarlas para que el jardín luciera hermoso.

En el año 2012, los padres de Inés viajaron a Córdoba, desde Roma, sin avisarle previamente a su hija. Llegaron el viernes 14 de septiembre. Desde el aeropuerto, solitos, tomaron un taxi y fueron directamente a su casa. Ese día era el cumpleaños de Inés y sus padres querían brindarle una hermosa sorpresa.

El taxi se detuvo. El exjuez, padre de Inés, verificó la dirección. Recién ahí, le pagó al taxista e hizo que bajara su esposa.

Trinidad, que observaba desde dentro del jardín, los reconoció, porque había visto muchas fotos de ellos. Corrió hacia el portón para abrir y se presentó:

—¡Bienvenidos! Ustedes son los padres de la señora Inés. Yo soy Trinidad. Les habrán hablado de mí. La familia, en este momento, no está. Llegarán en un par de horas. Pero… pasen. Por favor, pasen.

El exjuez estaba petrificado en el umbral del portón de ingreso de la casa. Observó y observó callado. Su esposa le preguntó si le sucedía algo, porque había cambiado el semblante.

Trinidad entró las valijas. Julia, la mamá de Inés, la siguió mientras no paraba de alabar el hermoso jardín.

—¡Pedro! —llamó Julia a su esposo—. ¿Vas a entrar o te quedarás en ese umbral?

Recién ahí el exjuez dio unos pasos para volver a plantarse y mirar hacia arriba. Pasó todo el tiempo yendo y viniendo por el jardín, sin entrar a la casa. Y miraba hacia arriba, entre la casa y el departamento de la empleada doméstica.

Llegó la familia: Inés, los hijos y Elías. Hija y nietos corrieron hacia Pedro y Julia. La sorpresa era enorme. La felicidad, más enorme aún.

El exjuez les sonreía a su hija y nietos. Pero, al estar ellos fuera del alcance de su mirada, retomaba su gesto adusto y malhumorado.

Así, sosteniendo su mal estado, se fue acercando a Elías, su yerno, quien estaba apartado de todo el grupo, con cara de asustado.

—Yo, en tu lugar, también me sentiría como te estás sintiendo tú: acobardado —dijo el exjuez a su yerno.

—No comprendo, don Pedro —tartamudeó Elías.

—Solo mi hija no pudo darse cuenta. ¡Lamento tanto haber estado tan lejos cuando decidió casarse!

—Sigo sin comprender, don Pedro —repitió Elías.

—No hace falta ser arquitecto para sentir la arquitectura —le dijo don Pedro a Elías, con voz firme—. Una casa de familia, a la derecha. Un departamento para la empleada doméstica, a la izquierda. Ambas construcciones unidas por un elevado arco construido con cemento. ¿A quién crees que engañas?

—¡No comprendo lo que usted entiende! Los arquitectos crean y uno acepta la creación —discutió Elías.

—Lo que tú llamas creación del arquitecto, es un abrazo enorme que se eleva al cielo. Tú estás en la casa, duermes en la casa. Pero del otro lado del arco, o sea, de tu brazo, está tu otra familia.

Elías empezó a sudar. Inés y Julia comenzaron a acercarse a ellos cuando se dieron cuenta de que algo no estaba bien.

—Don Pedro, por favor, después hablamos —le rogó Elías.

—No hay después. Se lo dirás a mi hija —le ordenó el exjuez—. ¡Tanta aparente perfección para esconder que tuviste un hijo con esa muchacha, antes de que naciera mi primer nieto! ¡Hazte cargo de tu desastre, como un verdadero hombre!

El exjuez, finalmente, se alejó de la discusión y no entró a la casa de su hija. Se fue a caminar por el barrio. Solo. Al rato, salió Julia a buscarlo.

Los padres de Inés regresaron después de cuatro horas de caminata. El tiempo prudencial que consideró el exjuez para que su yerno remediara el error cometido.

Así fue. Finalmente, retornaron a la casa. Y solo entraron cuando su hija les pidió que lo hicieran, luego de contarles que algo había intuido, pero no quería darse cuenta, tal vez, por comodidad.

—Elías, reconoce a ese hijo como la ley manda —le dijo a su yerno—. Y ocúpate mañana mismo de mudar a esa muchacha y a su hijo, a otra parte. El resto, será decisión de mi hija. Ahora, con Julia, nos iremos a un hotel.

Elías hizo lo que su suegro le dijo… o le ordenó como juez. Además, tuvo la terrible tarea de contarle a sus hijos, a sus padres y hermanos.

En cuanto a la decisión de Inés, ella quiso tomarse un tiempo. Así como estaba, desarmada como mujer y profesional, no podía pensar. Y le llevó mucho tiempo rearmarse. Por más que les pedía consejos a sus padres, ellos siempre le respondían que le habían dado todas las armas para defenderse en la vida. Y que no comprendían cómo la comodidad le había ganado a su sentido común.

Inés demoró tres años para tomar la decisión: si divorciarse; si irse y dejarle los hijos a su esposo; si divorciarse y llevar a sus hijos con ella y adaptarlos a una nueva vida.

En ese lapso, Elías se fue a vivir solo y se hizo cargo de la manutención de sus dos familias. Trinidad se enfermó. Inés la llevó a su casa junto a su hijo Salvador, y la cuidó hasta que falleció.

Finalmente, le pidió a Elías el divorcio y continuó criando a sus tres hijos y a Salvador.

En definitiva, Inés hizo algo que en Elías no se veía bello. Y por el resto de la vida de él, nunca nada volvió a acercarse a lo que podría entenderse como bello.

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