noviembre 2025

Un corazón para un muñeco

G6-UN CORAZON PARA UN MUÑECO

2 treinta y uno

Dormía placenteramente, mientras el ruido de la lluvia atravesaba mi ventana; las cortinas se mecían suavemente, tocadas por la suave y fresca brisa.

No sé por dónde volaban mis sueños. Pero sucedió algo inesperado. Repentinamente, sentí fuertes aplausos y vinieron a mi mente las maravillosas imágenes que una vez vi en un documental de República Checa, en donde aparecían los negocios de marionetas que, a una hora determinada, bailaban y aplaudían todas al unísono. Así aprendí que Praga, la capital de República Checa, es considerada la ciudad de los títeres y marionetas.

Al acallarse los aplausos y las imágenes soñadas, me quedé en la cama, pero mi viaje onírico continuó, transportándome a mi infancia y adolescencia, recordando a mi maestro de primer grado superior, en Catamarca, Luis Alberto Sánchez Vera quien, además de ejercer la docencia, tenía un taller de títeres y marionetas. Él vivía cerca de mi casa, por lo que, en mis ratos libres, corría a su taller, para hablar y actuar con ellos, cosa que me fascinaba y que, con el correr de los años, aún hoy llevo esos momentos en lo más profundo de mi corazón, de mi mente y de mis recuerdos.

No hubiera querido despertar, sin embargo, al abrir mis ojos, mi almohada estaba húmeda de la felicidad producida por mis lágrimas. Por ello me dije: ¿Por qué no regresar a esa parte de mi vida, para recordar todas mis experiencias, junto a aquel maestro, soñador y forjador de sueños, en un mundo de muñecos?

Recuerdo que comencé muy pequeño, en mi casa, con la idea “loca” de fabricarme un teatrino para títeres. ¡Qué ilusión! Cuando pude parar del suelo mi pequeño teatro y lograr que el telón de la boca del escenario lo pudiese abrir y cerrar a mi gusto… ¡Me di cuenta de que me había olvidado de los títeres! Y mis padres no dudaron en comprarme tres, en una juguetería, a mi pedido: un niño, una mamá y un papá.

Organicé una función en mi casa. Invité a mi maestro, mis amigos, mis hermanos y a mis padres. Pero… ¿Y el guion de la obra? No lo había pensado, aunque ya saldría…

Fue emocionante cuando, sentado en el suelo, detrás del armazón del teatrino, abrí el telón y subí a escena, a mi familia de títeres, para saludar. En una mano, tenía a mamá y papá, y a Pepito, en mi otra mano. Saludaron y cerré el telón. Aplaudieron y esto aumentó mi emoción.

Y comencé la obra que me surgió, espontáneamente.

Pepito no quería ir a la escuela y corría por todo el escenario. Su mamá Nelly lo corría, pero no lo alcanzaba. Todos reían y yo, escondido, reía emocionado.

Llegó el papá del trabajo y lo puso en penitencia. Pepito lloraba. Todos se reían.

Cerré el telón para tomar aire y acomodarme en el suelo, porque me sentía acalambrado, por la posición en la que había estado.

Cuando abrí el telón, para el segundo acto, la mamá y el papá de Pepito discutían qué penitencia dar a su hijo, y les preguntaron a los presentes qué opinaban.

¡Gran discusión comenzó! Todos querían que fuera la penitencia que proponían ellos, pero después de escuchar muchas opciones, apareció Pepito, pidiéndoles perdón a sus papás, y estos, mirando a la platea, le interrogaron si lo perdonaban o no. ¡Otra gran discusión con los espectadores! No obstante, al ver llorar a Pepito, lo perdonaron.

Cerré el telón y los aplausos me emocionaron, junto a cada saludo de los personajes, y más aún cuando, al salir de detrás del escenario, mi maestro, con su sensibilidad a flor de piel y la humedad en sus ojos, me dio un beso y me dijo: “¡Te felicito!”.

Esta fue mi primera obra improvisada, a la que le siguieron muchas más. La bruja no podía faltar; el lobo tampoco y, como él, tantos otros animales; los ángeles, el diablo, y así, muchos más, con guiones siempre improvisados, y, por lo tanto, nunca totalmente iguales.

Yo no podía hacer tantos papeles con tan solo tres títeres. Por eso, se vino a mi memoria cuando, al día siguiente de mi primera presentación, fui al taller de mi maestro. Me dijo:

—Veo que llevas la actuación en tu sangre. Por ello, quiero decirte que no te hagas problemas por no poder comprar los títeres. Lo más importante es crearlos uno mismo, transmitiéndoles, al hacerlos, nuestros sentimientos.

Así fue que me enseñó a hacer uno por uno, en papel maché, sobre un mate de calabaza. Y, al secarse, me ayudaba a pintarles la cara. Los vestidos los confeccionaba yo mismo, con retazos de telas que encontraba en mi casa, o me daban mi madre y mi abuela. Al recordar estos momentos, con mi mente los hice hablar como si los tuviese en mis manos.

Además de los títeres, nunca dejé las marionetas, junto al maestro y su elenco, mientras estuvo en Catamarca. Y, si cierro los ojos y me transporto en el tiempo, son incontables los momentos que lloré, sufrí, canté y reí junto a las marionetas, a las que les daba vida con mis manos y todo mi ser, como nos decía el maestro:

—En esta actividad tan linda, nosotros mismos debemos bajar, a través de los hilos de las marionetas que tenemos en nuestras manos, hasta lograr ser nosotros en el escenario. Y, con los títeres, pasa lo mismo. Nuestras manos son solo los guantes de nuestro corazón, transportados al muñeco.

Con tan solo recordar todo esto, se agolpa la emoción en mi pecho.

¡Qué hermoso mundo el de los muñecos animados! No solo los títeres y marionetas, sino también el de los ventrílocuos. Un mundo donde todo es imaginación y sueños. Un mundo donde viven los gnomos, los duendes, las hadas y los ángeles. Un mundo donde toda realidad es posible, si sabemos ponerle un corazón a un muñeco.

Me levanté de la cama. Mi esposa, María Ottaviano, no sabía qué me pasaba. Corrí hasta la otra habitación con una escalera en la mano. Me subí a ella para alcanzar los compartimentos superiores del placar. Abrí uno de ellos y allí estaba la vieja valija de cartón marrón. Temblando, la tomé en mis manos como un tesoro. Mientras la abría, me brotaban las lágrimas. Allí estaban mis títeres. Los abracé fuerte, muy fuerte, y así pude percibir que, de todos ellos, salía el suave susurro del latir de un corazón de sus pechos, y me uní con ellos, igual que un niño, besándolos.

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