junio 2026

Un triste adiós

G14-Un triste adiós

2 treinta y uno

Un día desperté, después de haber soñado durante toda la noche. Como siempre, no hay nada más lindo que soñar; nadie nos puede quitar nuestros sueños, es algo muy íntimo, de lo que disfrutamos solo nosotros.

Corría el año 1951, me vi con mis 6 años, parado en el andén de la terminal de trenes de Catamarca, esperando subir, como todos los fines de año, al tren rumbo a Buenos Aires, viaje que, como buen porteño, mi padre programaba para todos los fines de año, ahorrando todos los meses previos, parte de su sueldo de empleado de comercio para lograr realizarlo, y pasar así las fiestas con mis tíos, pues él siempre añoraba su Buenos Aires.

Para mí, era un sueño, el solo hecho de estar esperando para subir a nuestro camarote; ver el humo de la histórica locomotora a vapor, la cual pondría nuestro tren en movimiento; su silbato, anunciando la partida, aceleraba mi corazón.

¿Es historia? Sí, quizá, pero, para muchos, es vida; fue una parte de mi vida, de mucha felicidad, ese viaje saliendo de Catamarca, con la máquina a vapor, ver el humo del vapor saliendo de su chimenea negra, sentir el soplo de sus ruedas, el silbato de la máquina en el amanecer catamarqueño —ya que salíamos muy temprano—. Estas escenas me transportaron a un pasado hermoso, plagado de nostalgia; esa máquina nos llevaría hasta llegar a Recreo, en donde hacíamos trasbordo con el tren que venía del Norte, más aún, de la República de Bolivia, con su máquina a motor, moderna, pasando en su trayecto por pueblitos perdidos, pequeños que, solo por el tren se conocían, y en donde los lugareños se acercaban a la pequeña estación para poder vender algunos de sus productos artesanales, o en donde subían nuevos y humildes pasajeros, ya que el viaje en tren era muy barato.

Por otra parte, en el paisaje, también se veían los coches que habían salido desde Catamarca, para seguir a Buenos Aires, los cuales se iban “enganchando” al tren que venía del Norte, para continuar el viaje.

A veces, la espera del otro tren era larga, pues los horarios no se cumplían, pero lo que más sentíamos era la tristeza con que dejábamos la máquina a vapor, cuando los coches comenzaban a desplazarse, continuando nuestro viaje.

Cada pueblo o ciudad que atravesábamos, aún perdura en mi memoria: la gente que, humildemente, se acercaba con sus productos regionales a las ventanillas del tren, para ofrecernos.

Así recuerdo haber pasado por Casa de Piedra, un pobrerío, en donde nos ofrecían desde pan casero hasta cabritos, ya faenados… Pero, con el cierre de los trenes, todos estos pueblos fueron desapareciendo. Una de las ciudades, que el tren atravesaba y que dejó huella en mi memoria, fue Jesús María. Cuando nos aproximábamos a la ciudad, por la ventanilla del tren, se colaba el fresco aire serrano y el aroma a hinojo de las plantas que corrían a nuestro lado; al detenerse el tren, en alguna estación, y ver un parque y gente en bicicletas, grababa esas imágenes que perdurarían en mi memoria, para siempre.

Seguir nuestro viaje, disfrutando en el tren, del coche comedor, con el aroma intenso a café en el desayuno, y los distintos aromas de las comidas, son recuerdos sensitivos, que nunca he olvidado.

Al ir acercándonos a las ciudades cercanas a la Capital, todo el paisaje cambiaba; estaban muy lejos los pueblitos del interior, ante la magnificencia de las imágenes que comenzaba a divisar por la ventanilla. Buenos Aires amanecía ante mis ojos.

Llegar a la estación de Constitución —inmensa para mí, por cierto—, me hacía sentir muy feliz.

Nuestros días allí, viviendo con mis tíos, se convertían en momentos inolvidables. Hasta nos encontrábamos con Papá Noel “en vivo”, en los negocios, y todo ornamentado para las fiestas.

Algo que me enloquecía era el subterráneo. Viajar en él me llenaba de felicidad y adrenalina. Pero no puedo dejar de olvidarme del tranvía, medio de transporte que también me atraía.

Todo lo que viví allí, fueron momentos inolvidables: la visita a monumentos históricos, el recorrido por el Zoológico, la admiración por el Jardín Botánico…

El regreso me resultaba difícil. Había que esperar hasta el año que viene…

Pasaron los años, hoy más maduro, cuando paso por la ruta a mi Catamarca, veo a mi derecha un terraplén abandonado, sin durmientes ni vías, los pueblitos subsistiendo al avance de los cambios, porque el tren ya está en nuestros tristes recuerdos.

En una de las últimas visitas a mi Catamarca y a mi familia, quise llevar a mi esposa a ver la antigua estación de trenes, hoy transformada en museo histórico, ya que no llegan más los trenes. Pero, como todos los museos, no estaba en horario de apertura al público. Fue movilizante comprender que el tren no llegaría nunca más. Solo me sostuve para no llorar.

Volvimos sobre nuestros pasos y, mientras cruzábamos la calle que nos separaba de nuestro vehículo, en mi mente se agolparon todos los recuerdos, de mi niñez, en donde el tren era un importante medio de comunicación para nosotros, y en donde, por ser levantado, quedaron poblaciones que hoy luchan por sobrevivir a la soledad; además de muchas estaciones abandonadas, con sus campanas que solo serían tocadas, por la brisa del viento, para despertar el tiempo.

Volví a darme vuelta para ver nuevamente a la estación y, a través de sus rejas, a la vieja máquina a vapor, para decirle en silencio un triste adiós, a ese tren que nos dio tanto y que perdura en nuestros sueños, recuerdos y museos.

 

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