mayo 2026

Un vals antes del silencio

G14-Un vals antes del silencio

2 treinta y uno

La vida en los pueblos pequeños del interior de nuestro país, Argentina, y más aún, en aquellos escondidos entre las montañas, en donde solo aumenta su actividad en los meses veraniegos, cuando llegan pasajeros o veraneantes de otras localidades, suele transcurrir en forma monótona, pero que se altera cuando transcurre algún acontecimiento social entre sus habitantes.

El pueblo al que me refiero está ubicado, aproximadamente, a unos cien kilómetros de la capital de Catamarca. Se llama La Puerta. En él, vivían, en forma permanente, ciento cincuenta familias. Y, como en todo pueblo, poseían una Municipalidad, una Escuela, a la que asistían estudiantes de las poblaciones vecinas, una Comisaría y una Parroquia. Estábamos alrededor del año 2000.

También existían algunos comercios con artículos alimenticios, una farmacia pequeña, un dispensario y no podía faltar el Club, en el que algunos se reunían a la noche, para beber unos tragos, jugar a las cartas o a las bochas, y conversar un rato; aunque no faltaba la oportunidad de, algún fin de semana, organizar una reunión bailable.

Lo que sí tenía La Puerta, y llamaba la atención de los pueblos vecinos, era una panadería, que realizaba la panificación para la misma población, y la de una población vecina. El producto que elaboraban era de excelente calidad, trabajado casi todo en forma manual y cocinado en un horno a leña que, con su chimenea, esparcía el aroma de pan caliente por todo el lugar, incitando a los visitantes a adquirirlos sin demora, pues, como la producción era muy reducida, casi siempre se terminaba rápidamente.

El dueño de dicha panadería era un muchacho rubio —por ello le decían “El Rubio”— y la panadería recibía también el mote homónimo: “La panadería del Rubio”.

Era un ser muy especial, buen mozo, educado, simpático, quien, con su sola presencia en un lugar, llamaba la atención, pero, sobre todo, de aquellas personas de sexo femenino.

Siempre permaneció soltero, aunque nunca le faltaron parejas y hasta, por qué no, novias.

Los que lo conocimos, siempre lo veíamos feliz, sabiendo que comenzaba su trabajo a las cuatro de la mañana. Esto no resultaba impedimento para que, al atardecer, apareciera bien vestido por los callejones, compartiendo un momento con los parroquianos, o con un grupo de veraneantes, o hasta con alguna agraciada chica, de las que visitaban el pueblo. Después, toda su vida fue el trabajo, en el mismo lugar, siempre feliz, alegre, optimista. Realmente, daba gusto compartir con él un momento, pues amaba la vida.

Con el pasar del tiempo, conoció a Lucía, casi diez años menor que él. Hermosa mujer, de quien se enamoró y formó pareja, compartiendo su hogar, sus días y su trabajo, y con quien tuvo tres hermosas hijas.

Un día, llegando ya a los sesenta años, con Lucía decidieron formalizar su relación, noticia que corrió rápidamente por el pueblo. Lo programaron con mucho tiempo de anticipación, para el mes de abril del año 2015 —es decir, para el año siguiente—, fecha que no coincidía con el período vacacional. Y, además, en donde el clima era benévolo en la zona. No obstante, al ser tan conocidos y queridos, todos los veraneantes de ese año se anoticiaron y se alegraron por ellos.

Fueron meses de preparación. Para ello, la Municipalidad se vistió de fiesta. El Párroco, junto al pueblo, adornaron la Parroquia, y el Club aportó sus instalaciones para la reunión social posterior. Allí, sus amigos realizarían el gran asado y ornamentarían el salón y los patios, para el acontecimiento.

Todos se enteraron y, además de los parroquianos en su totalidad, vinieron muchos de pueblos y puestos vecinos. Era “el” acontecimiento del año. Se casaba el soltero más codiciado de la zona: el famoso “Rubio”.

Y el día llegó. Todo era alegría en la población. Primero, la ceremonia en el Registro Civil de la Municipalidad. Y, a la noche, la unión religiosa en la Iglesia.

La Parroquia resultó “chica” para tanta gente. La ceremonia fue muy emocionante. Primero, para el viejo Párroco, con el que había compartido muchos momentos de su vida, y después, para todos los presentes, porque eran unas personas muy queridas.

Al finalizar la ceremonia, recorrieron a pie gran parte del camino hasta el Club, felices, tomados de la mano y acompañados por sus hijas.

En las puertas del Club, los esperaban con flores, música y vítores de todos. Ya en el salón, un vaso de champagne para brindar y, luego, el remanido grito: “¡Que bailen el vals!”.

Felices, se abrazaron, se besaron y, al son de los acordes del vals, comenzaron a danzar mirándose, embelesados, a los ojos.

De forma imprevista, el Rubio se desplomó. Todos corrieron en ayuda. Pero nada pudieron hacer. El Rubio los dejaba… Quizá, porque su corazón ya estaba cansado, pero lleno de amor.

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