abril 2026

Una fiesta inolvidable

64-Una fiesta inolvidable

María Ottaviano

Puede que el título de este relato se parezca a The party (1968), la recordada película dirigida por Blake Edwards y protagonizada por Peter Sellers.

El protagonista encarnaba el papel de un actor venido de la India, muy torpe, Hrundi V. Bakshi quien, en el rodaje de una película, cometía muchísimos errores, incluyendo el hecho de hacer explotar, accidentalmente, un plató equipado con explosivos, lo que traía, como consecuencia, truncar la película.

El director de la película despidió a Hrundi (Peter Sellers) y le comunicó lo sucedido al director del estudio, el general Fred Clutterbuck.

El general Fred Clutterbuck escribió ese problemático nombre en una lista, para no contratarlo más; pero se equivocó y a ese nombre lo anotó en una lista de invitados para una cena en su propia casa.

Hrundi recibió la invitación y fue a la fiesta. Desde que llegó a la casa del General, cometió torpezas, hasta que la película concluyó.

Fue tan grandiosa la actuación de Peter Sellers que, en la mente del espectador, quedará grabada para siempre, por su accionar desopilante.

Yo estoy segura de que cada uno de ustedes ha estado, alguna vez, en alguna fiesta que, por diferentes razones, le resulte inolvidable.

Hoy les contaré sobre una, que sucedió en barrio Zumarán, ciudad de Córdoba, a comienzos del año 2015.

Tres mujeres, cuñadas entre sí, cuidaban las apariencias en cuanto a su relación familiar. Una vivía en Córdoba y las otras dos, en la provincia de Buenos Aires.

Los esposos de estas últimas eran hermanos de la dama de Córdoba. Y, como ella siempre decía: “A mis hermanos los crié, porque les cambié los pañales, les preparé la comida y los cuidé”, ellos la respetaban como hermana mayor y como autoridad en todo lo que hacía y decía. También la admiraban, ya que era una luchadora que había logrado tener una gran familia, una hermosa casa, y vivir en Córdoba, cerca de las sierras.

La dama de Córdoba, llamada Alcira, había invitado a pasar la fiesta de fin de año a sus hermanos Dolfi y Pichi, con sus respectivas esposas: Marina y Luisa. Y, por supuesto, todos sus hijos.

El domingo 4 de enero, por la tarde, llegó de sorpresa, a la casa de Alcira, como era su costumbre, un primo de ellos llamado Antonio, muy querido, que había nacido y crecido en Capital Federal, por lo que, cuando se mudó a Córdoba, se “auto” apodó “El porteño”:

—Alcira me dijo que venían ustedes —les expresó a Dolfi y Pichi—. Y vengo a invitarlos a que vayan a mi casa a comer un asado, el sábado a la noche.

—No sé si les va a gustar a mis cuñadas ir a tu casa —comentó Alcira—, porque vives de manera muy desordenada.

—Yo le explico a mi mujer, Alcira. Lo importante es que nos invita —expresó Dolfi.

—Por mi parte, tampoco tendré inconvenientes de hablar con Luisa —agregó Pichi.

—Mejor, es no decirles la verdad. Hermanos queridos, ¿tienen algún inconveniente en planear algo para divertirnos un poco? —dijo Alcira, con cara de picardía y un poco de maldad. Ninguno de los dos hermanos se atrevió a negarse.

—Nuestro primo es desordenado. Pero no pobre. Su negocio sostiene a muchas familias, además de la propia. A las chicas, les vamos a decir que Antonio vive en una casa de ensueño. Que tiene muebles lujosos, más una pileta de natación debajo del piso corredizo del living. Y que a su madre, a su esposa y a su suegra, no les gusta que tiren cenizas de cigarrillos en ninguna parte.

—Están por llegar. Antonio vino en ese camión viejísimo y sucio —se preocupó Dolfi.

—Por eso no hay problema. Digan que es mi manera de relajarme al estar lejos de esas tres brujas que tengo en mi casa —aconsejó Antonio, manifestando adhesión a la mentira.

Y llegaron las cuñadas de Alcira. Sus esposos presentaron a su primo Antonio e, inmediatamente, les hablaron de la invitación a comer asado.

Marina y Luisa miraban de arriba abajo a Antonio, mientras encendían un cigarrillo detrás del otro, porque no dejaban de fumar.

Veían a Antonio como un hombre muy desprolijo. Con los ruedos del pantalón marrón descosidos. La camisa verde, manchada. Y unas ojotas negras con huecos a la altura de los talones.

—Así como ven a Antonio, así fue siempre. La plata no lo cambió —señaló Alcira.

—La plata, la plata. Alcira, mientras tenga para hacer feliz a mi esposa con pieles y alhajas, la plata, por mí, puede ir y venir —señaló Antonio con cara de convencimiento.

—La tía Lidia, tu madre, ¿está viviendo en tu casa? —preguntó Dolfi, como para cambiar de tema.

—Así es —respondió Antonio—. A ella le dimos el ala derecha del segundo piso de la casa. Lo mismo manda en toda la casa, comenzando por las empleadas domésticas.

—¿Tiene dos pisos su casa? —preguntó Luisa.

—Tiene tres —aclaró Antonio—. En el tercero, está el salón para fiestas y le sigue la terraza.

—Y en el ala izquierda del segundo piso, ¿está usted con su esposa? —preguntó Marina, con curiosidad…

—No. Con Julia y mis cuatro niñas tenemos las habitaciones en el primer piso. Esa ala izquierda del segundo piso está ocupada por mi suegra y su hija más chica, la Pirucha —Alcira lo miró indicando que no mencionara apodos, y Antonio se dio cuenta rápidamente—. Quise decir, con Patricia, mi cuñada menor.

—Usted alberga a su familia. Eso habla muy bien de ustedes —se admiró Luisa.

—Y… sí. Aunque a veces me cansan. Porque mi madre dirige la casa. Mi suegra, también dirige la casa.

—Son muy cuidadosas —agregó Alcira—. Los pisos siempre están brillantes. Los muebles recién lustrados, a toda hora. Y nada de cenizas de cigarrillos.

—Bueno, ¿los espero el sábado en casa? —preguntó Antonio, mientras se ponía de pie.

—¡Sí! —respondió Marina, por todos los presentes—. ¿Podemos llevar a los niños?

—Claro —se apuró Alcira—. Tienen un piso completo para jugar. Y avísale a tu suegra, Antonio, que anote en la agenda que el sábado 10 iremos. No vaya a ser que te olvides y después ella se enoje. Digo… por el servicio.

Antonio se fue, y Marina y Luisa comenzaron a pensar cómo arreglarse para el evento. Tenían seis días por delante.

Mientras tanto, Alcira habló con sus hijas y una sobrina, que también estaba en su casa, Mónica, hija de otro hermano de Buenos Aires. Las únicas que debían creer todo lo que se había hablado de Antonio, su familia y su casa, eran sus dos cuñadas: Marina y Luisa. El resto debía divertirse. En cuanto a sus hijos, eran tan pequeños, que nada entendían y, mucho menos, se preocuparían.

Lo que hicieron las hijas de Alcira, junto con Mónica, fue alentar a que las tías se vistieran de gala. Y no cesaron. Buscaron vestidos de todo tipo para que se probaran. Consiguieron pelucas. Las acompañaron a la manicura, para arreglarse las manos y uñas. El sábado 10, por la tarde, las llevaron a una maquilladora. Y, para completar el guion, Alcira le dio un cenicero, a cada una de sus cuñadas, para que lo llevaran en sus carteras.

Salieron a las nueve de la noche de la casa de Alcira, para llegar a las nueve y media a lo de Antonio. Claro que, Dolfi y Pichi fueron con sus esposas, en un auto, para que no vieran cómo estaban vestidas las demás. En cambio, Alcira, sus hijas y su sobrina, solo se habían puesto una remera y un pantalón corto.

Llegaron a la casa de Antonio. Entraron. Y todos se rieron por la broma, comenzando por Dolfi y Pichi, porque la casa era un desastre, un delirio de desorden.

A Marina y Luisa no les quedó otra alternativa que reírse de sí mismas, por haber creído en el cuento de hadas que les habían creado.

Un cuñado de Antonio hacía el asado en una chapa, puesta sobre el piso del patio.

Las hijas colocaron las tablas y los cubiertos para comer, sobre una mesa improvisada que, en realidad, era un cartel que, por las medidas, les venía bien para todos los que eran.

Comieron. Nada faltó en esa mesa. Si algo tenían Antonio y Julia, su esposa, era mucha generosidad. El asado consistía en carnes de todo tipo, bien criollo. Previamente, sirvieron empanadas hechas por Lidia, la madre de Antonio. De las ensaladas se había encargado la suegra de Antonio. Había preparado seis tipos diferentes. Todas deliciosas. Y de la bebida, se ocupaban otros dos cuñados de Antonio, que iban y venían del almacén, a medida que hacía falta.

Cuando quedaron satisfechos de comer —mientras recordaban los preparativos para engañar a Marina y Luisa—, Antonio pidió a su hija que pusiera música. Él les regalaría su baile, zapateo americano, a todos los presentes.

Se puso los zapatos para zapateo americano con sus placas de metal atornilladas en las puntas y tacos, y bailó temas de Benjamin David Goodman (Chicago, 1909; Nueva York, 1986), William James Basie (Nueva Jersey, 1904; Hollywood, 1984) y Edward Kennedy Ellington (Washington D. C.1899; Nueva York, 1974).

Todos, todos quedaron admirados. Era una destreza que Antonio había aprendido en los salones de baile de Capital Federal. Y la amaba y disfrutaba tanto, que hizo que los espectadores murieran de amor por su baile.

Pero, en un momento, su hija puso música de Louis Armstrong (Nueva Oleans,1901; Nueva York, 1971). Y Antonio se sentó y comenzó a cantar, tratando de imitarlo.

Mónica, la sobrina de Alcira, se emocionó, porque su padre también cantaba esas canciones.

Antonio, sin decir nada, fue hasta la cocina, regresó rápidamente y volvió a sentarse. Mónica continuaba estupefacta. Antonio le acarició la cara y acarició también su propia cara.

Todos los presentes comenzaron a reír a carcajadas. Es que, en el afán de Antonio por imitar a Louis Armstrong, había ido a la cocina para sacar hollín negro del calefón a gas envasado. Él y Mónica tenían la cara pintada de negro. A Mónica tuvieron que traerle un espejo para que pudiera comprender por qué se reían al mirarla.

Y eso dio pie a que cada persona, allí presente, fuera hacia el calefón en busca del tan divertido hollín. Fue un despliegue de caricias, risas y ganas de divertirse.

Marina y Luisa escaparon de la fiesta yendo hacia el dormitorio de Antonio y Julia, y se encerraron con llave. Temían por su maquillaje, los vestidos y las pelucas prestadas.

En el patio, la diversión estaba a pleno, hasta que… el hollín se terminó. Ya se habían “maquillado” con todo lo que se había podido sacar, y hasta habían dejado rastros en los azulejos y las paredes.

Pero Antonio no permitiría que la diversión se terminara así de repente. No en su hogar. Entonces, le hizo una pregunta a su madre, quien le respondió estirando el brazo derecho hacia su dormitorio. Antonio fue hacia allí y regresó con dos latas de betún en pasta, para zapatos.

Y las pintadas siguieron. Solo era cuestión de poner las manos en las latas. Nadie quedó reconocible, mientras la música de Louis Armstrong seguía sonando.

Como toda diversión, se fue calmando por cansancio. Y había que limpiar muchos rostros, por lo que Alcira, en un acto de compasión hacia Lidia y Julia, propuso que cada uno se limpiara en su casa. Total, todos habían llegado en auto. Y podían regresar a sus casas, con la marca de la felicidad, por el mismo camino que habían venido.

Hasta el día de hoy, cada vez que recuerdan ese asado, lo siguen titulando “Una fiesta inolvidable”, ofrecida por un anfitrión original, permisivo e inolvidable.

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