María Ottaviano
Habría que investigar cuáles son las razones para que el aspecto de una ciudad cambie tanto. Pero me refiero a un cambio en desmedro.
Así veo muchos barrios de mi amada ciudad de Córdoba: veredas rotas, descuidadas; jardines de las casas, que alguna vez fueron esplendorosos, ahora están casi extintos, porque solo son tierra pelada, con algún que otro yuyo; paredes de las viviendas en estado de abandono…
A mí me da tristeza —y preocupación, al mismo tiempo— porque, si por fuera las casas están así, quiere decir que, dentro de ellas, probablemente, hay pesadumbre o, más aún, desconsuelo.
Diría que las energías se han paralizado y, cuando eso pasa, moverlas es la mejor terapia.
Con ese pensamiento —que hace mucho tiempo me da vueltas por la cabeza, justamente, porque me cuesta entender qué sucede, o qué se esconde detrás de esa realidad—, viajé con 2 treinta y uno, la primera semana de noviembre, a Jesús María, provincia de Córdoba.
Mientras él realizaba un trámite, yo escogí caminar y recorrer las calles de aquella Ciudad.
Me impresionó la limpieza, ya que no vi basura tirada en ningún sitio. Se notaba que cada vecino se hacía cargo de su espacio; hasta de la calle, inclusive. Ese detalle me hizo recordar a los años en que vivía en casa de mis padres, porque cada vecino, todos los días, barría el frente de su casa, juntaba la basura, y se ocupaba de embellecer su vivienda y de arreglar los detalles que hicieran falta. De la puerta de sus casas para afuera, nadie esperaba a que otros realizaran las tareas simples. Sino que, los mismos vecinos del barrio se reunían, analizaban que hacía falta hacer, decidían, y ponían manos a la obra.
Caminé y caminé por Jesús María. Estaba tranquila porque 2 treinta y uno, al desocuparse, me llamaría para preguntarme dónde me encontraba, e iría a buscarme.
Mientras estaba disfrutando de lo que veía y relacionaba con mis recuerdos de hacía años atrás, de repente me sentí atraída por una casa en especial. Había algo en ella que no se veía, sino que, más bien, transmitía.
Caminé de un extremo al otro de la vereda de esa casa. Tenía un frente simple. Una vivienda muy sencilla. Se notaba que la construcción se había hecho por etapas “espaciadas” entre ellas, debido a que las uniones de los techos estaban intervenidas con otros materiales livianos, como policarbonato y acrílico.
Las ventanas, también simples, con rejas simples. La puerta principal, muy sencilla.
¿Qué me atraía tanto y me resultaba tan grato? Sus plantas. La casa estaba llena de macetas, de esas que se hacen con latas y se las pinta. Asimismo, había macetas de barro y de cemento, y plantas en la tierra del jardín. Pero la variedad era increíble. La diversidad y enormidad de colores de hojas y flores era inalcanzable para contar.
Y más me detuve cuando descubrí que, en una de esas uniones de techos, había un pasillo, también lleno de plantas que, desde el jardín del frente, llevaba hacia otro jardín, pero ubicado en la parte trasera de la vivienda.
Perdí la noción de cuánto tiempo había estado observando esa casa. Observé mucho. Tal vez, esa acción hizo que, del interior de allí, saliera un hombre de unos setenta años. Cuando lo vi, me di cuenta de mi descuido y le dije:
—Disculpe que me detuve en el frente de su casa. Es que es imposible no detenerse a admirar la belleza de sus plantas, y la cantidad que tiene.
—Aaah… Sí —me dijo sin detener su paso hacia la vereda—. Es una hermosa manera de vivir.
¡Eso! Dijo las palabras precisas. Porque, con tan poquito… Es decir, con tan solo un tiempo diario de dedicación, él embellece su casa, se siente bien por ello y vive satisfecho. “Remueve las energías”.
La belleza nos hace felices a los seres humanos. Esa belleza que se logra interactuando con la naturaleza. Preguntándole a ella qué quiere y cuidándola. Y, a su vez, tomando de ella misma lo que nos brinda para poner todo a nuestra disposición.
Belleza es lo que han perdido tantos lugares. Y son los habitantes de esos lugares, y nadie más, quienes tienen que reaccionar y decidir volver a instalarla.