María Ottaviano
¡Saaansóóón y Dalilaaa, una historia que pasóóó! / Ééél la quiso mucho…
Así me levantaba, a la mañana temprano, cuando tenía más o menos diez años: cantando “Sansón y Dalila”, imitando al dúo Flash.
Y, como tener hermanos mayores no siempre es fácil, porque creen que todo lo saben, trataban de ordenarme que me llamara a silencio. Es que los cansaba. Me gustaba una canción y yo la repetía, y la repetía, durante mucho tiempo. Es decir, no cambiaba el repertorio. Y con mis dos amigas, que todas las tardes nos encontrábamos para jugar, el juego consistía en cantar y cantar las canciones de moda. Alguna vez le tocó el turno a “La balsa”. Otra vez, a “El extraño de pelo largo…”, y tantísimas otras.
Volviendo a la canción “Sansón y Dalila”, un domingo, mis hermanos me preguntaron si es que sabía lo que estaba cantando; si es que conocía la historia que había generado esa canción:
—Claro que lo sé —respondí—. Es la historia de Sansón y Dalila, que cantan Carlos y Teresa Dattoli.
—Y ellos, ¿de dónde tomaron esa historia? —preguntó uno.
—Imaginaron, inventaron, esa historia —dije, tratando de escapar rápidamente del asunto.
Sin embargo, mi hermano insistió con una explicación:
—Flash canta una versión de la ópera compuesta por Camille Saint-Saëns. Y libreto de Ferdinand Lemaire.
Lo miré fijo, con la intención de que comprendiera que no entendía de qué me hablaba. “Ópera”, “Libreto”, “Camila San-San…” Pero lo divertido fue que mis otros hermanos lo miraron igual. ¿Qué les puedo decir? Me sentí toda una ganadora. No obstante, a los treinta segundos, se le ocurrió hablar a otro hermano, para disipar su duda:
—Lo que canta Flash, ¿es viejo?
—La historia de Sansón y Dalila no la inventaron ellos —respondió el primero al segundo—. La canción está basada en la ópera que dije, y que se estrenó, en Alemania, en 1877.
Ya, entre los dos, habían complicado bastante el asunto de una simple canción. Y más se complicó cuando mi madre, desde otra habitación, sugirió:
—¿Y por qué no averiguan cómo se le ocurrió al autor de la ópera y del libreto representar esa historia?
Mis hermanos quedaron boquiabiertos. Y yo esperaba que resolvieran tremendo meollo que habían armado, bajo la idea de hacer que no cantara más.
Para colmo, en esa época solamente teníamos tres canales de televisión, que comenzaban a transmitir al mediodía. Teléfono para llamar a una radio y consultar, no teníamos. Internet no existía; mucho menos, un secretario abstracto dentro de un objeto chiquito llamado “celular”.
Para averiguar, había que entrevistar a los expertos en cada tema. O ir a las bibliotecas, hemerotecas, y entrar a buscar y buscar. Es decir, leer y leer. Si eras muy constante, la punta del ovillo siempre aparecía en la boca de alguien, o en algún rincón de alguna página de algún libro, de vaya a saber qué autor.
Años después, pude comprender que, lo que había sucedido ese día en mi casa, en una charla informal, como tantas veces siguió sucediendo, es que hablábamos los de la generación Baby boomers (y me incluyo), con los de la generación Silenciosa (mis padres), quienes habían nacido entre las grandes guerras o inmediatamente después, y estaban atravesados por el esfuerzo. Y ese esfuerzo incluía no solo el trabajo para avanzar y mejorar la vida, sino también para tener más conocimiento, saber más.
Otra vez, intervino mi madre y dijo:
—Hay un libro viejo, muy viejo, que narra esa historia. Les doy una ayudita: no se trata de La epopeya de Gilgamesh.
—¡Uuuuh…! ¡Qué ayuda! —dijeron mis hermanos—. ¡Así nos complicas más con esos nombres difíciles! —agregaron los muchachos.
Pasó una semana hasta que mi hermano mayor, durante la cena, dijo que había hablado con uno de nuestros vecinos, Walter Vázquez, quien lo había orientado muy bien junto con su esposa, y que, incluso, se sentaron a tomar mates y sobre la mesa le pusieron el libro tan misterioso:
—Jamás pensé que una canción, una ópera, podría salir de ese libro.
—También una película, en 1949 —agregó mi madre.
Mi hermano continuó, muy entusiasmado, su explicación:
—Leí toda la historia de Sansón y Dalila en el “Libro de los Jueces”, desde el Capítulo 13 hasta el 16. Ese libro se encuentra en el Antiguo Testamento. La verdad, muy lejos de mi cabeza estaba el pensar que allí podíamos leer historias como estas.
Al irnos a dormir, lo llamé para pedirle que me contara esa historia. Entre todos, habían despertado una gran curiosidad, porque ya no se trataba de una simple canción. Y me la narró:
Sansón era un nazareo (consagrado a Dios desde su nacimiento; debía seguir ciertas leyes y restricciones, como no cortarse el cabello y abstenerse de vino y productos de la uva), que tenía muchísima fuerza física. Esa fuerza residía en el largo de su cabello, que jamás se lo había cortado. Conoció a una mujer extranjera, llamada Dalila, a la que los líderes filisteos le ofrecían dinero para que descubriera el secreto de la fuerza de Sansón. Aunque él la engañó varias veces, dándole pistas falsas, finalmente Dalila logró que le confesara dónde estaba la fuente de su fuerza. Y Dalila les informó a los filisteos, quienes rápidamente apresaron a Sansón, le sacaron los ojos, le cortaron el cabello y lo llevaron a Gaza, donde lo obligaron a trabajar en un molino. Pero, con el tiempo, le volvió a crecer el cabello, recuperó la fuerza y, de ese modo, causó la destrucción del templo filisteo, muriendo sus enemigos y él, también.
Además de conocer esa historia, para mí fue aprender a bucear en las cosas. Entendí que nada se trata de repetir lo que otro canta sino, más bien, comprender el significado de lo que canta.
Claro que, a esa edad que tenía, era una cuestión maravillosa que alguien tuviese fuerza en el cabello, y no lo olvidé.
En honor a ese aprendizaje de búsqueda, de curiosidad por saber, a cada perro salchicha que tuve en mi vida lo llamé “Sansón”. También en un momento tuve a mi “Dalila”.
Y les cuento que, hace pocos días, mi esposo me regaló un perro salchicha. Ni le consulté cómo llamarlo… Tiene unos 30 centímetros de largo y el pelo corto. Nació el 10 de abril y pesa casi tres kilos.
Además de reírnos de sus travesuras; de la fuerza que tiene para lograr sus objetivos, como subirse a la mesita de luz para, de allí, saltar a la cama; de los celos de Picachu, que parece un adolescente decepcionado, y de sus maniobras para meterse entre mis ropas para que lo cargue como una mamá “canguro”, está haciendo feliz a los niños de la familia. De esto se tratan las mascotas. Traen energía bella y pura, protección, alegría, y también más tarea. Pero es una tarea que bien vale la pena ponerla en la balanza, para pesar los beneficios.
Así es que ando con mi “Sansón” a cuestas. Y así será, mientras el universo me lo permita.
¿Cómo me siento? ¡Muy feliz!