María Ottaviano
Luego de regresar desde Barreirinhas, donde visitamos el Parque Nacional de los Lençóis Maranhenses, hicimos exactamente el mismo viaje que nos había llevado hasta allí, pero al revés. Es que debíamos regresar a São Luís para, desde esta ciudad, continuar el viaje hacia Fortaleza, estado de Ceará.
Como nada es al azar, nos tocó sentarnos, en el avión, justo del lado desde donde veríamos el mar. Y, para mi sorpresa, el cielo estaba perfectamente despejado y observé a los Lençóis Maranhenses en su totalidad. Este fue un regalo que no esperaba.
No pude despegar los ojos de la ventanilla durante todo el vuelo. Porque no quería. Miré a los Lençóis pensando que sería la última vez. Porque es lo más probable…
Llegamos a Fortaleza. Nos quedamos unos días para disfrutar de la playa, y desde allí emprendimos el regreso a Córdoba, haciendo escala con cambio de avión en Río de Janeiro. Al menos, así estaba planificado.
Pero no nos adelantemos, quedémonos en Fortaleza.
En el momento de abordar, vimos que todos los pasajeros que estábamos preparados para subir al avión, observábamos a los pasajeros que estaban bajando del mismísimo avión en el que nos subiríamos.
—Esto no me gusta —dijo 2 treinta y uno—. Verás que hoy no llegaremos a Córdoba, sino que dormiremos en Río de Janeiro.
—¿Estás en clarividente? —le respondí, riéndome, y sin coincidir en su parecer—Aún no hemos subido al avión que nos sacará de Fortaleza y ya estás pensando que dormiremos a mitad de camino, justo donde haremos el cambio de avión. No hay razón para pensar tanto ni tantas cosas.
Abordamos el avión en horario. Nos sentamos y 2 treinta y uno me compartió:
—Hay olor a nafta. ¿Lo sientes?
—No siento olor a nada —le respondí, riendo—. ¡Y eso que tengo nariz detectora de olores!
El avión comenzó a carretear.
—¿Ves? Todo en horario —le dije, en tono de ratificación. Pero, al mismo tiempo que se lo decía, el avión comenzó a desacelerar y volvió a la manga.
Miré a mi marido, quien sonreía levemente, al mismo tiempo que mostraba gestos de preocupación.
—Dormiremos en Río de Janeiro —repitió mi esposo.
—Bueno… Si es que hay algún inconveniente con el avión, puede que durmamos esta noche acá —pensé en voz alta.
Nos explicaron que había un problema técnico en el avión, pero que permaneceríamos en él hasta que se resolviera, ya que su reparación sería rápida.
Así, sentados cada uno en su lugar, con mi esposo hablamos de muchas cosas, sin darnos cuenta del tiempo que transcurría.
Cuando por fin el avión estaba listo para partir, ya habían pasado dos horas y media. Es decir, no llegábamos a Río de Janeiro a tiempo para tomar el otro avión. Por lo que muchos pasajeros preguntamos qué pasaría:
—Quédense tranquilos, porque el avión los esperará, ya que se trata de la misma compañía aérea —nos respondieron.
Con esa idea, todos los que estábamos en la misma situación nos quedamos conformes, sabiendo que el siguiente avión que debíamos abordar a las 21:30 horas nos esperaría, excepto 2 treinta y uno ¿Saben que me dijo a mitad del viaje? “Dormiremos en Río de Janeiro”.
Llegamos al aeropuerto de Río de Janeiro a las 21:45 horas. Nos hicieron pasar por migraciones, pero la puerta de embarque para Córdoba no estaba anunciada en ninguna parte.
Hay un dicho que se repite mucho: “Dios los cría y el viento los amontona”. Pues, después de dar tantas vueltas por el aeropuerto, no sé cómo, en un sector perdido en medio de la inmensidad de ese lugar, nos fuimos amontonando argentinos provenientes de tres lugares diferentes del norte de Brasil. Todos, con exactamente el mismo problema: estábamos varados. Nadie nos informaba nada. En total, éramos veinticinco pasajeros.
Apareció una empleada del aeropuerto y nos pidió que la siguiéramos para ir a hablar con un funcionario, quien nos resolvería tremendo problema del que ninguno era responsable.
Caminamos y caminamos. Recorrimos pasillos. Fuimos de un extremo al otro del aeropuerto. De repente, nos dimos cuenta de que por allí ya habíamos pasado, pero por el otro lado del vidrio. Seguimos andando. Subimos y bajamos por el único ascensor que había.
Finalmente, llegamos a un espacio en donde el funcionario buscado estaba, pero no salió a hablar con nosotros. Solo mandó a pedir nuestros documentos.
Mi esposo me miraba a los ojos para decirme solo una cosa: “Dormiremos en Río de Janeiro”.
Cuando nos devolvieron los documentos, junto con ellos, nos informaron a cada uno qué sería de nuestras vidas, a partir de ese momento. A algunos les pidieron esperar unas horas para abordar un vuelo a Buenos Aires y de allí, otro hacia Córdoba. A otros les entregaron un voucher para alojarse en un hotel del centro, hasta el día siguiente. Y, a nosotros dos, nos enviaron a un hotel en Copacabana.
Ya eran las doce de la noche. Habíamos caminado —de acuerdo con la medición que hizo con el celular uno de los adolescentes del grupo— tres kilómetros dentro del aeropuerto. Aún nos quedaba llamar al taxi, que nos habían indicado, el cual nos llevaría hacia el hotel.
Para todo, recibimos ayuda de parte de la gente que estaba con nosotros. Hasta armaron un grupo de WhatsApp, llamado “Varados”, para que supiéramos si cada uno llegaba al destino que le había tocado en suerte. Y, además, para avisarnos, cuando cada quien, llegara a su casa en Córdoba.
A la una de la madrugada, llegamos al hotel en Copacabana. Nos recibieron con un sándwich y gaseosa. Nos desearon buen descanso y nos dijeron el horario de desayuno.
Del final de ese día, solo recuerdo las palabras de 2 treinta y uno: “Te dije que dormiríamos en Río de Janeiro”.
Al día siguiente, mirando por la ventana de la habitación hacia afuera, nos dimos cuenta de que estábamos frente al mar. Recorrimos Copacabana e Ipanema. Nos relajamos y recordé aquel mantra: “Todo lo que sucede, conviene”.
De haber querido planificar un viaje para conocer esas playas, hubiera sido imposible.
En definitiva, si queremos ver las situaciones desde otro punto de vista, los acontecimientos se presentan de tal manera que, aunque nos quejemos y no entendamos en el momento lo que el universo nos tiene preparado para después, generalmente se tratará de algo bueno.
En cuanto a la afirmación constante de mi esposo, desde el momento en que vio bajar pasajeros del avión que inmediatamente abordaríamos en Fortaleza, sencillamente se trató de su agudeza para observar. Pensó como si jugara al ajedrez, analizando todas las posibilidades, según la pieza que se movía: “Observa, mide, piensa, deduce y afirma”. Otra cosa no hubo. Lo único que les puedo confirmar es que, esa noche de miércoles 6 de agosto de 2025, dormimos en Río de Janeiro.