María Ottaviano
“¡Pobres honestos!”, solía decir mi abuelo al referirse, justamente, a las personas honestas, a las que él les tenía mucho respeto por formar parte de ese grupo. Y utilizaba el adjetivo “pobres”, no por la condición económica, sino por el lugar que ocupaban socialmente: eran honestos y luchaban para mantenerse moralmente así, aunque eso los volviera más pobres en poder adquisitivo.
Una familia de “pobres honestos” era la de Héctor, de quien ya les conté en “Amigos entrañables”.
Héctor era uno de los hijos de Ramona y Abel. Los otros hijos eran: Ramón, Vitar, Ana María, Lucía y Rosita.
Abel, como era la costumbre allá, a mediados del siglo XX, compró un terreno con la ayuda de sus padres, cuando aún estaba soltero. Años después, conoció a Ramona, se casaron y fueron construyendo, lo que se denominaba una “pieza”: cuatro paredes, techo de chapa y piso de tierra. El baño era tan solo un “excusado” al final del terreno, construido con cuatro paredes, sin techo, que guardaba un hueco de pocos centímetros, y sin ningún tipo de cañerías que llevaran lo que dejaban ahí, hacia un pozo. Sino que Abel, al final del día, echaba tierra o arena para amenguar los malos olores.
En alguna oportunidad, quitó las chapas de su pieza e hizo un techo de loza y, con el mismo material que le sobró, hizo el contrapiso para esa pieza.
En ese espacio chiquito, fueron naciendo los hijos. Cuando sus hijas comenzaron a tener bebés —porque realmente no tenían nociones de cuidados—, Abel fue levantando otras piezas en su terreno, para que ellas criaran a sus hijos de manera independiente. Y, en relación a sus hijos, ellos no pudieron tener acceso a la compra de terrenos, por lo que también cada uno construyó una pieza, a medida que fueron formando pareja y teniendo hijos.
Tal vez, no sepas que muchas personas buscan hacer su casa sobre un terreno propio, comprado. Y, si no pueden tenerlo, sus padres les ceden un espacio.
Así como la familia de Héctor, en el mismo barrio, hubo otras familias constituidas de la misma manera. Y, lógicamente, cada familia se abría para mezclarse con otras familias. Y cada uno llevaba o traía sus costumbres adquiridas en su propio seno familiar. Así era como los más ancianos se enorgullecían o se entristecían por su descendencia, porque la mixtura podía dar como resultado un abanico de posibilidades. Todo esto sucedía y sucede en todos los barrios o poblaciones de las distintas ciudades.
Volviendo a nuestro relato, una noche de 1998, más exactamente el miércoles 7 de enero, a las tres de la madrugada, un vecino del lugar, Hugo Gonzalío, llamó a la policía, porque sospechaba que habían entrado dos ladrones a su casa.
El patrullero policial llegó a los pocos minutos. Hugo Gonzalío abrió la puerta de su casa y les indicó, a los dos policías, que dos ladrones habían entrado a su vivienda y que, en ese momento, estaban arriba del techo, tratando de irse con las bicicletas que acababan de levantar del patio, desde el techo, con sogas y ganchos.
—Los alcancé a ver —dijo Hugo Gonzalío a los policías—. Seguro que bajarán desde el techo de mi vecino, porque así podrán salir directo a la calle Madrid.
—¿Cómo son los sujetos? —le preguntaron los policías.
—¿Que cómo son? Son jóvenes, ágiles, trepan por las paredes agarrándose tan solo de los granitos de arena… ¿Para qué me preguntan eso? —se sorprendió Hugo Gonzalío—. Vayan por calle Madrid y busquen a dos jóvenes en bicicleta.
Los policías se subieron al patrullero y con las luces prioritarias, sin hacer ruido, comenzaron a andar. En alguna parte, seguro, iban a encontrarlos. Pero, ni bien recorrieron dos cuadras, en la intersección de las calles Madrid y Londres, delante de ellos, pasaba, sin que se percatara de que estaba siendo iluminado por un auto policial, un muchacho que llevaba levantado con sus brazos, un sillón de hierro con almohadones plásticos de color naranja y flores amarillas.
Justo, de frente al patrullero, venía otro patrullero de refuerzo. En consecuencia, los dos autos policiales se detuvieron. Los policías bajaron y le gritaron al muchacho para que se detuviera. Recién, en ese momento, el muchacho se dio cuenta de que estaba por ser atrapado, por lo que arrojó el sillón a la calle, pero se le quedó, accidentalmente, el almohadón en la mano. Llevando ese almohadón, como botín, corrió por la calle Londres en subida.
Uno de los dos patrulleros, lo siguió. Sin embargo, el muchacho corría tan velozmente que no lograba alcanzarlo. Sí vieron que ingresó en la propiedad de los padres de Héctor.
Los policías bajaron del auto y entraron al terreno. Ya allí, se detuvieron a observar en cuál de las casi veinte entradas podría haberse metido. Porque se trataba de veinte piezas. Entonces golpearon las manos y Abel, el padre de Héctor, salió afuera:
—Señor, disculpe —dijo un policía—. Estamos persiguiendo a un ladrón que ha ingresado intempestivamente en algún lugar de su vivienda.
—Aquí somos honrados —manifestó Abel—. Si hay algún “choro”, ya mismo se lo entrego.
Abel encendió la luz de afuera y comenzó a llamar a cada uno de sus hijos e hijas:
—¡Levántense! ¡Vean si tienen a alguien debajo de los “catres”!
—Yo vi una sombra que entraba a la pieza de la Rosita —dijo su nuera Virginia, pareja de Vitar.
—¡Llamen a la Rosita! ¡Esa chica creerá que está en edad de merecer un novio y va a agarrar cualquier cosa!
Efectivamente, había entrado a la pieza de Rosita y se había metido en su cama. Rosita dormía plácidamente, sin estar enterada de lo que tenía a su lado.
Los policías lo sacaron de la cama a la que había ingresado sin permiso, dejando al almohadón en el suelo. Le pusieron las esposas. Lo subieron al patrullero para llevárselo. Y se fueron sin decirle a Abel qué había hecho el muchacho.
Mientras tanto, el otro patrullero había subido al baúl el sillón arrojado a la calle por el ladrón, y había doblado por calle Londres, en sentido contrario, por donde había venido el ladrón. Estaban dispuestos a encontrar la casa de donde había robado el sillón arrojado en la calle.
A media cuadra, vieron una casa con galería que tenía dos sillones iguales. Bajaron los policías del patrullero y tocaron el timbre. Ya eran las cuatro de la madrugada.
Se escuchó la voz de una señora mayor:
—¡Ya vaaaaaa!
La señora, que resultó ser una de las “fundadoras” del barrio, Marta Suárez, abrió el postigo de la puerta y preguntó:
—Buenas noches, oficiales ¿En qué los puedo ayudar?
—Buenas noches, señora. Disculpe la hora —dijo uno de los policías—. ¿Ha notado si le falta algún sillón de su galería?
—Anoche, antes de acostarme, regué las plantas y estaban mis ocho sillones y dos mesas —respondió Marta Suarez—. ¿Por qué me lo preguntan?
—¿Podría usted verificar si están?
Marta Suárez abrió la puerta y vio que en la galería solo había dos sillones:
—Bueno. Parece que me han robado —dijo con mucha tranquilidad—. Es muy extraño. Jamás tocaron algo de acá. Y miren que tengo macetas también.
—¿Podría venir con nosotros a la comisaría, para efectuar la denuncia?
—Si esperan a que me vista y después me traen de vuelta, con gusto iré.
Así lo hizo Marta Suárez, de 79 años. Se vistió, se peinó, se pintó los labios y buscó su documento para llevarlo en la cartera.
Llegaron a la comisaría los dos patrulleros. De uno, bajó Marta Suárez. Del otro, bajaron al ladrón. Y se encontraron en la entrada:
—¿Qué hiciste “Cabrito”? —preguntó Marta Suárez, al ladrón—. ¡Estás esposado!
—Señora, este es quien le robó los sillones y mesas —respondió uno de los policías.
—¿Y cómo hiciste todo eso solo? Porque las mesas tienen mármol. Son muy pesadas —se sorprendió Marta Suárez.
—Ya sabemos que no andaba solo —dijeron los policías, demostrando que se habían dado cuenta, pero eran mentiras de ellos.
—A ver, “Cabrito” … —se dirigió Marta Suárez al ladrón—. ¿Por qué te dicen “Cabrito”?
En ese momento, apareció el comisario y, antes de llegar donde estaban todos, comenzó a hablar:
—Señora Suárez, buenas noches. El reo no puede hablar con nadie…
—¿Nooo?
—Pero yo le puedo contar. Le dicen “Cabrito” por la barba estrecha que tiene, como los machos cabríos que danzaban en honor al dios Dioniso, en la Antigua Grecia.
—Parece que te conocen “Cabrito” —se lamentó Marta Suárez.
El comisario entró a su oficina. Cerró la puerta, pero esta se abrió y él no se dio cuenta, porque estaba de espaldas. Discó en el teléfono fijo y luego empezó a vociferar:
—Señora, despierte a su hijo y dígale que me atienda —dijo el comisario con voz de mando. Y esperó unos segundos hasta que esa persona lo atendió—. ¡A ver! ¡A ver! ¡¿No te he dicho que en el barrio no se roba?! Tienen un montón de lugares para ir. ¡Pero no…! ¡Son cómodos y le roban a una pobre vieja…! ¡No tienen códigos!
Justo en ese instante, Hugo Gonzalío entró a la oficina del comisario, quien venía escuchando desde la entrada la voz del comisario, y pegó un grito:
—¡¿Así nos cuida la policía?! ¡¿Por teléfono?!
El comisario se percató de que la puerta de la oficina estaba abierta y entendió que Hugo Gonzalío había comprendido la conversación:
—Le explico, señor. “Cabrito” opera con cuatro delincuentes más: “Cara de pescado”, “Guanaco verde”, “El trincheta” y “La tijera”. Los sillones y las mesas fueron robados entre los cinco —dijo el comisario.
—¿De qué sillones y mesas me habla? ¡A mí me robaron dos bicicletas! —se sorprendió Hugo Gonzalío.
—¡Ah! ¡Perdón! Me equivoqué —dijo nervioso el comisario—. De las bicicletas se encargaban dos chicas: “Uñas largas” y “La morocha”. Pasa que ellas parecen varones y dominan muy bien los ganchos para subir objetos de los patios a los techos. ¡Pero estos chicos…! ¡Saben muy bien que no tienen que robar en el barrio, sino que tienen que ir lejos!
En ese momento, ambos quedaron mirándose mutuamente. Hugo Gonzalío acababa de escuchar una confesión de parte del comisario quien, evidentemente, a las cinco de la mañana y con unos cuantos tragos encima, no sabía a quién le decía las cosas.
Marta Suárez entró a la oficina del comisario. Había escuchado todo. Se sentó tranquila y dijo:
—Huguito, aquí hay un problema muy serio. Mejor dicho, el comisario está metido en un problema complicado—Hugo Gonzalío asintió— Creo, Huguito, que será mejor que me lleves a mi casa. Tú regreses a la tuya. Y mañana, tras levantarnos, ambos tendremos las cosas que nos extrajeron esta noche, en la puerta de nuestras casas. En cuanto a usted, señor comisario —prosiguió Marta Suárez—, sabemos que tiene muchos deseos de tomarse unos días de vacaciones. Y, al regreso, ir a trabajar a otra parte ¿Verdad?
—Así es señora. Todo lo que acaba de decir, sucederá… —respondió el comisario.
Cuando amaneció, tanto Marta Suárez como Hugo Gonzalío, encontraron sus objetos donde ella lo había anticipado. Salvo que a Marta Suárez le faltaba un almohadón. Y se propuso encontrarlo.
Preguntó a cada vecino que pasaba por la puerta de su casa. Hasta que uno le avisó que Abel estaba sentado sobre él. Todas las tardes sacaba al patio su cajón de manzanas, ponía el almohadón y se sentaba a descansar luego de su larga jornada de trabajo.
Para allá fue Marta Suárez. Y así lo vio con sus propios ojos. Pero sabía que Abel no sabía nada de la procedencia del almohadón:
—Abel, ¡ese almohadón es mío! —reclamó Marta Suárez, mientras al mismo tiempo Abel se ponía de pie como un resorte.
—Si es suyo, ya mismo se lo lleva, señora Marta —dijo Abel avergonzado y lagrimeando—. Me lo había regalado mi nuera Virginia.
—¡Papá! Ese almohadón lo trajo el “Cabrito” cuando se metió a la cama de la Rosita —gritó su hija Lucía, desde dentro de su pieza—. Virginia lo vio, lo sacó de ahí y, se lo regaló a usted, papá, para quedar bien, porque nunca le hizo regalos.
Abel, con tranquilidad, pasó su mano por el almohadón revisando que no tuviese ninguna pizca de tierra, y se lo entregó a Marta Suárez, además de pedirle disculpas, en voz baja.
Marta Suárez emprendió el regreso a su casa. Hizo unos pasos y escuchó los gritos de Abel:
—¡Virginia! ¡Lucía! ¡Preparen sus cosas! ¡Hoy mismo se van de mi casa! ¡Una por chora y la otra, por encubridora! —gritó Abel, comprendiendo que en sus “piezas” también dormían “bandidas”.
Marta Suárez sonrió y se dijo: Abel es un pobre honesto. Diría que casi, casi, es de los míos.