julio 2025

Vivir el amor

G-2-Vivir el amor

2 treinta y uno

En mi loca pasión por tratar de imaginar la historia de vida que llevan las personas que se presentan en mi camino, varios días vi pasar a una mujer muy joven, dirigiéndose siempre por el mismo recorrido. Muy bien vestida y llevando siempre lo mismo: cuadernos, libros y otros elementos dedicados a la educación. Lo hacía con paso seguro y, casi, con cierto apuro. Su rostro rara vez traducía un aire de alegría, más bien sugería un aire de preocupación. Mi primera impresión fue pensar que su actividad se desarrollaba en el ámbito docente y, a partir de allí, por mi mente, se desarrollaron un sinnúmero de historias: ¿Será profesora? ¿Pertenecerá al ámbito directivo? Y tantas otras actividades asociadas con la Educación. Pero nunca se pasó por mi mente una historia que estuviera relacionada con su esfera afectiva, como mujer.

La suerte, o el destino, hizo que me encontrara con Gisela, una amiga a quien veía siempre, y no sé aún por qué le saqué el tema. Grande fue mi sorpresa, cuando me respondió:

—Ah, sí. La conozco. Trabajamos juntas. Se llama Violeta. Trabaja en el ámbito docente.

Llevado por mi ansiedad me surgió un:

—¡¿Pero no es feliz?!

—Tiene muchos problemas familiares. Y, además, de relación en su trabajo. Es muy sensible y eso la perturba mucho en su vida afectiva Es así que nunca logró tener una relación de amor, un ser que la contuviera como mujer.

Dejé el tema allí. No quería entrometerme en la vida de Violeta. Además, ya poseía numerosos datos como para elaborar mi propia historia sobre ella, basándome en las que ya había elaborado en mi mente, sin saber nada. Conversé un momento más con Gisela, y nos despedimos.

Corrí en busca del “refugio”: el lugar en mi biblioteca donde logro el silencio y la soledad para crear mis historias. Ansioso, abrí el cuaderno rojo que me regalaron en Samaná y cerré los ojos. Me imaginé a Violeta, su vida, su rostro. Mi sensibilidad hizo que se me humedecieran los ojos, y comencé a escribir algo de lo que había creado sobre ella, sin saberlo.

La imaginé sumida en esa soledad que solo la da la falta de afecto, de amor. La vi en mi mente, en su casa, viviendo las emociones que le habían surgido durante el día y que, a pesar de estar con su pequeña familia, ya que vivía con sus padres, no lograba poder compartirlas con ellos, y solo las almacenaba en su corazón. También en su relación laboral, a pesar de no estar sola, no tenía ninguna compañera con quien poder abrirse para compartir lo que vivía interiormente.

Además, mi experiencia de vida, me enseñó que somos seres sensibles, que nuestra vida transcurre generando sentimientos, temor, ansiedad, alegría, dolor, frustración. Alguno o varios de ellos deberían estar afectando a Violeta en su relación laboral y en su relación familiar, dada su sensibilidad, según lo que me había comentado Gisela.

Sin embargo, llevado por mi imaginación y por lo conversado con mi amiga, decidí abordar el sentimiento de amar, como un sentimiento motor en nuestras vidas, donde debemos vivir sabiendo que nacimos para amar, para ver y sentir el amor en todas partes, sabiendo que está presente en una flor, en un paisaje, en el arrullo del mar, en el silencio de las montañas, en el murmullo de la suave brisa entre la hojas de los árboles, en la profunda relación de una mujer y un hombre, quienes, cuando están juntos, se estremecen erizando toda su piel, acelerando su corazón. Y recordando ese momento, lo que muchas veces discutimos: no es conveniente decir “hagamos el amor”, porque el amor no se hace, suena burdo, seco, frío. Menos en la relación íntima de una mujer y un hombre. El amor se disfruta día a día, en todo.

Ese encuentro máximo, sublime, intenso, de la entrega total del uno al otro, motivados por lo excelso del amor, ese momento no se hace, ¡se vive! Se disfruta como la expresión máxima de la vida.

Cerré nuevamente los ojos, me relajé en mi sillón y por mi mente pasaron todos los momentos vividos por mí, en donde volví a tomar conciencia de que los seres humanos somos sumamente sensibles, que nuestra vida se hace de sentimientos, y los hay de todos “los colores”: buenos, malos, feos. Pero sobre todo están los otros, los lindos, los emocionantes, los sensibles; aquellos que nos permiten vivir siempre con una ilusión, con una esperanza, con una pasión; esa pasión que da el amor fuerte, puro y verdadero. El que nos lleva a la entrega total de una mujer y un hombre, para vivirlo intensamente, quizá hasta la locura.

Me quedé pensando, cuánto cambiaría Violeta, si a su vida la encarara de esta manera: viviendo el amor que está en todos lados, mientras quizá esté esperando el amor sexuado, aquel hombre que, llegando a su vida, le permita disfrutar de la entrega total para percibir y disfrutar el amor intensamente, viviéndolo en plenitud.

Para mí, fue hermoso vivir junto a Gisela, algo de Violeta. Vivir momentos de sentimientos profundos, quizá no reales, pero hacerlos vida en nosotros nos permitiría cambiar nuestra forma de encarar la vida y de reaccionar, permitiéndonos quizá alcanzar parte de la felicidad que deseamos.

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